Opinion

Los trabajos del desierto

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Alfredo Espinosa

domingo, 24 abril 2022 | 05:00

El chihuahuense cree en los mundos soterrados, por eso se convierte en gambusino de la tierra, del espíritu, del espíritu de la tierra, para penetrarla y socavarla, para obligarla a que entregue los frutos más valiosos de sus entrañas. Su lenguaje bronco, seco, austero y claridoso, hijo de las necesidades y resultado de su historia, geografía, clima y paisaje dice también las cosas que no dice. Su pinta es congruente con su lenguaje. Recurro, otra vez, a Fernando Jordán: “El hombre del desierto está contagiado por el silencio del ambiente… caras serias, que labra el guiñar constante contra la luz y el vacío de la tierra sin límite. Bocas delgadas y calladas, poco acostumbradas al canto y a la sonrisa. Los hombres del desierto piensan y actúan en función del medio; no hablan. El mutismo del hombre del desierto, su sobriedad y lentitud no son imagen del espíritu, son simple consecuencia del paisaje”. 

¿Qué siente, cómo se comporta el chihuahuense ante la inmensidad de su paisaje? Los grandes espacios provocan vértigos y fobias, sin embargo al chihuahuense lo invade una sensación de enorme libertad e independencia pero también de una devastadora soledad, de un silencio sin orillas. Los espacios ilimitados y desérticos lo llevan a realizar tareas supra humanas puesto que sabe que sólo de él depende su sobrevivencia. Vencer al desierto fue una empresa, de no ser milagrosa, sólo se explica por la tenaz realización de tareas supra humanas. De ahí su independencia avasalladora, su propensión al autogobierno, la supra valoración de sus fuerzas y la auto idealización de sí mismo que lo lleva a esa idea tan interesante como peligrosa de considerarse en “Un país aparte”. 

Lejos de sentir fragilidad e insignificancia humanas ante lo inconmensurable de sus paisajes, el chihuahuense es presa de un sentimiento oceánico que lo lleva a ser uno con el infinito. El chihuahuense se encierra en sí mismo pero con el infinito adentro. El silencio y la soledad le dan ese carácter caviloso con que el chihuahuense nutre su mundo oculto con todo aquello que el desierto le escamoteo. 

La floración del arte 

En las tierras flacas engorda el espíritu. El chihuahuense ve a su paisaje como a un desafío, y al igual que cualquier otro trabajador, el escritor chihuahuense en silencio y soledad y con muchos esfuerzos levanta su obra. Ya es sabido que no existe en Chihuahua institución cultural que apoye estas tareas. Y sin embargo, se dan frutos en estos desiertos. Don Francisco Almada y José Fuentes Mares son ejemplo de ello. 

El árido paisaje cultural ha parido su primer fenómeno: un ser híbrido, como las mulas, e igual de empecinado que ellas, pero hermoso, engreído y fantástico, como los centauros. “El centauro -nos recuerda Borges- es la creatura más armónica de la zoología fantástica”. Mitad mito, mitad verdad; mitad chihuahuenses, mitad chilangos, estos escritores (Montemayor, Gardea, Anaya, Rascón Banda, Urtaza, Solares, y Chacón) llevan los paisajes chihuahuenses a donde quiera que vayan. Podrán sacudirse el polvo de sus ropas pero les quedará el desierto en sus almas. No somos indios los que vemos como centauros a estos escritores, que para muchos han sido maestros o ejemplo; somos chihuahuenses empecinados como ellos en sacarle los frutos al desierto, no desde la nostalgia, sino en el desierto mismo. 

¿Qué peculiaridades existen en la escritura de los escritores chihuahuenses? Las tierras de la necesidad son las tierras del deseo. El que nada tiene, mucho desea, y el que mucho desea, mucho se imagina. (La monumentalidad de Sebastián o la herida desgarrada por el acero de Águeda Lozano o Luis Aragón). 

El silencio y la soledad de los paisajes inconmensurables provocan un carácter caviloso que el escritor chihuahuense aprovecha para diseccionar sus mundos soterrados, sus objetos de la tentación. Rumia sus sueños, las presencias que lo perturban. Se entretiene en las dilaciones sin tiempo, precisa sus voces, las repite, las metaforiza y comienza de nuevo en sus cavilaciones. La amplitud del paisaje exterior se convierte en los interiores, en profundidad. La estética del desierto es la poética de la ensoñación. Bachelard dice que “En el alma distendida que medita y que sueña, una inmensidad parece esperar a las imágenes dela inmensidad. El espíritu ve y revé los objetos. El alma encuentra en un objeto el nido de su inmensidad”. (6) Contra la misma cosa, reescribirla, con aliento breve, con frases casi telegráficas. Desde el fin de la tierra retorna a las mismas sin importar que lo ataque el mal de piedra; sueña insistentemente con lo que, de tanto soñarlo, se vuelve realidad. Son los ritos de obseso buscándole placeres a estos desiertos. 

En el desierto la escritura es el mejor antídoto contra el soliloquio. 

Contra la misma cosa, reescribirla. La vida permanece sin discurrir. La anécdota se cuenta de diversas maneras pero siempre más poéticamente. No avanza; permanece. No hay ríos como aquellos donde Heráclito fundamentó el devenir del mundo. En esta permanencia el desierto nos tatúa a su antojo. Sin inventar nuevas palabras, retuerce las suyas, las estira, las descuacharranga. 

El artista del desierto se navega solo. Donde quiera que esté se comporta como si estuviera en el desierto y es que en realidad lo está. La cerrazón del chihuahuense se escapa en la escritura. La escritura es una forma de ser escuchados. Cansado de gritar, el chihuahuense escribe y cuando el ánima de los insolados se apodera de su alma y la canícula se le trepa a la nuca, le vienen, de golpe, todos los desfiguros y confunde desierto con mar y envía botellas a ese mar de polvo pero se pudren en el mismo sitio donde las arrojó. No hay viento que llegue a ningún lado.

Los remolinos están en el purgatorio y nunca saldrán de aquí. No hay palomas sino zopilotes; no hay corteza de árbol dónde cincelar nuestra huella por el mundo. El escritor transforma el desierto en una forma viva y habitable; en una selva de lenguaje desbordante de imágenes, de metáforas. Lo bronco, árido, austero y claridoso de su habla lo transforma en delicado, florido, rico, abigarrado y poético. La aridez del habla es la floración de la escritura. 

En el alma de los bárbaros está la más alta civilización; tras la cara de gestos fieros está el panal del corazón. Son los bárbaros ilustrados; los dulces broncos de ásperas ternuras. En chihuahuense no existe una correspondencia entre lo que se habla y lo que se escribe. Si la hubiera, no habría literatura. 

Son los trabajos del orgullo y del resentimiento. Así nos desquitamos del olvido y del abandono. En estas tierras de abandono, en estas tierras nos tocó vivir. En estos mares nos navegamos solos. Sembramos los frutos del deseo que son los frutos del desierto. 

Abonemos esta semilla de esperanza y a estos trabajos del desierto. (1984).