Opinion

Leyes para la democracia

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Gabriela Borunda

domingo, 05 septiembre 2021 | 05:00

La literatura española del siglo de oro nos ha dejado obras bellísimas, no solo en su forma, sino también bellísimas por lo profundas en su análisis de las pasiones más candentes del ser humano.

“Fuenteovejuna”, obra de Lope de Vega, es un pequeño pueblo, que está bajo el dominio del Comendador del pueblo, Fernán Gómez de Gúzman, quien no respeta las leyes y abusa de su poder, traicionando los principios feudales y comportándose como un tirano, un hombre cruel sin escrúpulos que es linchado por el pueblo que, tras ser cuestionado por el nombre particular del asesino, sólo contesta Fuenteovejuna.

En el capítulo XXV del Quijote, escrito por Miguel de Cervantes, narra el hecho que el regidor de un pueblo ha perdido un burro y no lo encuentra. Otro regidor le dice que el rebuzna muy bien y pueden ir al monte para rebuznar y así escuchar la contestación del burro. El otro regidor le indica que él también sabe rebuznar y lo mejor es que rodeen el monte cada uno por su lado rebuznando hasta conseguir que lo haga el asno perdido. Al final lo que ocurre es que, al rebuznar igual, se terminan juntando varias veces al creer que es el burro el que lo hace. 

Somos una sociedad joven en el ejercicio de la democracia, creemos que la democracia se ejerce sólo en los procesos electorales, las consultas hechas por la entonces alcalde Maru Campos, y el presidente de la República y las gestiones de los candidatos independiente han abonado a ampliar nuestra visión de la democracia, pero aunque toleramos al estilista gay nos negamos a aceptar que sea parte de iglesia; aún callamos a los niños porque “no saben lo que dicen”, aún toleramos y sin chistar que el patrón nos ponga a trabajar más por lo mismo, nos estacionamos en la rayas amarillas de  los parques, andamos en motocicleta en el área de niños, somos antidemocráticos al momento de hacer valer nuestros derechos y  cumplir nuestros deberes.

El cumplimiento de la ley en un estado de derecho no es opcional, no es válido que la mayoría tome decisiones haciendo un lado las reglas que debemos observar todos.

Al agruparnos a veces optamos por enfrentar los problemas a rebuznos, con dimes y diretes, sin respetar la ley y sin pensar siquiera que existen instancias conciliadoras; ¿para qué buscar justicia si podemos someter a nuestro prójimo en bola y a mentadas de madre? Muchas personas no conocen los organismos de justicia porque no conocen la justicia, es un bien escaso en un país que recién se estrena en la democracia.

Cuando la gente cree que no obtendrá justicia en las instancias oficiales, la rabia el enojo, la falta de capacidad para el diálogo, la violencia familiar, -incluso la falta de vocabulario-  y una profunda decepción, concluyen con el linchamiento. Un niño va a jugar a casa de su vecino y tarda más de la cuenta, de pronto llega a la tiendita del pueblo el repartidor de Coca Cola. Los pobladores tienen hambre de justicia, quieren aunque sea un pedacito de algo que se le parezca. No desean dialogar, corren al tropel hasta el repartidor de refrescos que grita su inocencia y quiere salvar su vida, lo golpean, cuando llega la policía a dispersar a los monstruosos buscadores de justicia, el joven tiene fracturas y golpes contusos y no alcanza a llegar con vida al hospital. El niño llega más tarde a su casa.

Hasta hoy en México nunca se ha llevado a nadie a juicio por estos actos tan brutales como desesperados, es la justicia que se hace donde no hay instituciones democráticas ni se aspira a ellas.

En ese tenor les cuento algo muy simple, la historia de un sitio de taxis al centro sur de la ciudad. Su operadora es una mujer mayor que se ocupa en atender las llamadas en una caseta de lámina, tan insufrible en verano como en invierno y sin un baño. Los taxistas consideraron indignas esas condiciones laborales, así que decidieron creer en las instituciones y pidieron diversos permisos administrativos para construir la caseta a un lado del parque. Es normal que en la Ciudad de Chihuahua las casetas de taxi se encuentren aledañas a un parque.

Al percatarse de la construcción de la caseta, un grupo de vecinos consideraron que les afeaba el fraccionamiento, así que decidieron sabotear la construcción, en una ocasión destruyeron la estructura de la incipiente caseta. Los moradores tienen miedo a las personas desconocidas, porque sus casas han sido allanadas por ladrones y varias personas merodean con la finalidad de apoderarse de lo ajeno. Tras un intento de diálogo este grupo se arrojó sobre los taxistas y los bañaron de insultos, en especial las mujeres, sabedoras de que un hombre no las golpearía en esa situación.

Los vecinos saben que la ley no ha evitado los robos, la misma ley que los taxistas no han podido hacer valer tras la autorización para construirle una caseta digna a su operadora. Varios moradores de esa colonia consideraron justo tomar decisiones al calor del enojo y reunidos en pequeña multitud. La construcción fue suspendida tras llegar a un arreglo que nada arregló, y el parque cuenta hoy con una obra negra con naturaleza de picadero. Se hizo un trato al margen del derecho del que nadie obtuvo nada.

Este tipo de desencuentros son síntomas de falta de democracia; la completa falta de aplicación de la ley en perjuicio del vecindario (por los robos y su impunidad) y en perjuicio de los taxistas (por permisos que de nada les sirvieron). Al día de hoy la autoridad ve la riña de lejos como si fuera una vecina chismosa; a la espera de que el conflicto se resuelva solo sin importar si es por las buenas o por las malas. Sin importar que los propios vecinos se rijan por usos y costumbres como estacionar sus automóviles en líneas amarillas; hacer fiestas Covid, jugar arrancones sobre el parque, y así un largo etcétera. 

Cuando las propias autoridades permiten con su omisión, que los usos y costumbres se impongan por encima de la ley, estamos ante la presencia de una fractura del Estado, donde los derechos de todos se miden con varas distintas y conforme al mal humor o el capricho de grupos más o menos organizados, y créame usted, eso es todo menos democrático.