Opinion

Los niños como blanco

.

Jesús Antonio Camarillo
sábado, 09 noviembre 2019 | 05:00

Más se tardaron las autoridades en llegar al lugar de los hechos que la lluvia de especulaciones, mitos y leyendas inundaran las redes sociales sobre el lamentable caso de los LeBaron, ocurrido en los límites entre Chihuahua y Sonora. Cada usuario de las redes casi convirtiéndose, en un solo instante, en fiscal y juez de la causa. En el ir y venir de los extremos, la familia LeBaron idealizada en virtud de su disciplina y espíritu de trabajo; en el otro, vilipendiada hasta el cansancio con la adjudicación de los peores atributos. Sin embargo, el hecho bruto ahí está: seis niños y tres mujeres masacradas. Y con un largo trecho que recorrer en la investigación.

Paradójicamente, dos días después del lamentable ataque, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (cuyo titular es, todavía, Luis Raúl González Pérez) y la UNAM (Instituto de Investigaciones Jurídicas y Coordinación de Humanidades) dieron a conocer el estudio “Niñas, Niños y Adolescentes Víctimas del Crimen Organizado en México”. El documento arroja mediante instrumentos cualitativos y cuantitativos el estado de la cuestión de un fenómeno que se percibe intuitivamente, pero que rara vez es estudiado con la dureza metodológica que se requiere.

El estudio evidencía las cuestiones estructurales que están detrás de la violencia orquestada en contra de los niños y niñas. No es una investigación de un año para acá, llevó a los institutos académicos inmersos y a la propia CNDH cuatro años en su desarrollo.

El documento, de cerca de 500 páginas, destaca que en los últimos 10 años “ha crecido considerablemente la posibilidad de morir por homicidio doloso dentro de la población entre 15 y 29 años, ya que el 36.4 por ciento de las víctimas se ubicó en ese grupo de edad”. En el estudio, Chihuahua aparece con números rojos. “Para el período de 2015 a 2018, Chihuahua, Zacatecas, Michoacán, Guerrero y Baja California fueron las cinco entidades que registraron las mayores tasas de homicidios de personas menores de 18 años”.

En otro rubro importante el documento señala que “Otro tema relevante es el de personas niñas, niños y adolescentes desaparecidas. Al no existir información o registro de niños, niñas y adolescentes reclutados por el crimen organizado, si bien esos datos incluyen más motivos, las personas desaparecidas podrían ser un buen acercamiento para dar con tal información. De esta forma, los cinco estados con las tasas más altas son Colima, Sonora, Tamaulipas, Puebla y Baja California. A la par, sobresale que en los últimos años son más las personas de sexo femenino que masculino, las que desaparecen”.

Con datos que atraviesan diversos factores, situaciones y ejes, la vulnerabilidad de la niñez mexicana es expuesta en el documento. Un estudio como el que nos ofrecen excluye la desmesurada especulación y el chismorreo. El problema es histórico, variopinto y estructural. Marca, muy bien, los períodos en que la violencia contra los niños, las niñas y los adolescentes se iniciaron y se acendraron. No hay sexenio reciente que esté libre de responsabilidad. Nuestra niñez ha sido y es desatendida. Su vulnerabilidad se ha pasado por alto sexenio tras sexenio. Su derecho a la libertad y seguridad; su derecho a una salud de calidad; su derecho a la educación, la cultura y la recreación han sido vistos como elementos de segunda categoría que no suman votos.

Hoy, como ayer, seguimos viendo niños desatendidos en lo más elemental. Otros de plano masacrados, abusados, cooptados. Madres con niños que padecen enfermedades graves o terminales tienen que sacar recursos hasta de las piedras para costear los caros tratamientos de sus pequeños. El excesivo burocratismo, la omisión y la negligencia que enfrentan en su diario peregrinar parecen laberintos sin salida. Nadie parece ayudarlas.

Muchos de los niños huérfanos de la nefasta guerra del expresidente Calderón contra el narco ya pertenecen a las huestes del crimen organizado. Hoy, las voces conservadoras piden que se les ataque con toda la ferocidad que sea posible. Para eso está el Estado, dicen ellos. Pervive, así, una confusión enorme en torno al papel que el Estado debe desempeñar y cada quien se asume como el director técnico de un equipo infalible que sólo existe en la imaginación de cada quien.

Y en ese imaginario parece que los niños no están presentes.