Opinion

Lo siento mi amor... (penúltima entrega de Amor Miel y Veneno)

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Alfredo Espinosa

domingo, 06 septiembre 2020 | 05:00

No te concentras, trabajas, necesitas un trago y pides un cuchillo. Cada instante dices su nombre y es un clavo ardiendo en tu frente; la sueñas, la sudas, la vomitas. Sales a la calle y crees que se te aparecerá a cada momento. La imaginas, ah, la imaginas como cuando era tuya, y te arrepientes por los sinsabores que le hiciste pasar y te enfureces por la manera tan estúpida de perderla.

Pero ya es muy tarde. Llega el momento en que la persona amada se convierte en un instrumento de tortura letal. Oh, ella, que ha sido para ti el nombre mágico de la dicha.

Y entonces, por fin, entiendes que las ecuaciones del corazón son más complejas que el cálculo infinitesimal y la trigonometría; más explosivas que la pólvora, más impredecibles que la conducta de un delirante. Que nada se sabe, sólo que el amor es un ciego guiado por una loca.

La esencia del amor es la libertad, pero para quien ama, la libertad de la persona amada es intolerable. Quien ama desea que esa persona le pertenezca absolutamente. Quiere unirla a sí con grilletes, o herrarla como si fuera una res, o más civilizadamente, firmar ese contrato de pertenencia, hoy llamado matrimonio, pero eso no lo salva de los cuernos. La libertad es el conflicto más poderoso del amor. Su mayor felicidad es cuando dos se funden en uno; y el peor infierno es cuando dos juran ser uno y resultan, por lo menos, tres.

La posesividad, casi inevitable en el amor, lleva a los tormentos más acerbos. Esa es la raíz de lo trágico. Todos los días leemos en las notas rojas de los periódicos acerca de los crímenes más atroces cometidos por la desmesura del amor.

Son las congojas del amor desairado. Quienes olvidan su historia están condenados a repetirla. Y quienes han sido traicionados, aprenden a traicionar. Primero por desquite, la segunda por capricho y la tercera por placer. Quizá logren perdonar, pero no olvidan. Se desencantan del amor y van agarrando valor; hablan con verdades y hieren las reputaciones y pican el amor propio, con palabras de una dama, te ventanean diciendo que fuiste un fiasco en la cama, y bueno, ¿qué tanto es tantito?, una noche de copas, una noche loca, amanecen en sábanas desconocidas. Total: el amor dura lo que dura dura.

La historia entre los dedos

Un tequila, el mariachi y una canción nos empujan a seguir, dando tumbos, el tortuoso itinerario del sentimiento mexicano. A tientas nos percatamos de las mudanzas del corazón que primero ama y luego odia, luego se reconcilia hasta que termina separándose, sólo por el gusto sentir nostalgia, para finalmente echarse a la perdición de los alcoholes delirantes, a los amores sin sentido, a recordarnos a cada instante que debemos olvidar a la que amamos sin remedio.

El amor que se apaga, o que se muere, cuando en el otro está vivo y ardiendo es el drama, la telenovela, la ópera bufa –cada quien escribe su propio guión– de un trasunto harto común y barato, una simple ecuación de amor, lágrimas y bragas.

Mezclas lo dulce con lo amargo, la miel con la cicuta y a sorbos te lo vas tragando, con besos e ilusiones, con abrazos y adioses, con recuerdos y canciones, con esperanzas y desconsuelos. Con los primeros tragos sientes que te embriagas, flotas, conversas con los astros, te emborrachas con los dioses, viajas en nubes y entre pájaros, y de pronto, ¡zaz!, comienzas a caer.

Y habrás de enterarte que una versión del infierno es esta: a persona que más amas se vaya de tus brazos y te deje el mundo habitado por su ausencia; pero además –el infierno es infinito en sus formas de proporcionar castigos– que ella se abandone a los brazos de otro con el mismo fervor con que lo hacía en los tuyos, y que a ese otro le entregue todo, todo, todo, ¿me entiendes?, todo lo que te dio a ti, todo eso por lo que enloqueciste, por lo que darías todo lo que tienes. Por su magia, por su dicha, por el paraíso, por su amor. ¿Sabes de lo que estoy hablando?

Los tragos siguen y entre gritos catárticos la historia se te va entre los dedos.

Nostalgia y serenidad

¿Te acuerdas cómo estuvo el final de tu historia? Te dio por mandarle flores, por acosarla con telefonazos, dejarle recados, de llevar un registro minucioso sobre los detalles de su vida, por buscarla y vigilar sus pasos, de contratar un detective, de llevarle serenatas, de hincarte e implorarle que regrese contigo, de dejar todo lo que tienes para seguirla o irte a donde sea pero de su mano. Intentas ser su amigo, darle lo que tienes, lo que necesita. Eres capaz de hacer el ridículo y sentirte orgulloso de ello. Haces panchos y chantajeas. No te das cuenta de que, hagas lo que hagas, no habrá una segunda parte; que aquello que podría consolarte ya no pueden seguir dándotelo. Luego compras una pistola para matarla o matarte o matar a alguien más.

Eso que creías que sólo podría sucederle a aquellos que miras, al día siguiente, en la nota roja de los periódicos, te puede ocurrir a ti. Ahora estás convencido de que el amor hace de cualquier persona un criminal o un suicida.

El amor posee una recóndita dimensión trágica.