Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

Las epidemias que afectaron a Chihuahua: la viruela (segunda parte)

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/ Las pésimas condiciones sanitarias que se vivían en Chihuahua, provocaban el brote de terribles enfermedades (Fototeca-INAH-Chihuahua).
/ Terrible escenario durante la manifestación de la viruela en Chihuahua (Foto-RT- Dr. William Foege)

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 22 marzo 2020 | 05:00

En este día seguimos tratando el tema de algunas epidemias que se propagaron como “reguero de pólvora” por todo el territorio chihuahuense y por supuesto que en aquellas épocas del siglo XVII y XIX, fueron motivo de mucho terror pues no existía la información adecuada ni los conocimientos médicos y científicos que auxiliaran a detener la expansión de las enfermedades que se presentaban en los seres humanos. 

Los nubarrones y el ambiente eran de completa incertidumbre y miedo, la gente lloraba y sufría por los enfermos y los muertos, obligando a las autoridades a abrir nuevas áreas para enterrar a los cientos de muertos, fruto de esas terribles epidemias. 

Los pobladores de todos los rincones del estado de Chihuahua sentían, que del cielo había caído una maldición debido a las malas conductas de la gente y por esta razón los malos presagios del cielo eran sólo de  muerte y desolación.

Después del brote de la viruela que se había dado en Parral en 1821, otros de importancia se presentarían en 1830 y 1831 en la ciudad de Chihuahua, representando una verdadera sacudida pues en muchas de las casas, se pintaban rayas blancas para indicar que estaba libre de la enfermedad y otras, marcadas con un “X” que significaba que había enfermos. 

El panorama era de un verdadero cataclismo, el ruido del viento sólo causaba miedo y cientos de pobladores se resguardaban en sus casas para evitar contagiarse de otras personas y que la sombra de la viruela no afectara su integridad. Las mujeres acudían en masa tapadas de sus caras con su reboso a los templos de la ciudad, principalmente San Francisco, la capilla de La Regla y la capilla anexa a Catedral, la cual estaba en construcción. Ahí los fieles rezaban al Altísimo y a todos los santos para que parara la maldición, cuyo saldo era la muerte y la afectación de la piel, dejando marcas para siempre.

Los rosarios se escuchaban como súplicas al cielo y al parecer esas oraciones parece que llegaron a Dios, pues a finales de 1831 la epidemia empezó a ceder y los casos de viruela, poco a poco se fueron a la baja, dándole a la población un respiro ante los eternos 24 meses que mantuvo en jaque la enfermedad a los chihuahuenses. 

Después de esto, la población empezó de nueva cuenta a rehacer su vida normal, los varones salieron con más confianza a trabajar sus tierras y a mandar a los animales al pastoreo; las mujeres, retomaban sus actividades domésticas y los niños salían a los patios y calles a jugar. 

En cambio, muchas familias habían perdido al menos a un ser querido, era el momento de tomar un respiro y pedir por las alma de aquellos que desafortunadamente les había tocado la mala suerte de contagiarse con la viruela.

Esta pausa sería fundamental para que un pueblo lastimado empezara a recuperarse, sin embargo diez años después, el fenómeno se repetiría de nueva cuenta a mediados de agosto hasta octubre de 1841.

El negro panorama, se volvía a sentir y por supuesto la gente lloraba de angustia y miedo, pues los efectos eran avasalladores dejando saldos negativos y más terror entre los desafortunados habitantes del territorio del “suelo seco y arenoso”.  

Finalmente de marzo a diciembre de 1879, volvería el flagelo y la calamidad de la viruela con las mismas consecuencias del pasado inmediato, que habían dejado una marca en la mente, el corazón y el cuerpo, por la tragedia humana que esto representaba en una época con pocas medidas sanitarias y la falta de información de cómo enfrentar este “dantesco” escenario en la ciudad de Chihuahua. 

Otros eventos se presentarían en la región suroeste del estado de Chihuahua, nuevos brotes de viruela se registrarían en las comunidades rurales de Santa Rosalía de Cuevas y Santa María de Cuevas en la primavera de 1862 cuando en plena Semana Santa, los tentáculos diabólicos de la enfermedad azolarían la región. 

Una de las ventajas es que las comunidades estaban algo aisladas y los brotes no se propagaban tan fuerte como lo fue en la ciudad de Chihuahua. Se repetiría este evento en la primavera y verano de 1867, afectando emocional y físicamente a muchas personas que lo único que pedían era una tregua, sin embargo, esa no llegaría pronto pues los brotes seguirían sin freno presentándose nuevamente a principios de 1874, en el otoño de 1878 y en el invierno de 1879, así como a finales de 1881 y principios de 1882. 

Era una circunstancia que no permitía que los pobladores tuvieran un poco de respiro pues los azotes eran evidentes y las calamidades humanas y económicas, se convirtieron también en hambre, muerte y desolación. 

Otros casos más en aquella región fueron los registrados en 1890, expandiéndose hacia Santa María de Cuevas comunidad más al sur de Santa Rosalía en el invierno de 1898 y 1899. Y esto no paraba, pues la misma zona se darían otros brotes posteriores al finalizar el verano de 1911, manifestándose de nueva cuenta en la primavera de 1912, el invierno de 1935 y finalmente en 1936, estos eventos fueron simultáneamente en las dos comunidades, dejando marcas, penumbra, hambre y muerte.

La situación del país era un total caos y no se diga en la ciudad de Chihuahua cuando después del comienzo de la desgarradora guerra revolucionaria de inicios   de la primera década del siglo XX y después de varios años de conflicto y muerte de miles de personas a lo largo de los cuatro puntos cardinales, el panorama se veía muy sombrío y aterrador durante esos 10 años de conflicto. Serían entonces los primeros meses de 1920 y la Revolución Mexicana había dejado a la nación hecha una desgracia. 

Sin embargo, cuando apenas la gente empezaban a recoger a sus muertitos de la lacerante lucha entre facciones y las condiciones de basura e insalubridad que aumentaban a lo largo de cada esquina, cada calle y sobre el río Chuvíscar de la precaria capital del estado, la presencia de otra misteriosa enfermedad se dejaría sentir entre las polvorientas fincas de los humildes moradores chihuahuenses.

Una persona del Barrio del Palomar (fundado en 1901) don Canuto Olivas, se encontraba trabajando de manera normal a las afueras de su jacal cuando sintió que tenía un fuerte dolor de cabeza y una fiebre que le explotaba su “lánguida” humanidad: “¡Vieja, vieja, me siento muy mal!”, fueron las palabras del sexagenario individuo que de inmediato fue atendido por su fiel Chonita, la cual, lo recostó y de inmediato le hizo un té de yerbas. “¿Viejito, qué te pasó?, ¿qué sientes?, alma mía de Dios”. 

Lo dramático del caso es que ningún remedio casero que recibió el pobre Canuto le sirvió para aliviarlo, durando algunas horas con los ojos abiertos. Al conciliar el sueño, aparentemente estaba mejorando, sin embargo a eso de las 3:00 am el pobre Canuto dejaría de existir en un baño de sudor provocado por la fiebre y la misteriosa enfermedad…Esta historia continuará.

“Las epidemias que afectaron a Chihuahua: la Viruela”, forma parte de los “Archivos Perdidos de las Crónicas de Mis Recuerdos”. Si usted desea adquirir los libros sobre Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII y IX, pueden llamar al cel. 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111); La Luz del Día (Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe) y Bodega de Libros.

violioscar@gmail.com

Maestro-investigador-FCA-UACh

Fuentes

ALMADA, Francisco R., Resumen de historia del estado de Chihuahua, México, Libros Mexicanos, 1955.

ESCUDERO, José Agustín, Noticias estadísticas del estado de Chihuahua (1833), Chihuahua, Gobierno del Estado de Chihuahua, 2003.

Chantal-Cramaussel (2008). La lucha contra la viruela en Chihuahua. R e l a c i o n e s. Vol. (29), No. (101): 101-132 pp.