Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

Las epidemias que afectaron a Chihuahua: Influenza Española (Cuarta parte)

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/ “La influenza española tiende sus tentáculos hacia México”, En el periódico “El Pueblo”, jueves 10 de octubre de 1918 (Hemeroteca Nacional, UNAM).
/ Los diarios de México informaban de manera puntual el avance y la tragedia humana que se estaba presentando en nuestro país (Hemeroteca Excélsior).
/ Algunos remedios “mágicos” de la época, eran promocionados para curar la Influenza española (Hemeroteca Excélsior).

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 08 noviembre 2020 | 05:00

La epidemia llegaría de visita en Chihuahua en octubre aunque algunos decían que había empezado en septiembre de 1918 y más que venir de turista, su manto empezaba a enfermar a más personas por lo que las autoridades sanitarias salían de sus trincheras para exhortar a la gente a que se mantuvieran tranquilos en sus casas, pues el pánico se extendía tan rápido a lo largo y ancho de la comarca. Los días trascurrían y después del primer deceso, otras personas empezaron a sentir algunos síntomas extraños que los obligaron a mantenerse en cama, mientras que los saldos para el mes de octubre eran aterradores, con un multitud de enfermos por la gripe que provocaba una dolencia “infernal” propagándose de manera muy rápido por la ciudad y más allá, pues la epidemia ya estaba en todo México y en el mundo, convirtiéndose en la primera pandemia del siglo XX.

Era ya considerable el número de personas que se habían visto obligadas a estar en tratamiento a consecuencia de la terrible enfermedad, que no por presentarse con síntomas relativamente benignos,  no significaba que no se dejaran de aplicar medidas de cuidado para las familias donde se había conocido algún caso de gripa, pues hasta el momento y en la generalidad de los casos, se había logrado contrarrestarla con los cuidados y atenciones propias para los pacientes, pero era necesario asumir que existía mayor gravedad por las complicaciones funestas en varios ejemplos desastrosos. No faltaba en efecto alguno que otro caso donde la influenza se haya presentado con sus síntomas, manifestándose en aquellos con un simple resfrío sin importancia, pero con el paso de las horas se tornaría de pronto en hemorrágico y en unas cuantas horas, terminaría con la vida del enfermo. Uno de esos casos fue el primero que se manifestó en la humanidad en la persona de don Canuto Olivas.

Las acciones y actividades con que se había empezado a trabajar desde el principio por parte de las autoridades del “Consejo Superior de Salubridad” en Chihuahua, cuyos primeros pasos para luchar contra la epidemia fue cerrar teatros y cines, por ser lugares de notoria aglomeración de personas en grado extremo, que eran propicias para la propagación de enfermedades como la temible Influenza española y si bien, esa medida desde luego fue secundada por las autoridades locales que ordenaron se llevara a la práctica, sin embargo, se tenía presente que muchos empezarían a contribuir para llevar a feliz éxito la campaña que el “medicato” chihuahuense se había visto obligado a emprender contra la epidemia reinante. Salta a la vista que entre las causas que mayormente influyeron en el incremento de la enfermedad y a su vez a la propagación de los gérmenes morbosos fue en primer lugar, la falta de limpieza y las condiciones antihigiénicas en que se encontraba la población en general, debido al incremento de basura por todos los rumbos  de la ciudad de Chihuahua.

Bastaba darse un ligero paseo por cualquiera de los barrios apartados del centro como el del Palomar, la Industrial, el Santo Niño, San Nicolás, Pacífico, Plan de Álamos, Puerto de San Pedro, entre otros, donde la suciedad generada por los desperdicios y el afloramiento de drenajes a cielo abierto, causaban un ambiente pestilente y sucio. Pero si hablamos de los barrios también las calles céntricas donde se podía percatar la inmensa cantidad de basura que se hallaba acumulada en la vía pública, charcos inmundos que despedían aromas insoportables que convertían la zona en un inmenso foco de infección y sin duda, una gran cloaca a cielo abierto que no ayudaba a frenar la gripe y los esfuerzos que se habían puesto en marcha por parte del área de salud. Todo lo anterior, sería en vano para contrarrestar una epidemia que en tales condiciones no puede menos que propagarse en forma cada vez más aterradora. Puedo decir sin temor a equivocarme, que nunca como en aquel tiempo ha estado la ciudad en tan deplorables condiciones y la gente se preguntaba ¿y las autoridades?, ¡Bien gracias!, pensando en la “inmortalidad del cangrejo”.

A nivel nacional, para el 19 de octubre en los principales diarios de México, declaraba el médico José María Rodríguez, jefe del Departamento de salubridad que diariamente recibía centenares de telegramas de toda la República pidiendo auxilio pecuniario y medicinas, pero desgraciadamente no se contaba con una cosa ni la otra, así mismo mencionaba que en la Ciudad González, Guanajuato, lugar donde en las últimas horas había cundido la peste, se solicitaban quinina y médicos. Lo grave era que aquí 80% de los vecinos estaban enfermos, las defunciones alcanzaban diariamente el centenar e incluso con la excepción de uno, todos los médicos habían fallecido. A estas alturas la epidemia estaba en su apogeo en León, Guanajuato, Tula y Tepeji del Río del vecino estado de Hidalgo y en Morelia, Michoacán. En San Luis de la Paz, 90% de la población estaba enferma y todos los miembros del Ayuntamiento local aun el presidente, habían muerto.

Un periodista del diario “El Demócrata” describía la situación en algunos puntos de la República Mexicana, específicamente lo que estaba sucediendo en Dolores Hidalgo, Guanajuato, donde el número de pacientes estaba en aumento y las calles y plazas eran verdaderos hospitales, pero lo más terrible de esto, es que no había medicinas ni médicos. Se aseguraba que cinco mil personas eran víctimas de la influenza y que en los pueblos circunvecinos la situación era similar; los enfermos estaban abandonados y sin esperanza de recibir ayuda. Sin embargo para finales del “apocalíptico” primer mes del comienzo oficial de la Influenza española (octubre de 1918), los jornaleros y la gente del campo solían llevar a sus muertos en una verdadera escena de terror en los carros tirados por mulas, desde sus casas hasta los panteones más cercanos en dramáticas caravanas. Aquí en Chihuahua sucedería lo mismo, muchos de los muertos que se recogían eran llevados en vehículos tirados por bestias a los panteones de la ciudad como el de La Regla (parque Revolución); el de Nuestra Señora de la Merced (parque Urueta); el de San Rafael (parque Tuto Olmos) y el Central (Cidech), donde se observaban procesiones con mujeres de negro llorando por sus muertos y suplicándole al Creador que frenara esta desgracia.

Finalmente y en base a datos que fueron difundidos por el Departamento de salubridad en la segunda quincena de octubre, “El Demócrata” hizo un estimado de las personas que morían en distintas partes de la República Mexicana y según el periódico hasta el 24 de octubre, fallecían diariamente entre 1,610 y 1,670 personas. Sin embargo se trataba de un cálculo de las defunciones registradas en determinadas ciudades, por ejemplo, algunas estimaciones de muertes provocadas por la Influenza española diariamente era: Chihuahua, de 100 a 150; San Pedro, 60 a 70; Monterrey, 100; Durango, 70; Saltillo y Torreón, 150; Sonora, (varias poblaciones) 100; Zacatecas, 100; Guanajuato, 200; Michoacán, (varias poblaciones)      80; Querétaro, 40; Puebla, 60; Veracruz, 50; Estado de México, 100; Distrito Federal, 100; Otros estados, 300. Los datos no incluían las muertes ocurridas en los pequeños poblados ni en los lugares apartados de los cuales jamás se tuvo información. Lo anterior se agudizaría durante el mes de noviembre y parte de diciembre. …Esta historia continuará.

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Fuentes

Johnson, Niall, 2006, Britain and the 1918-1919 Influenza Pandemic: A Dark Epilogue. Routledge, Nueva York.

Herrera Rodríguez, Francisco, 1996, “La Epidemia de gripe de 1918 en el Puerto Santa María”, Revista Historia del Puerto, No. 17, 31-33 pp.

Fototeca: UNAM, El Demócrata y Excélsior.