Opinion
Contraportada

Ludopatía: la pandemia oculta

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José Luis García

lunes, 05 septiembre 2022 | 05:00

A los 48 años de edad ingresó a un casino por vez primera a invitación de uno de sus mejores amigos; Luis N. jamás había apostado dinero en nada, pero esta vez le pareció interesante conocer cómo son los juegos de azar en un lugar donde le ofrecían bebidas gratis mientras le metía dinero a una máquina cuya pantalla reflejaba un montón de figuras que debían alinearse hasta hacerle ganar.

Se le hizo fácil y divertido, sobre todo porque tenía al lado a su amigo que le iba diciendo cómo, cuánto, en qué momento y qué necesitaba hacer para ganar. Luis N. repitió eso varias veces hasta que los 500 pesos que invirtió se le terminaron, tan solo media hora después de sentarse en esa máquina.

Pero la insistencia de su acompañante fue tal, que Luis N. sacó de su presupuesto otros 500 pesos que, en menos de 40 minutos se habían esfumado de sus finanzas, sin siquiera obtener una recompensa mínima por mil pesos de juego. En menos de una hora se había ido de su bolsillo una cantidad de dinero suficiente para llenar el tanque de gasolina de su vehículo en la quincena.

Pero dejó el tema cerrado, al menos eso pensaba. Más tarde llegó a casa y le contó a su esposa dónde estuvo y la invitó a visitar el casino en unos días más; la mujer, sin mayores explicaciones, le dijo que no le interesaba y que prefería gastar el dinero de la familia en cosas que hacían falta, menos en apuestas.

Pero Luis N. no iba a permitir que esa máquina de apuestas le ganara mil pesos así tan fácil, así que al siguiente viernes, al salir de la oficina, le propuso a su amigo regresar al casino. Ambos ingresaron pasadas las 7 de la tarde y tras un par de horas, en la misma computadora de juegos de azar, esa que le había “quitado” mil pesos siete días antes, Luis N. le dejó otros mil 200 pesos.

Había que vengarse de la nefasta máquina, así que Luis N. regresó con otros 300 pesos, con la ilusión de, ahora sí, ganarle al menos lo que inicialmente había apostado; pero no tuvo “suerte”, porque al filo de las 10 de la noche, molesto e irritado, abandonó el casino, amenazando con regresar por la revancha.

Pero ya no se esperó al viernes siguiente y tampoco le dijo a su amigo que iría: el lunes volvió con 250 pesos y los perdió y tres días después, el jueves, se metió de nuevo a las máquinas para apostar 800 pesos. Se quejó de su mala suerte y hasta llegó a pensar que quizá cambiando de máquina podría tener mejores resultados.

Sin embargo sus finanzas tampoco le permitieron repetir la visita al casino como él hubiese querido; esperó hasta la quincena y regresó apenas le fue depositado su sueldo en la tarjeta. Esa tarde perdió 2 mil 700 pesos y regresó a casa con una excusa simple que su esposa creyó sin problema: “me descontaron algo pero no sé por qué, mañana veo de qué se trata”. Un “no te preocupes” de la comprensiva mujer dejó tranquilo a Luis N. pero pensativo y desafiante de regresar a apostar, pero ahora con la intención de recuperar lo perdido.

Durante dos semanas dejó de asistir al casino, pero en su mente estaba el haber perdido algunos miles de pesos y esa sensación de apostar no se separaba de su agenda, para que regresara el dinero a su bolsa. Al llegar la siguiente quincena hizo la programación de pagos pendientes, compromisos de hipoteca, despensa, servicios de casa y demás, y pudo observar que le quedaba algo extra, suficiente para volver a la apuesta.

Una vez frente a la máquina, Luis N. perdió en menos de lo que pensaba ese “extra” y empezó a restarle presupuesto a los compromisos quincenales. “Si no pago este mes el carro no pasa nada, nunca me he retrasado”, pensó y de inmediato decidió meterle otros dos mil pesos a su jornada de casino.

Poco antes de la media noche salió del lugar, se subió al coche y vio que en su celular tenía tres llamadas perdidas de su esposa; al llegar a casa, lo único que atinó a decir es que el trabajo se había cargado y no se dio cuenta de las llamadas. Al día siguiente solicitó un préstamo en la empresa, que le fue autorizado sin problema, dado su limpio historial, pero al mes siguiente solicitó uno nuevo, y después otro y otro más, hasta que le informaron que la deuda era tal, que solo le estaba quedando en su recibo el mínimo que la ley permite.

Pero Luis N. sabía de cajas de ahorro y de prestamistas en la empresa, o conocidos que facilitaban dinero a cambio de pagarés, pero a los 8 meses, la deuda era impagable, porque incluso las dos tarjetas de crédito estaban agotadas. No había más dinero y, entonces, vino lo evidente: pedir prestado a la familia, con el pretexto de emergencias de salud, e inventos de deudas de trabajo que le estaban cobrando injustificadamente.

Un año y medio después de que ingresó al casino por vez primera, Luis N. estaba en bancarrota total, sin vehículo, con la hipoteca vencida, los bancos exigiendo el pago de las tarjetas de crédito, las llamadas de amigos y familiares solicitando la devolución de los préstamos hasta que, en un momento de total congruencia, aceptó una terrible realidad: estaba atrapado… era un ludópata. Lo que gastó en 18 meses, pudo pagarlo en seis años. Aún a estas alturas, se cuida –y lo cuidan familiares y amigos- de esa terrible tentación de apostar.

El caso de Luis N. es uno entre millones. La ludopatía es una enfermedad que se caracteriza por el impulso irresistible de jugar apostando dinero; la mente de un ludópata está preocupada en las apuestas, pero sobre todo, en conseguir dinero para apostar, no importa si para ello el engaño va de por medio, que es, por cierto, el primer síntoma: mentir.

Los ludópatas, advierte la Asociación de Psiquiatría Americana, están autoconvencidos de que por una vez más que jueguen, no va a pasar nada y en ese instante su cerebro evita lo racional para proporcionar una distorsión de la realidad, que les llevará a pensar que pueden volver a jugar de forma controlada. La ludopatía es un trastorno reconocido incluso por la Organización Mundial de la Salud en su clasificación de enfermedades desde 1992.

En México, cálculos conservadores advierten que hay entre 3 y cuatro millones de ludópatas, desde los 18 a los 70 años de edad. Y es un tema que nadie, o casi nadie, ha evaluado desde el punto de vista del riesgo de quiebras financieras familiares, hasta empresariales, además de la salud misma del individuo. Es, por hoy, una pandemia oculta… y muy peligrosa.