Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

Mi Querido y Nostálgico Barrio de “El Palomar” (Tercera parte)

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/ Fotografía de finales del siglo XX o principios del XX donde se muestra al fondo la Catedral Metropolitana y el Cerro Grande tomados desde el barrio del Palomar (Fototeca-INAH-Chihuahua).
/ Don Teófilo Borunda, Gobernador del estado de Chihuahua en el periodo 1956-1962 y quién fuera el que concretizara el proyecto de la canalización del río Chuviscar en la ciudad de Chihuahua (Foto: Mediateca-INAH-Chihuahua).
/ Muchos vecinos del barrio de El Palomar, fueron contratados para las obras de canalización del río Chuviscar (Foto: APCUCh).

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 05 septiembre 2021 | 05:00

En la tercera parte de esta tan nostálgica crónica y con la buena vista panorámica de la ciudad que se tenía desde el Palomar, se observaba que poco a poco estaba llegando la maquinaria y el personal para iniciar con el ambicioso proyecto. Por cierto algunos de los vecinos del barrio se habían alistado para trabajar, entre ellos estaba Juvencio y Fidencio Sánchez, los que se dedicarían principalmente en las áreas de criba de materiales. Era todo un ejército que se observaba desde lo alto del barrio y que iban poco a poco consolidando la tan esperada canalización. Nos comenta don Epifanio González, nuestro entrevistado y quien nos abriría la puerta de su casa para desarrollar este nostálgico trabajo que: “A muchos niños nos gustaba ir a jugar en las montañas de material, haciendo carreteras, cuevitas y también servían para construir pastelitos y casitas de lodo.

“Era muy divertido y cuando regresábamos a casa, mi mamá de vez en cuando nos ponía una verdadera “tunda”, pues salíamos limpios y regresábamos como “negros”. Pero aún con todo y “tunda”, éramos felices, sí, demasiado que nada nos hacía declinar y cuando terminaba la era del gobernador Teófilo Borunda, la herencia que nos había dejado era muy satisfactoria, pues había canalizado el río Chuviscar obra que le dio un fuerte empuje a la ciudad después de la Deportiva en 1946, el inicio del Tecnológico de Chihuahua en 1948, éstos dos últimos durante la época del gobernador Foglio Miramontes y la Universidad de Chihuahua en 1954 con Oscar Soto Máynez, lo cual sería un “bum” en el desarrollo de la que sería a futuro una gran capital.

“Pero volviendo a nuestra realidad aún y cuando veíamos que la ciudad de Chihuahua iba creciendo a pasos lentos y seguros con un progreso importante, nosotros acá en medio del olvido teníamos que matar parte de nuestro tiempo en jugar y recrear nuestras ansias de ser protagonistas de nuestra propia historia, por lo que mis amigos Lupito, Juan y yo, bajábamos como “bólidos” los barrancos del Palomar para jugar en el arroyo de “Los Perros” donde los escurrimientos que venían de la “Haciendita” hacían del arroyo en tiempos de aguas, una nueva opción para bañarnos y refrescarnos del intenso calor, pues el río Chuviscar ya estaba canalizado y no era lo mismo jugar ahí que en medio de la naturaleza. A lo largo del afluente de ese arroyo, existían algunos hoyos que se llenaban de agua y que formaban núcleos que les llamamos “Tinajillas”, donde nos dábamos nuestras divertidas pero lamentablemente, mi querido amigo Lupito, casi hermano, después de haber llevado algunos panes de blanco y latas de sardinas para hacer un campamento en esos lugares y después de comer, se metió a una de esas tinajas y de pronto sintió un fuerte calambre que lo paralizó todo, quedando imposibilitado para nadar y salir del agua.

 De repente empezó a gritar: “¡Auxilio, auxilio, me hundo, me hundo…me ahogo, me ahogo!”. Juan y yo, estábamos lejos de ahí y cuando fuimos a buscar a Lupito nos percatamos que estaba flotando en el agua. Fue un duro golpe y de inmediato salimos corriendo muy asustados a pedir ayuda. Pero todo fue inútil. Cuando llegaron los padres de nuestro amigo angustiados por los hechos, empezaron a gritar por la muerte de su hijo. A lo lejos se escuchaba la Cruz Roja y los cuerpos de rescate, pero cuando llegaron ya nada se podía hacer. Fue dolorosa toda esta situación por lo que en la noche velamos el cuerpecito de nuestro amigo en su casa. Todo el Palomar se dio cita a darle las condolencias a la familia, pues Lupito era muy querido por todos. En el barrio nos echábamos la mano, éramos como una gran familia, nos apoyábamos cuando algún vecino tenía necesidad grande, nada que ver con estos tiempos que nadie se ayuda. Compartíamos el agua, el aire, el cielo e incluso algún pollo para hacerlo caldo para mitigar el hambre del día o bien, para invitar a alguien a la mesa para cenar un plato de frijolitos con chile y queso.

“Por un tiempo dejamos de ir al arroyo de “Los Perros” y mejor preferimos acudir un poco más al norte, allá por donde se estaba construyendo el fraccionamiento San Felipe pero con todo y eso, existía todavía bastante terreno donde pastaban los animalitos de la gente del barrio, donde nos divertíamos tirando piedras a los botes, cortando plantitas y una que otra florecilla silvestre para llevársela a mi mamá.

Además, siempre recorríamos todo el sector descalzos, el cual, llegaba hasta la calle 10ª donde estaba la mayor parte de las viviendas porque muchos de los terrenos de las partes altas del Palomar, los destinaban los vecinos para sembrar y criar animales y parte de la cosecha; los aprovechábamos para nuestras necesidades, pues no era mucho lo que se levantaba, aunque también teníamos un “poquitín” para vender en los mercados de la ciudad.

“Por allá donde hoy está la colonia Vista Hermosa existían huertas de membrillo y duraznos, a las cuales íbamos a tomar “prestados” unos cuantos y llevar para nuestras casas. Los propietarios de ese “edén” eran unos orientales de origen chino que aparte de esas huertas, sembraban entreverados con los árboles una extensión importante de hortalizas como cebollas, tomate, lechuga, repollo, apio, zanahorias y otras más; ellos si vendían pero bastante en los mercados y por las calles en algunos carretones con su báscula.  El hecho de que existían todos esos productos del campo sembrados por los chinos, nos obligaba por la necesidad que teníamos de recurrir a pedir algo y en ocasiones, nos daban trabajo en las tierritas y obtener algunos centavitos para pasarla. Pero fuera de las necesidades de vestido y comida, existían los momentos que nos ayudaban a olvidarnos de esas situaciones tristes, estaba nuestra querida amiga Clarita, mujer de bondad que nos hacía feliz la vida, ya que muchos de los chiquitines del barrio, recurríamos a ella para que nos contara historias a cerca de aparecidos y de leyendas como “La Llorona”, “El curro de Santa Eulalia”, “El hombre sin cabeza”, “La mujer de blanco” y además, de tesoros que los revolucionarios habían enterrado en muchos lugares de la ciudad y también en partes del Palomar.

“Era una delicia poder estar con ella. pues nos hacía transportarnos a otras dimensiones con esas “deliciosas” pláticas. Muchos de nosotros para motivarla a que nos contara las interesantes anécdotas, le llevábamos algunos cigarros de marca “Faritos” que tomábamos de la bolsa de mis tíos y tías, pues le encantaban y con eso, se inspiraba para que la “mata” siguiera dando. Pasábamos dos o tres horas con ella y la noche nos alcanzaba, por lo cual sentíamos temor de regresarnos a nuestras casas. Pero ella nos decía: “No tengan miedo, que yo los cuido”. Pero aún y con sus motivadoras palabras, salíamos corriendo a nuestros respectivos hogares con el “Jesús” en la boca y enfrentando la obscuridad y los miedos. En fin, doña Clarita era una mujer a todo dar, pues además de recibir niños y entretenernos, también abogaba por otras gentes, como uno que otro borrachín del barrio a los que invitaba a la mesa a comer un humilde plato de frijoles con chile y tortilla.

“Pero algo que nos llegaría hasta lo más profundo de nuestro ser a todos los niños, adultos y ancianos del Palomar, fue que una mañana don Juan González que era la persona que recogía la leche de las vacas que se ordeñaban por las mañanas, fue a la casa de Clarita tocando la puerta. Siempre a los dos o tres golpecitos abría la puerta, sin embargo, esa mañana no fue así, ya que Juan duró más de 20 minutos haciéndolo. Se asustó y empezó a gritarle por la ventana: “¡Clarita, Clarita, ¿dónde está?...¿Le pasa algo?”. Al no tener respuesta, abrió la puerta forzando la cerradura. Para su sorpresa la encontró tendida en el piso ya muerta. Fue muy impactante para él. De inmediato, salió de la casa y empezó a gritarles a los vecinos para anunciar la tragedia…Esta crónica continuará.

El contenido de esta crónica es con fines de investigación, sin ánimo de lucro, por lo que no viola derechos de propiedad intelectual ni derechos conexos. Mi Querido y Nostálgico Barrio de “El Palomar” forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) y Bodega de Libros.

Fuentes

Archivo Histórico de la Ciudad de Chihuahua; profesor Rubén Beltrán Acosta, profesor Jesús Vargas Valdez y Jesús Carrejo (Antigua Paz), Litografías-Guadalupe Chavarría Grajeda y Pedro Irigoyen y fotos del libro: “El Palomar” de Bárbara Piñón Murillo.

violioscar@gmail.com