Opinion

Machismo en la mira

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Felipe Castro
domingo, 17 marzo 2019 | 01:39

Hace menos de diez días se celebró el día internacional de la mujer. Desde esta columna ofrecimos un homenaje a las mujeres, en reconocimiento por la insustituible aportación que ellas ofrecen a la humanidad con lo que san Juan Pablo II llamaba el “genio femenino”. La batalla que justamente se libra para obtener la igualdad de los dos sexos va más allá de una paridad de roles, oportunidades y derechos. El objetivo estratégico tiene que apuntar a un cambio cultural, una corrección profunda de mentalidad, de actitudes, de costumbres arraigadas en el ADN del tejido social.
Uno de los mayores obstáculos a vencer es la actitud machista, que tristemente impregna muchas culturas de la geografía humana. Enteras civilizaciones han tenido como una de sus columnas portantes la distinción de los sexos, con una exaltación injusta del papel del varón, como si éste fuera depositario de una superioridad natural con respecto a la mujer. Mucho ha tenido que ver en esto la constitución natural del sexo masculino: físicamente más fuerte, mentalmente más inclinado al análisis frío, objetivo de las cosas, y a dar una solución razonada, calculada, a los problemas cotidianos de la vida. El machismo hunde sus raíces ontogénicas en la idea de que el hombre está mejor dotado que la mujer para ejercer un papel protagónico: sea en la grande historia donde se decide el destino de enteras naciones, como en la pequeña historia de los individuos y de las familias. Una idea aceptada sin discusión, como un axioma tan evidente por sí mismo que no necesita demostración. Una idea transmitida de generación en generación a lo largo de los siglos. No ya transmitida como una verdad enunciada con palabras, sino como mentalidad subyacente, indiscutible.
Esta presunta superioridad del hombre ha producido desde siempre una serie de actitudes y comportamientos denigratorios hacia la mujer. Los más difundidos e indignantes son la violencia física y la violencia sexual; pero se manifiesta también de otras muchas maneras, algunas muy sutiles, casi imperceptibles, pero que contribuyen igualmente a preservar y prolongar indefinidamente la cultura machista.
Estudios de diversas organizaciones internacionales informan que la región más afectada por la violencia machista es el sudeste asiático, donde se registra hasta más del 37% de mujeres que han sufrido violencia física o sexual en el ámbito familiar. Le sigue muy de cerca la región árabe (Egipto, Irán, Irak, Jordania y Palestina), seguida inmediatamente por el continente africano. América Latina -como podemos constatar, con mucha vergüenza,  en nuestro propio país, México- tiene también una tasa demasiado alta de violencia contra la mujer dentro de la familia: 29.8%. Los países económicamente más desarrollados (Canadá, Estados Unidos, Europa, Australia, Japón) han logrado abatir los índices de violencia doméstica hasta un 23.2%. Gracias a políticas públicas efectivas y a una mayor conciencia ética, estos países se han colocado muy debajo de las restantes zonas geográficas; sin embargo, todavía se encuentran demasiado lejos de la supresión total de la violencia contra la mujer, signo de que la cultura machista persiste obstinadamente arraigada.
Y aún hay que considerar dos datos agravantes: 1) las estadísticas no muestran plenamente la vastedad de este problema, porque se sabe que muchas mujeres ocultan ser víctimas de agresiones, ya sea por miedo a las represalias, ya porque ven esa violencia como algo social y moralmente aceptable; 2) las cifras se elevan todavía más si se considera también la violencia fuera del ámbito familiar.
En México el machismo adquirió un carácter singular con un estereotipo del “macho” surgido hace un siglo entre las filas de la revolución, y exaltado sucesivamente en la literatura y el cine nacionales. Es la figura del hombre viril, valiente, rudo, bronco, dispuesto a defender y hacer respetar su honor arma en mano. Es el macho que a veces se puede erigir en el gran defensor del “sexo débil”. Pero que también se puede convertir en su peor hostigador. Aquel que siente la necesidad de demostrar su virilidad y superioridad con gestos extremos de violencia y prepotencia. México, país de machos. Mejor nos iría si fuéramos país de caballeros. Pero nos pudo más el fatal arraigo machista, la convicción sin fundamento de una superioridad de género, que nos habría otorgado el monopolio de la conducción, de la empresa, de la inteligencia, hasta desplazar y avasallar a la mujer, a la que no correspondería otro papel más que la sumisión callada, la prestación de su cuerpo y el servicio incondicional.
En este México machista queda un camino muy largo por recorrer hasta lograr que las mujeres sean reconocidas y tratadas en su valor y en su dignidad. Cada vez más se las ve comprometidas en esta búsqueda afanosa. La verdadera conquista no va a estar en los foros legislativos, aunque ciertamente se trata de un campo muy importante. La verdadera batalla es cultural. Tiene que ir dirigida a un cambio profundo de mentalidad, de actitudes, de comportamientos por parte de los hombres, y empieza en la convivencia cotidiana, en la familia, en el trabajo, en la diaria interacción de la vida social. Porque el machismo no se puede suprimir por decreto. Sino por el camino de la educación. Del hombre y de la mujer.
El machismo acabará cuando hombres y mujeres entiendan que las diferencias de estructura física y sicológica no comportan superioridad de ningún sexo. Que todos gozamos de la misma dignidad, y por tanto merecemos el mismo respeto, las mismas oportunidades. El machismo acabará cuando todos entendamos que hay actitudes y comportamientos intolerables, que son ofensivos de la mujer, y que no podemos ni permitirlos ni permitírnoslos.
Es intolerable cualquier forma de violencia física, el maltrato. Un hombre no debería tocar a una mujer si no es para darle una caricia.
Es intolerable la violencia sexual, que no consiste únicamente en forzar a una mujer, sino también en usarla como un mero objeto de placer; y esto se puede dar también en la intimidad de la pareja. Violencia sexual es valorar a la mujer por su cuerpo, no por ser quien es. Violencia sexual es ofenderla con la mirada, con alusiones, con bromas o chistes sexistas.
Es intolerable admitir la infidelidad como una conducta normal, que el hombre podría adoptar con naturalidad, y además, con aceptación social.
Es intolerable tratar a la mujer como un ser menos inteligente, menos capaz, y por tanto excluirla deliberamente de la toma de decisiones, o imponer las propias ideas como las únicas válidas, o ignorar la opinión de ella, o hacer burla de esa supuesta menor inteligencia.
Es intolerable la violencia económica: limitar o condicionar la aportación para el sustento del hogar, cuando él es el único proveedor, o despreciarla cuando ella también trabaja y quizás obtiene mejores ingresos.
Es intolerable demeritar las labores domésticas que realiza la mujer, no apreciar el desgaste físico y emocional que supone la gestión del hogar; aún más, no colaborar con ella en las tareas comunes de la casa, amparado en la idea ancestral de que es a la mujer a quien le toca hacerse cargo de todos los quehaceres: cocinar, lavar, ordenar, planchar, hacer las compras… y además, cuidar de la educación de los hijos.
Es intolerable dar órdenes a la mujer, en vez de pedirle las cosas o hacerlas por sí mismo, como si ella estuviera ahí para ejecutar todos los caprichos y gustos del señor.
Es intolerable la violencia psicológica: amenazar, chantajear, burlarse, fomentar inseguridad o miedo, descalificar.
Deberíamos darnos cuenta que las conductas machistas desdibujan al hombre, lo disminuyen y lo empobrecen. Lo distancian de sí mismo. Son una trampa del ego varonil, que lo convence de que es más hombre cuanto más encarna la grotesca figura del machismo.
La causa de la promoción de la mujer quedará ganada cuando el hombre la haga suya. Cuando decida poner en la mira y deponer al macho que lleva dentro. Y hacerse de verdad hombre.