Opinion

Más preguntas que respuestas, la realidad nos desborda

.

Arturo Limón
domingo, 10 noviembre 2019 | 05:00

El lunes pasado corrió del cruento ataque a mujeres y niños entre los limites de Sonora y Chihuahua que nos estremeció por el caso LeBaron, al asedio al presidente  Evo Morales,  que casi se tornó  en la tragedia con una falla en su helicóptero en  el aeropuerto de El Alto, en La Paz, Bolivia, de ahí vamos a la jauría desatada (ahí está Alex Lora de muestra) contra un presidente pedagogo del que hablaba aquí hace una semana -y del que espero continuar hablando  la próxima semana-, de los 30 años de la apertura del Muro de Berlín, a la salida de prisión que aún no es liberación del presidente brasileño  Lula Da Silva y la tragedia de vivir en un estado infestado de violencia e injusticia que lo mismo toca Ciudad  Juárez que a Chihuahua capital o el corredor del sur entre Jiménez y Parral en el que tantos sucumben, mientras hay quienes se atreven a decir que "no pasa nada", vaya la siguiente reflexión intitulada: "Desde la justicia a la democracia", basada en una fábula de  Lafontaine con una adición del maestro José Saramago quien así la expresara: 

“Comenzaré por contarles en pocas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito pedir toda vuestra atención para este importante hecho histórico porque, al contrario de lo que es común, la lección moral que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar el final del relato, enseguida les resultará evidente.

Estaban los habitantes en sus casas o trabajando en el campo, entregados cada uno a sus tareas y cuidados, cuando de repente se escuchó sonar la campana de la iglesia. En aquellos piadosos tiempos (estamos hablando de algo ocurrido en el siglo XVI) las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no tenía que haber motivo de extrañeza, pero aquella campana sonaba melancólicamente a los muertos, y eso sí era sorprendente pues no constaba que alguien de la aldea se encontrase agonizante. Salieron entonces las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres las labranzas y oficios, y en poco tiempo estaban todos reunidos en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen a quién debían llorar. La campana aún tocó por algunos minutos más, finalmente se calló. 

Instantes después la puerta se abría y un campesino aparecía en el umbral. Pero este el hombre no era el encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le hayan preguntado dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. “El campanero no está aquí, yo hice sonar la campana”, fue la respuesta del campesino. “¿Pero entonces no murió nadie?”, replicaron los vecinos, y el campesino respondió: “Nadie que tuviese nombre y figura de gente, toqué a los finados por la justicia, porque la justicia está muerta”.

Y también, si me autorizan agregar algo de mi autoría particular a las fábulas de La Fontaine, entonces diré que, si no intervenimos a tiempo, o sea ya, el ratón de los derechos humanos acabará por ser implacablemente devorado por el gato de la globalización económica.

¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes ella significaría, -en las circunstancias sociales y políticas específicas de la época, y según la expresión consagrada-, "un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo"? 

¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la fuga de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de la basura a la congestión del tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si se tratase de un dato definitivamente adquirido, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, de eso no se discute. 

Ahora, si no estoy errado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, es urgente, antes que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y las esperanzas de la humanidad, o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno por uno y todos juntos. No hay peor engañado que aquél que a sí mismo se engaña. Y así es que estamos viviendo.

No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a tocar. Oigámosla, por favor”.

COROLARIO

Es mi deseo que haya tiempo de recomponer  nuestra América,  México y a Chihuahua, con eso el mundo se arregla un poco.