Opinion

Los Locos de Alcalá

.

Alfredo Espinosa

domingo, 19 julio 2020 | 05:00

1.- “Aquí se acaba el mundo –dijo Lucio Galaviz como despertando de una pesadilla y bajó de la patrulla para abrir la puerta trasera y empezó a tirar, con furia, a los locos. Los locos sentían los tirones de Lucio y bajaban precipitadamente de la camioneta para caer a los hervores de la arena y a tientas, encandilados, preguntar a Lucio:

  • ¿Dónde dejamos el mundo, Lángara, dónde nos lo escondiste?

En esas estaban cuando Lucio Galaviz echó a andar la camioneta dejándolos con sus preguntas, enceguecidos, a tientas.

2.- Los perros, atiriciados, estaban tirados en el umbral de la puerta abierta. En el gallinero, las gallinas se replegaban a la pared para sorberle lo fresquecito a las paredes encaladas, picoteando a los uvares que se escondían entre la pajita de los adobes.

Las vacas en el establo, arbustos de leche, rumiando cosas del perenne olvido, echadas en medio del sol violento de las once de la mañana.

El niño jamás olvidaría que fue un 19 de julio.

El sol colgado en el cielo maduraba como una fruta de lumbre. Como si alguien le soplara, el sol se transformaba en una rodadera que a cada vuelta que daba más se incendiaba. El sosiego del día se dilataba como un plomo requemado. “Estaba durmiéndome cuando vi un remolino a lo lejos –relataría cinco días más tarde el niño a los sorprendidos y enfurecidos habitantes de Albores, reunidos en la Presidencia Municipal-. Abrí bien los ojos: era una polvareda en el camino. El silencio se fue quebrando y los perros empezaron a olfatear algo desconocido y comenzaron a ladrar. Los demonios, según me dijo una vez mi madre, nunca vienen por los caminos, siempre cruzan por los descampados.

“El alboroto de los perros no me dejaba  distinguir nada. Entre la ventolera, vi los vislumbres como si al pasar el ruido quebrara el vidrio esmerilado de la puerta del desierto de Alcalá. Era una troca. La vi salir de un nuberío de polvo.

“Se detuvo frente al “Oasis” y lo inundó de polvo. Lucio, el Lángara, se sacudió las ropas y se limpió el sudor con la manga de la camisa. Pidió una soda y mientras se la despachaba miré por las ventanillas de la julia grande unos rostros achatados que hacían extraños visajes. Tenían unos ojos que traspasaban  lo que se les pusiera enfrente.

“El Lángara, hombre marrullero, héroe de los chavalos más vagos, de un trago se bebió la soda y pidió otra para el camino. Me pagó y se fue en la julia llevándose tras de sí la nube de polvo que lo había traído.

“Los perros volvieron a sosegarse, pero yo quedé inquieto y preguntándome: ¿A dónde se iría el Lángara? ¿Qué no queda para allá el fin del mundo?”

3.- Lucio Galaviz arrancó la julia. A los encandilados les ardió en los ojos la arenisca que levantó al irse. Los ruidos de la camioneta se difuminaron en la extensión sin límite.

Como una pelota amarilla y ardiente, el sol rodaba a sus anchas por el desierto. Cuando el Sanforizado logró desencandilarse, atajándose con ambas manos los rayos del sol, escrutó el infierno en donde Lucio los había tirado y en el colmo de la desolación dijo:

  • Aquí no hay nada de nada.

María de la O recuperó enseguida los ojos del deslumbramiento. Miró a su alrededor sólo para comprobar lo dicho por el Sanforizado. Las quietas olas de arena permanecían calladas ante su mirada. Quiso caminar sin rumbo pero sus pies se hundían en los calderos de la arena.

  • ¿A qué nos trajeron aquí? –preguntó sin esperanza.
  • Aquí nos tiraron –respondió el Sanforizado.
  • ¿Y qué esperamos? –volvió a preguntar apabullada por el desaliento.
  • Estamos esperando la muerte –les contestó una voz desconocida y profunda. Intuyeron que no podían fiarse de los sentidos y por eso permitieron que los habitara la duda mientras que en silencio desenmadejaban la procedencia de esa voz.

El Sanforizado se atrevió a preguntar:

  • ¿Quién habló?
  • Yo no –respondió con seguridad Pedro Albor.
  • No fue mi señor –lo apoyó Santa

El maromero levantó una polvareda con sus piruetas hasta quedar  frente al mudo Terencio y lo apuntó con el índice tembloroso.

  • ¿Ni ustedes me reconocieron? –preguntó el hombre que en San Francisco del Oro había sido acusado de presentar conductas licenciosas que provocaban desmayos colectivos entre las púberes; que en Placeres se le señaló, junto con Asís y su perro Fermín, de levantar de la nada una guerra sin sentido; que en Malas Flechas lo echaron porque la pudrición de su silencio invadió al pueblo de un olor insoportable; que en Albores los habitantes no toleraron que su mirada les esculcara el alma.

Los que se le habían acercado, se alejaron lentamente formando un círculo en torno a él. Terencio dio una vuelta sobre su propio eje. En los rostros observó el asombro.

  • Soy todos los hombres –les explicó el mudo Terencio-. Por ellos fui creado como un dios. Ustedes son parte de mí. Ustedes no son otra cosa que un puñado de imágenes rotas tiradas en el desierto.

Terencio vació su costal y descubrió unos tornillos oxidados, cigarrillos aplastados irremediablemente, papeles, ramas secas, panes duros, alambres y entre ese mundo de objetos inservibles se afanó en encontrar el espejo. Se los enseñó a uno por uno. Todos miraron en él, en trozos, su desesperanza.

  • Se me quebró el espejo –dijo Terencio como disculpándose.
  • ¡Pero eres mudo! –le dijo el Sanforizado
  • ¿Y eso qué tiene? También a los mudos se les quiebran los espejos.
  • ¡Pero no eres mudo, Terencio! –dijo sorprendida María de la O.
  • Sí –respondió -, me cortaron la lengua.
  • Antes no habías hablado.
  • Son sordos los de Albores –dijo.

4.- A las tres de la tarde el sol atraviesa con sus rayos todo lo que toca.

  • Estaba adormilado sobre el fresco de la hielera –continuó su relato el niño a los enardecidos alboreases que lo rodeaban en la Presidencia Municipal- cuando escuché un ruido que venia del desierto. La julia había regresado. Lucio me entregó el casco y se tomó, de un solo trago, otra soda. La julia venía vacía. No me atreví a preguntarle: ¿Lángara, dónde tiraste a esos hombres?

5.- -El sol, Terencio, siempre nos mira de frente y enojado. 

  • ¿Y cómo querías, Sanforizado, si el sol no tiene, como la luna, perfil? 
  • Tiene el ceño muy fruncido. ¿Será porque a su paso nadie le ofrece ni siquiera un buche de agua? 
  • Todas, Sanforizado, se las bebió una vez que pasó con harta sed. Aquí, donde venimos a morir, era mar. ¿No escuchas esos lamentos? 
  • Los escucho, Terencio. 
  • Son los ecos de las olas abandonadas que viven, como ánima en pena, en cada grano de arena. 
  • Las he oído, Terencio, en las piedras que cantan cuando las arrojo al agua de los ríos. 
  • Como este caracol petrificado, Sanforizado, alguien nos en­contrará tirados en el desierto. Todo lo que vive en el desierto, trae por dentro su nostalgia de mar. 

6.- Mortificados aún por la elección de Lucio Galaviz para meterlos, por la fuerza, dentro de la camioneta de la policía, y de tirarlos en el desierto, le preguntaban a Terencio: 

-¿Cómo la reconocen? ¿Qué cara tiene la locura? 

-Tu cara. 

-¿De qué color es la locura? 

-De tu color. 

-¿Es el mar aquello que a lo lejos hace olas? 

-Es tu sed. 

-¿A qué venimos aquí, Terencio? 

-A esperar la muerte. 

-A mí la muerte -dijo entre hipos Rufino- nunca me rozó ni el pensamiento. 

Terencio dio unos pasos. 

-He dicho que los frecuentadores del desierto habrán de en­contrarse con animales aulladores y sin sombra. Aquí la culebra empolla sus huevos bajo la arena; aquí, en estas ari­deces, hasta los príncipes llegan a ser nada. En donde quiera que ustedes deseen levantar sus lugares de fortificación, crecerán es­pinos, cardos y yerbajos venenosos. Ustedes fueron conducidos al lugar de la necesidad y la ruina. Estamos esperando la muerte. 

Fragmentos de mi novela Infierno grande. Son las voces, recreadas literariamente, de los Locos de Alcalá.

En 1983, un día como hoy, la autoridad municipal decide arrojar al Desierto de Alcalá a los enfermos mentales que deambulaban por la ciudad. Escribí esta novela Infierno Grande en recuerdo de esas almas que todavía andan en vilo por estos desiertos; y para que no vuelva a ocurrir.