Opinion

Liderazgo y administración pública

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Benito Abraham Orozco Andrade

martes, 27 julio 2021 | 05:00

El poder lograr que en el servicio público los empleados realmente se comprometan con los programas a implementar por la administración en turno; a contribuir a que sus respectivos jefes ejerzan adecuadamente sus funciones; a que exista una atención apropiada al público; a optimizar los recursos públicos a su alcance; etc., es una tarea que no es sencilla, ya que dichos trabajadores, en muchos casos, son movidos más por la obligación que les impone la necesidad de contar con un empleo y su consecuente salario, que por convicción.

Generar sinergias en favor de una gestión pública eficiente y eficaz, que permita otorgar los bienes y servicios requeridos por la sociedad, puede conseguirse, sobre todo, cuando no hay imposiciones tiranas que provoquen miedo en los subalternos o en los gobernados –en lugar de respeto y confianza–, y también cuando se evita designar funcionarios improvisados, que no cuenten con los conocimientos, la experiencia y la vocación de servicio respectivos, toda vez que pueden provocar desviaciones en el rumbo que la administración pública debe seguir, ya sea por la exigencia constitucional y legal, ya por el plan de gobierno correspondiente.

Un elemento que resulta fundamental para generar las sinergias mencionadas, y que es toral en el andamiaje gubernamental, es el relativo al liderazgo, que precisamente es la pieza clave que pudiera llevar al éxito a una gestión pública (o al fracaso de no ser el adecuado). Pero ese liderazgo, si bien debe existir en la persona que encabeza ese mandato social, igualmente debe permear cuando menos en los mandos medios y superiores.

Por lo anterior, es importante considerar que “sin visión de futuro, sin interpretar las líneas de desarrollo que necesita una sociedad, la gobernanza actúa a ciegas, a bandazos. Los políticos y directivos públicos tienen que aportar su visión de futuro, a diferentes niveles. Pero, además, es necesario que tengan la iniciativa para desarrollarla y las capacidades para llevarla a cabo. Es necesario que sean líderes, no solo administradores”. (“El trébol de cuatro hojas: la nueva gobernanza pública ¿Cómo debe ser el líder público de hoy?”, de José Ramón Pin, Revista de Antiguos Alumnos IESE, julio-septiembre 2017/No. 146, pp. 26-29).

En el artículo en comento, que nos ofrece un enfoque del liderazgo, entre algunos otros existentes, se mencionan como habilidades del buen directivo público –o sea del líder–, el de ser capaz de implementar el “trébol de cuatro hojas”, que consiste en saber conjugar las cuatro funciones imprescindibles para la buena gobernanza: estratégica (la elección de los proyectos prioritarios para un gobierno), colaborativa (compaginar la relación entre el sector público, los clústeres empresariales de una zona y el tercer sector, para potenciar la competitividad en una economía global), organizativa (definir los límites y competencias del Gobierno y su Administración de manera estable, para que los agentes económicos lo tengan en cuenta) y operativa (utilización de las nuevas tecnologías para hacer más eficiente la Administración Pública).

Además, deberá contar con esa visión de futuro (tiene visión, no es visionario, y vislumbra el objetivo y el camino para alcanzarlo), ser un buen comunicador (es capaz de trasmitir la visión y mueve la acción e ilusiona a su equipo), tener capacidad de intermediación (conecta intereses, ejerce de puente entre los diferentes stakeholders sociales y huye del autoritarismo) y capacidad de influencia (consigue que las personas crean en él y que quieran hacer lo que les pide), debe saber escuchar (practica la escucha activa y es capaz de entender a los diferentes sectores de una sociedad cada vez más diversa y rica en matices) y tener un comportamiento ético y moral (es honesto, tiene una excelente calidad moral y actúa de manera ejemplar).

Es de destacar, que ese liderazgo no sólo debe tenerse hacia el interior de la estructura de gobierno, sino también hacia el exterior en cuanto a los distintos sectores sociales, ya que “los líderes deben ser dinamizadores socio-económicos que juegan un gran papel en el desarrollo de sus sociedades” (ibídem). Con su capacidad, entusiasmo y ejemplo, deben provocar también el entusiasmo en los demás.

Para conservar y fortalecer ese liderazgo, no debe existir extralimitación alguna, ya que “la esencia del liderazgo, también en el sector público, es ser capaz de ejercer adecuadamente el poder que ese puesto confiere y saber ganarse la auctoritas [autoridad]. Si las personas confían en el líder, querrán hacer lo que él les pida, y lo harán porque creen en ello y no porque les venga impuesto por el poder. De hecho, con la auctoritas cada vez es menos necesario el uso del poder. No utilizar el poder cuando se debe o hacerlo de forma injusta es la forma más rápida de perder el liderazgo” (ídem).

Ya hemos tenido –y tenemos– en los diferentes niveles de gobierno, a personas electas popularmente y a funcionarios públicos en general, que en poca o mucha medida distan de reunir los requisitos para tener un liderazgo como el que se ha descrito, y que más bien se caracterizan por ser prepotentes, autoritarios, insensibles, demagogos, ególatras, criminales, improvisados, etc. 

Indudablemente la sociedad está cambiando y se está volviendo cada vez más exigente con el actuar de quienes la gobiernan, por lo que, para lograr una gestión pública exitosa, debe buscarse una amplia inclusión y armonización en todo lo que gira o debe girar en su entorno, para lo cual es fundamental la presencia de un verdadero liderazgo (mujer u hombre). 

Las características de una o un líder han ido transformándose con los años, debiendo adaptarse a las condiciones y necesidades que los tiempos van imponiendo a la sociedad y a sus gobiernos, por lo que, las de hoy, resultan ser cada vez más complejas y especializadas que hace ya no décadas o lustros, sino años o meses. Muestra de ello lo son las grandes adversidades generadas por la pandemia del Covid-19, que con su comportamiento inestable y sorpresivo, han dejado al descubierto lamentables deficiencias e ineptitudes en los gobiernos del mundo. 

Necesitamos verdaderos líderes que respondan a los grandes retos de nuestra época.