Opinion

Magnicidios

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Daniel García Monroy

domingo, 11 septiembre 2022 | 05:00

Después de la decena trágica-1913 (presidente Francisco I. Madero asesinado); después de la comida en la Bombilla-1928 (presidente electo Álvaro Obregón ultimado); después del mitin en Lomas Taurinas-1994 (candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, ejecutado); ha quedado cincelado en el inconsciente colectivo nacional un real temor a un “deja-vu” de lo peor que le puede ocurrir a México otra desgraciada vez.    

Por esos ominosos sucesos históricos conmocionantes, es que en la actualidad de nuestro país, existe un miedo latente por la innegable posibilidad de que un nuevo irracional magnicidio vuelva a ocurrir. Magnicidio explícito como el homicidio de un líder nacional respetado y querido por la masa ciudadana. 

Para refrescar la memoria de lo que es un magnicidio, recordemos lo bien descrito por el líder del movimiento estudiantil de 1968, Eduardo Valle “El Búho”; quien fuera después un excelente periodista-investigador, convertido luego en eficaz jefe policiaco antinarcóticos, para terminar como testigo protegido en Estados Unidos. Describió el “Búho” en su recomendable libro: “El segundo disparo, la narco-democracia mexicana”: 

“La presidencia había entregado la seguridad del candidato, Luis Donaldo Colosio, a una pandilla de ineptos, incompetentes, no calificados policías y militares. Muchos de ellos conocidos por sus vínculos con el crimen organizado. Como el propio De la Sota y Jorge Vergara Verdejo. ¿Por qué el general Domiro García Reyes, con todo lo incompetente e inepto, había permitido que lo separaran del cuerpo del candidato, cuando su primera y automática reacción era agarrarse fuertemente con la mano izquierda del hombro derecho de Colosio, dejando libre su mano derecha en prevención, de cualquier suceso, como lo sabe el más barato y estúpido de los guardaespaldas? En Lomas Taurinas tenemos en realidad un mitin de policías. El grupo TUCAN, el grupo Omega, la PJF, la Federal de Caminos, Seguridad Nacional y Estado Mayor Presidencial, y cercando la zona el grupo táctico de la Policía Municipal de Tijuana. Había 52 militares, agentes y policías vigilando al candidato priista el 23 de marzo en Lomas Taurinas. ¿Por qué lo mataron? Porque cuando tuvo fuerza propia dejó en claro que no iba haber reelección presidencial. ¿Quién lo mató? Carlos Salinas y la Familia feliz  --la Banda de los Pinos—, Emilio Gamboa Patrón, Manlio Fabio Beltrones, Raúl Salinas, José Córdoba, Justo Ceja, los principales. ¿Cómo? Rodeándolo de ineptos e incompetentes. Luego todo fue fácil: un disparo en la cabeza; un segundo disparo al cuerpo por la izquierda; cubrir los hechos, engañar a la nación; con el silencio o las mentiras de los “guardianes” de Colosio, comprometidos, sobornados o aterrorizados”. Eso señores es y será un perfecto Magnicidio. Un verdadero crimen de Estado.

No todos los magnicidios son tan planeados y tan efectivo. Hace una semana un sujeto pretendió disparar a centímetros de la cabeza de la vicepresidenta argentina, Cristina Fernández de  Kirchner, demostrando que un atentado puede ser intentado, pero no bien ejecutado. Chihuahua misma es ejemplo de algo parecido. Hace ya cuatro lustros cuando al gobernador Patricio Martínez, una ex policía, enferma mental, lo intentó asesinar en las escaleras del Palacio de Gobierno. Disminuido por local, pero mal que bien, intento de magnicidio promedio. 

Uno de los líderes de la oposición mediática nacional, el periodista Ciro Gómez Leyva, mantuvo durante un buen tiempo, en sus estratégicos noticieros, la amenaza posible de que el presidente López Obrador, pudiera ser objeto de un atentado. Su discurso era criticar la insuficiente seguridad presidencial  -a todas luces comprobable-, pero como siempre, manejando un dejo de “oportunidad” para quien tuviera el odio y las ganas de así ejecutarlo. 

Ante un atentado no existe seguridad-segura que valga. Para que ni la excelsa Guardia Suiza, haya podido  proteger al vicario de Cristo, el Papa Juan Pablo II, en la mismísima Plaza San Pedro de Roma (vaya, los creyentes podrían argumentar que ni Dios puede salvar a más nadie de un magnicidio). Y eso es porque no es posible defender físicamente a un líder mundial, ni a dirigente nacional alguno, si existe un loco suicida, que esté dispuesto a cambiar su libertad o su vida por dar muerte a su objetivo. No hay forma. La muerte no respeta poder, título, cargo. La muerte no acepta sobornos. Lástima.

Pero también es cierto que hay de formas a formas. El asesinato del presidente John F. Kennedy (Dallas-1963), fue una ejecución de estado, muy similar a la de Colosio Murrieta. Cuando el poder militar o civil, que mantiene el monopolio de la violencia legal y la persecución de los crímenes, decide ejecutar a un líder, no existe manera alguna de evitar cualesquier magnicidio. Un real golpe de Estado, de este tipo, es prácticamente imposible de detener. Para toda oligarquía es más que sencillo aniquilar a un presidente que gusta de convivir son su pueblo. Lo que les puede preocupar es el control de daños. Esa es la única y vital contención para no llevarlo a cabo. Cuando el temor de lo que puede desencadenar en un país, la puesta en marcha de un magnicidio, es mayor a la desgracia de soportar con vida a un ejecutivo federal que les está haciendo ver su suerte, la ejecución se mantiene a raya.  

Pero cuidado con los dementes-fanáticos-solitarios. Un crítico evento así realizado, sin predicción alguna posible, ni de lo que podría desatar en un momento dado si la clase política no pudiera explicar y comprobar de forma inmediata, que no fueron los opositores políticos-empresariales quienes realizaron el magnicidio: ¡Dios guarde la hora! El infame asesinato de Mahatma Gandhi, en la India, hace 74 años, es todo un caso de estudio para aprender sobre la resolución de un semejante crimen. La brutal imagen grabada del asesinato a cuchillo vil de Gandhi, que de inmediato se dio a conocer, confirmó que había sido un asesino solitario, detenido y declarado.  La convulsión popular se detuvo. El también querido líder hindú, sucesor de “Alma Grande”, su amigo y discípulo Pandit Nehru, logró con su liderazgo y credibilidad la contención del caos. 

La probabilidad de un nuevo magnicidio en México, de algún líder del gobierno en turno, pesa como “espada de Damocles”, en la real-politik, de nuestra violenta cotidianidad nacional vergonzante. Ser conscientes de que no hay manera de prevenir o evitar un crimen tal magnitud, nos debe preparar como ciudadanía para una crisis, que no por indeseable y catastrófica para la mayoría, desaparecerá. Ojalá, que no ocurra más nunca otra más, ojalá. 

    

    

    

     

  

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