Opinion

Las mujeres al poder

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Daniel García Monroy

domingo, 21 noviembre 2021 | 05:00

La historia de Chihuahua ha dado un gran paso en materia de equidad de género. En un hecho inédito, inconcebible hace apenas un par de sexenios, los tres poderes del Estado se encuentran ahora en manos y cerebros de mujeres. Las titulares del Ejecutivo, Legislativo y Judicial se han colocado como ejemplo nacional de la ascensión de las mujeres mexicanas al poder. 

No obstante: ¿Realmente se pueden echar las campanas al vuelo por lo verificado aquí en el acceso femenino a los más altos cargos de representación política? ¿Qué significa este avance para la sociedad en su conjunto? ¿Cuánto impactará cuantitativa y cualitativamente en la defensa de los derechos de las mujeres chihuahuenses? ¿El posicionamiento del otrora sexo “débil” en el poder estatal provocará cambios trascendentes para desaparecer --por lo menos desvencijar-- ese sórdido paradigma llamado “machismo”? 

Primero: ¿cómo llegamos hasta aquí? El movimiento de liberación femenina como lo conocemos actualmente tiene no más de 60 años, pero su historia se puede rastrear hasta la era medieval. Fue en los siglos XI y XII, cuando el llamado romanticismo valoró el papel y la influencia de las esposas (sobre todo las amantes) en las estructuras monárquicas del poder, así como la fuerza y audacia de las heroínas populares, que se sublevaron contra los señores feudales en muchos lugares de Europa. No obstante, la reacción viril en su contra fue cruel y aterradora. La mujer insumisa fue transfigurada en bruja, y literalmente ultrajada, torturada y quemada, en las plazas públicas de la devota-fanática edad media. Su estricta subordinación al hombre se hizo ley divina consagrada en la Biblia y en todos los credos existentes. 

En el devenir feminista un gran salto ocurrió con la revolución industrial del siglo XVIII. Debido al  progreso de la técnica, a la invención de las máquinas y la aparición de las fábricas, la capacidad física dejo de ser el factor principal del trabajo humano. El nacimiento del capitalismo obligó permitir a las mujeres salir de las casas para ingresar en los galerones fabriles, que devoraban mano de obra de cualquier sexo. Aunque su ingreso en la industria provocó un incipiente inicio de conciencia social femenil, la verdad fue que las jerarquías masculinas sobreexplotaron a las mujeres, pues desde entonces obtuvieron dos agotadores trabajos diarios; uno fuera y otro dentro de sus casas; uno en la línea de producción y otro en su eterno empleo gratuito de esposa-madre-sirvienta.

La presión de su sometimiento fue en aumento y produjo, ya en el siglo XX, los movimientos organizados por sus derechos civiles; entre ellos el ¡voto! --Hace apenas 100 años que en este mundo las mujeres por fin fueron consideradas ciudadanas con derecho a votar y ser elegidas como autoridades--. Después de la Segunda Guerra mundial las opiniones, tesis y reclamos feministas se hicieron públicos, masivos e internacionales, en voz y letra de prestigiadas intelectuales como: Simone de Beauvoir, Margaret Mead o Ángela Davis. El movimiento de liberación femenina, como lo conocemos ahora, nace en la pasada década del 70. Con convenciones y conferencias mundiales organizadas por la propia ONU; la primera ocurrida en México, 1975.  

Sin duda la existencia de las mujeres durante siglos fue algo demasiado parecido a la esclavitud de los esclavos varones de todas las vertientes: negros, indígenas, pueblos conquistados. Pero ¿cómo explica el feminismo esta histórica “esclavitud” creada y perpetuada por el hombre, el “macho”? 

El pensamiento feminista acepta que la subordinación de la mujer es universal, ha existido desde siempre y en todas las latitudes. También que su tragedia inicia con la estructura patriarcal de las sociedades prehistóricas, que determinó los roles de caza-fuerza versus casa-debilidad; maternidad-interna contra trabajo-externo. Diferencias que penetraron y arraigaron en el inconsciente colectivo, trasladando el modelo a todas las relaciones sociales y familiares.

De las desemejanzas fisiológicas –señalan las feministas-- se pasó a la discriminación producto del determinismo biológico. La idea de que el macho tiene más y mejores capacidades físicas y mentales que la hembra, lo que la hace inferior y dependiente por naturaleza, es decir eterna e irremediablemente. Estas ideas se han normalizado y diseminado en el tiempo siendo aceptadas por todas las sociedades, como verdades irrebatibles, incluso por mujeres. Las estructuras de poder, llámense Estado-Iglesia-Economía, establecidas y dominadas por los hombres, han reafirmado y fortalecido esta percepción durante toda la historia humana, y así, no ha habido forma de reprobarla, desecharla, ni siquiera criticarla.

Para la teoría del feminismo el error estructural de la minusvalía social en su contra, se centra en creer que los roles, las actividades, las profesiones de las mujeres, su posición en la familia y la sociedad, están determinadas por la naturaleza o por Dios y son inamovibles. Argumentan que los estereotipos en las que han sido encasilladas de por vida son resultado del condicionamiento social creado y aplicado por una visión patriarcal-represiva. Visión que se reproduce en toda educación pública y religiosa de manera  conveniente para que el poder se mantenga en manos de los hombres. Que está idea permee y concientice primero a todas las mujeres es prioridad de su lucha.

La celebración como victoria femenina de que tres mujeres hayan asumido por vez primera los tres poderes de gobierno en Chihuahua, implica el hecho de que el sistema gubernamental ha sido inequitativo desde siempre. El inaugurado fenómeno conlleva la esperanza del cambio, de lo nuevo, pero en sí mismo sus réditos son menores. Peor aún, dicho triunfo en la cúpula del poder podría encerrar trampas. 

La reconocida escritora norteamericana y líder feminista, Susan Sontag, dio el grito de alerta al afirmar en los 70, que el hecho de que una élite de mujeres, una minoría, se “libere” alcanzando puestos políticos, no significa que la lucha feminista se acerque más a la realización de sus objetivos. Observó desde el inicio del movimiento, que las mujeres que alcanzan el éxito artístico, laboral o político: participan en la opresión de las demás mujeres: Sentenció: “A menudo me ha sorprendido ver cuán misóginas son la mayor parte de las mujeres que han triunfado, y el afán que tienen de decir que cuán tontas, aburridas o pesadas encuentran a las demás mujeres, y lo mucho que prefieren la compañía de los hombres”.

No deben ser pocas las mujeres, que por instinto, devoción o ignorancia, asumen posiciones tan o más misóginas que las de muchos hombres. Observar a una diputada federal exhibir con orgullo una pancarta insultando a su similar como “culera”, demuestra que si existe la posibilidad de que la llegada de las mujeres al poder no aporte nada al cambio de posturas machistas. Si las empoderadas mujeres llegan para imitar lo peor de los varones gobernantes, si sólo se igualan en la corrupción, feas cosas seguiremos y terminaremos sufriendo los ciudadanos.