Opinion

Madurez: la forja del destino

Felipe Castro
Domingo, 06 Enero 2019 | 12:09

Uno de los logros de la cultura contemporánea ha sido la toma de conciencia del lugar que el hombre ocupa dentro del universo. Físicamente somos una parte ínfima de la totalidad de las cosas existentes. Éstas guardan entre sí un orden, un equilibrio, atribuible a “la naturaleza” o a un Ser superior, creador y providente. Cada uno lo ve de acuerdo con sus creencias personales.
Esta toma de conciencia nos está llevando a una actitud de mayor responsabilidad y respeto hacia la toda la creación. No somos dueños absolutos. Somos sus custodios y administradores. San Francisco de Asís veía una relación de fraternidad del hombre con todas las creaturas, animdas e inanimadas: “hermano lobo, hermana luna, hermana muerte…”. El Papa Francisco ha expuesto una síntesis de esta visión en su Encíclica “Laudato siʹ”.
Con todo, sigue siendo innegable que hay una diferencia esencial entre la persona humana y el resto de las creaturas. Hasta ahora no consta que exista ningún otro ser que posea, como el ser humano, la capacidad de autoconciencia y de libre autodeterminación. Aun los animales más inteligentes (v.gr., el delfín, el chimpancé…) carecen de plena autoconciencia: pueden aprender y “saber” muchas cosas, pero no llegan a saber que lo saben. El hombre, en cambio, sabe y sabe que sabe.  Carecen así mismo de plena autodeterminación; no deciden cómo comportarse; simplemente son llevados por su instinto natural. El hombre, por su parte, puede elegir libremente entre hacer o no hacer, hacer una cosa u otra, hacerlo de un modo o de otro. El hombre, en este sentido, se construye a sí mismo. Solemos decir que forja su destino.
Forjar el propio destino. Empresa ardua, llena de tropiezos, pero también de hondas satisfacciones. Tiene que ver mucho más con el crecimiento interior que con la conquista de una posición en la sociedad o el éxito profesional y financiero. Se trata de decidir quién quiero ser, no tanto de qué quiero hacer. Alcanzar la plenitud del desarrollo personal: ésa es la meta. Y el primer paso para lograrlo es la consecución de la verdadera madurez personal.
En una entrega anterior (del 25 de noviembre de 2018, cf. https://www.eldiariodechihuahua.mx/Opinion/2018/11/25/madurez-una-clave-de-exito-en-la-vida/), vimos que hay tres niveles de madurez: la biológica, la emocional y la personal. En aquella ocasión tratamos las dos primeras.
La madurez personal va mucho más allá de la biológica y la emocional. Es la que pone a la persona en la condición de alcanzar su plenitud precisamente en cuanto persona humana, en su unicidad irrepetible y en su relación insoslayable con el mundo y con las demás personas.
Se pueden individuar al menos cinco parámetros fundamentales de la madurez personal:
1. Plena identidad consigo mismo. Hombre maduro es aquel que es quien quiere ser; y en consecuencia piensa, se pronuncia, se comporta de acuerdo con ese proyecto que se ha hecho de sí mismo. El adolescente, que no ha alcanzado aún ese grado de maduración, no posee esa plena identidad consigo mismo. Por eso es común que su comportamiento dependa más de las expectativas de los otros que de sus propias convicciones.
Necesita vestir, posar, hablar, actuar en conformidad con los dictámenes sociales de su entorno. No se siente seguro de sí mismo. Necesita recibir la aprobación y aceptación de los demás. Al hombre maduro le basta la aceptación de su propia conciencia, sin importarle el juicio ajeno. Como decía el poeta: “[el sabio] No cura si la fama / canta con voz su nombre pregonera, / ni cura si encarama / la lengua lisonjera / lo que condena la verdad sincera. […] Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanza, de recelo” (Fray Luis de León, de la Oda a la vida retirada).
2. Rectitud de juicio. Si el hombre se distingue de los animales principalmente por la autoconciencia y la capacidad de autodeterminación, el hombre maduro se distingue del inmaduro por su capacidad de emitir juicio rectos acerca del mundo, de las personas y de sí mismo.
Juzgar rectamente se puede entender de dos modos. Uno, en el sentido de la epistemología aristotélica, esto es, elaborar enunciados que correspondan a la realidad objetiva. Según este modo, el juicio recto es el que se ajusta a la realidad, al menos a la realidad  tal como la percibe aquel que emite  el juicio. Contrario a esta forma de juzgar con rectitud es la mentira, el engaño, la falsedad. No puede considerarse maduro el hombre doble, falso, que no dice lo que realmente piensa, el que oculta deliberadamente la verdad en aras de intereses mezquinos y egoístas.
El segundo modo de entender la rectitud de juicio consiste en la capacidad de emitir juicios de valor ponderados, libre de prejuicios, acerca de los actos de los demás y propios. Contrario a esta rectitud es la actitud de quien se erige arbitrariamente como juez del prójimo, para condenarlo en la menor culpa. Es la postura farisaica del que se fija en la paja en el ojo ajeno, mientras no ve la viga que ciega al propio ojo.
3. Capacidad de tomar opciones definitivas. Los hombres del siglo XXI encuentran particularmente difícil de entender y aceptar este rasgo de la madurez. Herederos de las ideologías relativistas y subjetivistas de los últimos siglos, muchos viven en la provisoriedad, sin fundamentos estables, incapaces de asumir compromisos definitivos. Juzgan que es inherente a la grandeza del hombre el riesgo de cambiar, de corregir, de emprender un camino nuevo cada día. Pero esto con frecuencia no es más que un parapeto de una inmadurez disfrazada, como el joven cansado que se sienta frente a la televisión con el mando en la mano, saltando de un canal a otro, incapaz de fijar su atención en un solo programa. En el fondo se oculta la incapacidad de ponerse lúcidamente objetivos claros, altos, exigentes, y de perseguirlos con tenacidad, responsabilidad y constancia.
4. Integración unificadora de toda la persona. Es un hecho que la persona humana, compleja como es en su estructura, experimenta naturalmente una disgregación de sus diversos componentes vitales. Sus exigencias corporales, sus tendencias instintivas, sus emociones y sentimientos, sus pensamientos y sus aspiraciones superiores, demasiado frecuentemente corren por caminos dispares, y a veces disparatados. San Pablo lo expresaba con angustia: “Bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.
Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que  está en mis miembros. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? (Rom 7,18-24). Se podrán dar múltiples interpretaciones de esta penosa condición humana, sicológicas, culturales, religiosas. Pero independientemente de la explicación, es innegable que los hombres estamos hechos así.
El hombre maduro es aquel que, con mucho esfuerzo y constancia, llega a conseguir al menos en grado aceptable, la suficiente unificación de su persona, haciendo que todas esas dimensiones se coordinen y armonicen bajo el imperio de la razón y de la voluntad.
5. Coherencia, responsabilidad, integridad moral. Hablamos del grado más elevado de la unificación de la persona. La rectitud moral. La coherencia entre los principios y valores que uno en conciencia asume como rectores de la vida, y el comportamiento concreto de todos los días. Coherencia entre lo que uno piensa y lo que de hecho dice y hace. No se puede hablar de madurez ahí donde no se da esta congruencia. Se dice que quien no obra de acuerdo con lo que piensa, termina pensando de acuerdo con lo que obra. Madurez no es impecabilidad absoluta, pero sí el esfuerzo honesto por ajustar la vida a los ideales éticos propuestos.
El hombre que ha alcanzado una madurez como la descrita, podrá fracasar social y económicamente, pero tendrá, sin lugar a dudas, el mayor éxito como persona, que es a fin de cuentas lo que más importa.