Opinion

Las delicias del recuerdo

(Sobre Delicias, imágenes del tiempo, de Carlos Gallegos)

Alfredo Espinosa
sábado, 06 abril 2019 | 19:01

Todo transcurre. El río de la vida pasa y nosotros con él. Nada se detiene. Una fotografía, sin embargo, puede hacer el milagro de paralizar el tiempo. No roba el alma: la petrifica, y si es buena, la inmortaliza. 

¿Dónde pone el ojo el fotógrafo? En el mundo que gira como las flores y se evapora como las gotas de rocío. La fotografía, no siempre trata de aprehender la naturaleza en sus miserias o esplendores, sino de develar en ese mismo acto las fuerzas interiores que las crean. 

Delicias, reino de espejismos e imperio de realidades, vuelve a ser protagonista en los nuevos tomos de fotografías, Delicias, Imágenes del tiempo donde Carlos Gallegos narra con fotografías el paso del tiempo por ese territorio. Las formas aparecen tal como son, quietas o en movimiento, en blanco y negro; todavía no aparecen los colores ni las fotos se someten a los caprichos de la lente, o a las distorsiones de las cámaras oscuras o de los juegos de la tecnología. Este ejercicio del periodista que testimonia el tránsito de los hombres sobre su espacio. Antiguamente los acontecimientos, rostros y tradiciones se describían verbalmente de generación en generación, e iban distorsionándose en cada giro de la rueda del tiempo.  Con la aparición de la cámara fotográfica fue posible congelar, como un insecto en el ámbar, las celebraciones, funerales, nacimientos, matrimonios y todas las circunstancias del acontecer humano. Cuando las cámaras se abren, se abren también al tiempo y a los ojos de la memoria. Una fotografía puede lograr que el espectador reflexione, se conmueva, aprenda o sufra, por lo que esta experiencia, de trasladarse a otras épocas y otros personajes, trae consigo un enriquecimiento cultural.

Desde que dispara, el fotógrafo aplica a su objetivo esa sustancia indeleble llamada arte o testimonio, y esa materia inerte de pronto se anima y revive. Ninguna fotografía es real; pero es una aparición que perdura más allá de la realidad y posee el vicio de la nostalgia porque siempre es un recuerdo que revela y devela rasgos nuevos y misteriosos. 

La fotografía se hace como la luz dentro del ojo y trasciende el acto de mirar. El fotógrafo ejerce una mirada distinta, que puede ser incidental, producto de una curiosidad, o buscada como un acto creativo o un simple goce de la mirada. Estas son fotografías testimoniales, sí, pero alejadas del periodismo efímero. Son fotos de primeros planos que no buscan perspectivas complicadas ni composiciones artificiosas y contienen elementos vivenciales y narrativos de tonos profundos que describen, cuentan y denuncian sin pronunciar palabra.  

¿Cuáles son los móviles del fotógrafo? ¿Cuáles son los de los fotografiados? Ambos desean dejar constancia de su paso por el mundo, pero también de la manera en que vivieron ese tiempo y de los rostros de aquellos con quienes lo compartieron. Desean reconocerse en el niño que fueron, en este que siguen siendo, y pretenden que alguien los recuerde cuando se hayan ido.

En estos volúmenes hay muchas imágenes, muchos ejecutantes, muchos testigos.  Carlos Gallegos, en blanco, negro y un abanico de grises, nos muestra los rostros ajados de sonrisas mutiladas por el tiempo, las cabelleras enredadas, los árboles mecidos por el viento como almas a la deriva, los trabajos y los días de quienes se aventuran en un mundo industrializado y anónimo. Las suyas son escenas austeras, cotidianas, apacibles y esperanzadas. Siluetas y figuras entre haces de luz y penumbra que revelan mundos y develan espíritus; reflejan el ajedrez de infinitas situaciones humanas de quienes viven la heroicidad de arraigarse en pueblos hostiles.

Estos libros contienen relatos visuales de muchas décadas.  Carlos Gallegos, el mejor biógrafo de Delicias, comenzó develando los enigmas sobre la historia de viejos villistas desencantados o acerca del levantamiento de Emiliano J. Laing, y ahora continúa ahondando en la vida de esa ciudad a partir de estas imágenes recopiladas en estos seis volúmenes.  A través de estas fotografías es posible traer al presente los rostros de aquellas vidas cuyos nombres se han desvanecido en el tiempo.  Cada uno de ellos tiene una historia que desconozco, pero sé que son el árbol genealógico de mi pueblo, y que gracias a Carlos Gallegos, no se deshoja, sino que permanece anclado impasible ante el viento de los años, para que nuevas generaciones conozcan sus raíces y descansen bajo su sombra.

En las páginas Delicias imágenes del tiempo, lo mismo podemos encontrar un mapa de la hacienda Las Delicias, que dio origen a la ciudad, que imágenes de los dueños de los hoteles y  las tiendas que primero se establecieron allí, de los maestros y las damas de sociedad de principios de siglo. Aunque echo de menos a los locos callejeros y quizá alguna fotografía de alguna dama atrevida y visionaria que en aquellos viejos días haya desnudado un poco más que su alma para el clic de un deliciense afortunado captara el deslumbramiento de su cuerpo. 

Estas fotografías, pasajeras como todo lo que tiene vida, ahora se tienen otra oportunidad de volverse inmortales: el papel donde se imprimen perduran más que las personas fotografiadas. Además, estas imágenes delicienses nos van contando los pasajes de la vida en todas sus facetas.  No faltan los bailes de fin de año, los alumnos de alguna escuela en su día de graduación, los sistemas de riego, las iglesias, las colonias, la cartelera de algún cine, las reinas de belleza, los bromistas encerrados en la primera celda de la cárcel o un grupo de muchachos jugando al béisbol, esa religión laica. Lo que me remite a esta poema de Enrique Servín:


Fotografía gruesa, acartonada, que sale

de entre papeles viejos que nadie comprende.

Recibos a medio terminar y pagarés, nombres desconocidos

Sumas irrisorias.

De pronto entre mis manos un grupo de muchachos jugando 

          [al béisbol.

Algunos sonríen, todos se detienen para el fotógrafo.

Hay orgullo y hay pose en esos cuerpos. Y también algo de ridículo

en esos uniformes más allá de la moda, que dicen

“La esperanza”.


Pero hay más juventud en los rostros

y belleza.  Se mira el campo al fondo, algo borroso, con hojas

            [caídas o pasto

y arriba hay árboles profundos

en sepia y sol.


El más joven del grupo sin embargo ( y aquí parece un niño )

es mi abuelo que murió de vejez.

Hará treinta años.

Treinta años de no estar en el mundo; de no ser.


Grupo de fantasmas jugando al béisbol

En los libros de Carlos Gallegos, los fantasmas corren, sonríen, lloran, siembran y desenvuelven la historia de nuevo. En uno de los tomos encontré una fotografía de mi familia donde el nombre de Luis y Guillermo son una constante. Allí está mi bisabuela Zenaida, que murió hace mucho tiempo sepultada bajo los muros de las primeras casas, y cuyas facciones hasta ahora reconozco; y mi abuelo, muy serio el hombre, quien guardaba los libros de Pessoa junto a los de magia, como una metáfora que me adentró al mundo de la poesía desde muy temprana edad.

Con sus fotos, Carlos Gallegos no busca la estética, sino el testimonio; la verdad, no el artificio. Cada una de ellas, posee un pié de foto donde se retrata el autor: pocas palabras, casi todas socarronas, pero con un gran apego a la verdad y que denotan una profunda investigación en cada de las 25,000 fotografías. Él pretende revivir la memoria y hacerla perdurable, reconstruir su génesis y el de muchos otros. Describir la lucha de un pueblo ante la adversidad con sus penas y sus glorias, recrear lo cotidiano que parece tan distante.   

Estoy seguro de que todos los que estamos atados al mismo cordón umbilical, podremos reconocer nuestra sangre en alguno de los tomos de Delicias Imágenes del Tiempo y recordar de nuevo antiguas celebraciones o detalles nimios que ahora adquieren relevancia ante la amenaza del olvido. 

Mucho de lo que fuimos se resguarda de las ávidas tijeras de la muerte en estos libros.  Los muertos renacen con rostros que todavía sonríen con dentaduras intactas y cabellos ondulados, gracias al incansable trabajo de Carlos Gallegos que ha buscado en bodegas, en antiguas bibliotecas, en cajones mohosos, en archivos fotográficos, con los amigos o los parientes, las fotografías que nos deslumbran con su lluvia de recuerdos, para que no olvidemos la tierra que nos lanzó a la aventura de la vida.  Para que conozcamos la semilla de donde surgieron las alamedas, las huertas, los cultivos.  Imágenes de hombres de rostros frescos de facciones deslavadas, construcciones que nos hacen sentir que existimos en otros siglos, en otros paisajes.

Yo conservo de Delicias, el recuerdo de sus canales donde atrapábamos tortugas y el de los llanos polvosos de donde emergió el reino árido de Albores y  el permanente Infierno grande en el que vivo. 

Es siempre una delicia recobrar el tiempo a través de sus imágenes.  Una fotografía que encontré en estos libros, le otorgó un rostro que no conocía al nombre de mi bisabuela. Y así como a mí me ocurrió, muchos recuperarán con estos libros, hojas que creían perdidas de su árbol genealógico. Ojalá Carlos Gallegos siga hurgando entre el polvo de generaciones para recrear las vidas de quienes fueron la semilla de un pueblo que ha permanecido en mi corazón y en mi literatura durante años.  Estoy seguro que  estos libros enriquecerán la memoria de muchas generaciones. 

Comentario: [email protected]