Opinion

Marcha contra la dictadura

.

Arturo García Portillo

viernes, 11 noviembre 2022 | 05:00

Circula un video de Macario Schettino en que invita a la marcha en defensa del INE que se organiza este domingo, e inicia con una descripción muy sugerente: México tiene poco más de 200 años de existencia, y solamente los últimos 25 ha sido una democracia. Contundente. ¿Y cómo era antes?

Un país en que decidía una sola persona. En el periodo posrevolucionario la persona que mandaba duraba 6 años, poco menos luego de la revolución. Porfirio Díaz duró más de 30. Benito Juárez cobró por 11. Santa Ana fue y vino durante 21. No había elecciones reales. 

No es fácil imaginarse como eran las cosas sin democracia, pero les daré datos históricos, que recopilé alguna vez al rastrear las diferentes legislaciones electorales a lo largo de los años. En los años cuarenta, los partidos que había entonces, o clubes políticos, llegaba cada uno con sus boletas, con el nombre de su candidato y partido. Las ponían apiladas en una mesa y el elector llegaba y tomaba la que quería, le ponía su nombre y la ponía en la urna, que era custodiada por el primero que llegaba y la llevaba a la alcaldía, o cuartel para que ahí las contaran. Pasaba de todo. Nunca dejaban poner sus boletas a los opositores, aunque lo hicieran no llevaban sus boletas, y si las llevaban no las contaban. 

A partir de 1952 las cosas cambiaron un poco en lo federal. Había una institución encargada de organizar elecciones, padrón rudimentario, boleta única, voto secreto, pero todo bajo control de la Secretaría de Gobernación. Los reforma de 1977 de Reyes Heroles sirvió para hacer más plural la competencia abriéndose a diversos partidos, formalizar la representación proporcional en los congresos, padrón electoral nacional y credencial de elector, que en realidad era una broma. Yo la recuerdo, un plástico color crema que sólo decía nombre y datos básicos, muy fácilmente falsificable, lo que realmente ocurría. Y todo seguía en manos de Gobernación. Mi mamá fue representante de casilla en 1986 en Durango, junto con una amiga vecina. Los funcionarios de la casilla hicieron la vida cansada todo el día. Alargaron el proceso hasta las 4 de la mañana, pero finalmente salieron de ahí con el acta de cómputo indicando que el PAN había ganado. El miércoles siguiente en la sesión de computo del paquete salieron dos actas. En una ganaba el PAN y en otra perdía. Los funcionarios simplemente dieron por válida la segunda. 

Las cosas empezaron a cambiar luego del fraude de 1988 operado por el gran amigo del presidente López Obrador, Manuel Bartlett desde Gobernación y por Manuel Camacho Solís (cuyo secretario particular era Marcelo Ebrard) desde la secretaría general del PRI. En los siguientes años hubo diversas reformas que dieron como resultado cambios fundamentales, pero el principal, que se quitó al gobierno el control de las elecciones y se constituyó un organismo autónomo, de ciudadanos prestigiados, encabezados en su primera generación por José Woldenberg, intelectual de izquierda muy respetado. Durante el gobierno del PAN en Baja California se pudo probar que se podía hacer una credencial de elector y padrón electoral con fotografía (héroes anónimos Ricardo García Cervantes y Carlos Anaya), lo que evitaba votos dobles y falsificaciones. Y así por fin, más o menos se pudieron contar los votos. 

Si es cierto que el sistema es muy complejo, debido a la enorme desconfianza que hay, y a la pésima costumbre mexicana de ver cómo se evade el respeto a la ley. En Alemania el sistema es muy simple. Las elecciones las organiza el equivalente de INEGI, las boletas son de papel revolución en un solo color, se entregan desde dos meses antes de la elección si votan por correo. Los resultados se dan a conocer exactamente a la hora que cierran las casillas y eso que no es voto electrónico... y nadie protesta. Aquí es otra realidad, pero nos funciona. Así hubo alternancia en el año 2000 con Fox. Así se contaron los votos en el 2006, y se recontaron tres días después. Y hubo resultado pese a lo cerrado. Y con esas mismas instituciones se reconoció el resultado de López Obrador en 2018 y de las 22 gobernadores que hoy tiene Morena.     

Al presidente le queda claro que no llegará a la siguiente elección con la misma popularidad que al inicio, que no se la trasladará a su favorita, que además no es simpática, y necesita un mecanismo para no perder las elecciones. Y lo único que se le ocurrió es… regresarnos treinta años atrás en la historia, desaparecer el INE, y controlar las elecciones con el secretario de Gobernación Adán Augusto que esta semana vino a insultar y burlarse de los chihuahuenses en el Congreso. 

No nos hagamos bolas. La reforma electoral que mandó al Congreso tiene como propósito evitar que en este país se cuenten los votos, y que él, una sola persona, como hace siglos, decida quién merecer gobernar y quién no. Para evitarlo, en varias ciudades de Chihuahua, en la capital, marcharemos el próximo domingo. Si perdemos la posibilidad de contar los votos, enseguida perderemos todo lo demás. Todo.