Opinion
Contraportada

Migración: bomba de tiempo

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José Luis García

lunes, 27 septiembre 2021 | 05:00

México está convertido, desde siempre, en un sandwich migratorio. Nuestro territorio lo mismo sirve como trampolín que como refugio para miles de migrantes que llegan del centro y sur de América principalmente, amén de otras naciones de Asia, o de las islas de Cuba o Haití.

En lo que nuestra primera autoridad recibe con honores a su homólogo de Cuba y alaba, en cada momento, al presidente de Venezuela, México avanza hacia un terreno minado en el que las relaciones internacionales pueden explotar por la falta de oficio para resolver el problema grave de migración.

No es casualidad que hace apenas una semana, en la capital de Chihuahua fueran “encontrados” 340 migrantes provenientes de El Salvador y Guatemala, hacinados en una bodega de 100 metros, ubicada en la colonia Vistas Cerro Grande, con un solo baño, sin ventilación, sin agua, sin alimentos, en pocas palabras, en condiciones verdaderamente inhumanas.

Como en la mayoría de los casos, no hay detenidos, a pesar de que los migrantes recorrieron más de 2 mil 500 kilómetros, la distancia entre Chiapas y Chihuahua, pero lo más grave, llegaron aquí pese al despliegue de miles de elementos de la Guardia Nacional que custodian la frontera sur de México.

No solo eso, a lo largo de su travesía, literalmente de sur a norte, los migrantes fueron “invisibles” a los miles de policías estatales, municipales, federales, elementos castrenses y puestos de auxilio de todos los estados por los que fueron escalando hasta llegar, casi, a la frontera con el sueño americano.

Bajo ninguna circunstancia se puede responsabilizar de algún delito a los migrantes; hombres, mujeres y niños huyen de los países que para las autoridades mexicanas son territorios maravillosamente gobernados por sus amigos, algunos de los cuales tienen las manos manchadas de sangre.

Pero en vez de investigar a las mafias del tráfico de personas (una de las más redituables actividades ilegales en todo el mundo), es más atractivo para nuestro gobierno perseguir a la academia y a los investigadores científicos, como si la fuga de talentos no fuera suficiente. Por eso y muchas razones más, los científicos mexicanos deciden irse al extranjero.

No se necesita tener mucho cerebro para investigar a los traficantes de personas, delito equiparado con el secuestro. ¿O qué?, ¿nadie conoce a los polleros? ¿Nadie sabe cómo operan? ¿Ninguna autoridad ha realizado alguna mínima pesquisa como para saber cuál es su forma de extorsionar y robar a los migrantes? Si la respuesta a todas estas preguntas es no, entonces estamos frente a una burla a la inteligencia. El problema no es de ahora ni solamente del gobierno en turno, esto es recurrente y cíclicamente vergonzoso.

Y la pregunta que salta desde hace mucho tiempo: si en Venezuela, Cuba, El Salvador, Guatemala o Haití están tan bien como se dice, ¿entonces qué hacen miles y miles de migrantes huyendo de sus naciones, cruzando por territorio mexicano rumbo a Estados Unidos?

Cuidado. Este gravísimo problema le está pegando a las ciudades fronterizas del norte de México y en particular, nos ocupa Chihuahua. Ojinaga y Ciudad Juárez han sido testigos de migrantes que no pueden obtener visa o asilo en la Unión Americana y tienen que quedarse en suelo chihuahuense, muchas veces como hambre y los más inimaginables traumas.

Chihuahua ha sido solidario, como lo son particularmente las familias y autoridades de Juárez y Ojinaga, pero llegará un momento en que el problema se convierta en una pesadilla, porque no existe una estrategia ni el presupuesto para atender esas contingencias tan delicadas. Estamos hablando de seres humanos, condición que se les olvida a los criminales polleros que se meten millones de pesos mensualmente a sus bolsillos, a costa del sufrimiento y la sangre de quienes huyen de sus países en busca de una oportunidad de vida.

Por eso llamó poderosamente la atención de los analistas mexicanos, el que se haya recibido con honores al mandatario cubano Miguel Díaz Canel y permanentemente se llame amigo a Nicolás Maduro, lo que se observa como una señal inequívoca de que los intereses son otros, menos resolver un problema de origen.

Juárez es una ciudad de oportunidades, tiene un corazón de oro y sus hombres y mujeres saben extender la mano sin mucha dificultad, cuando de ayudar se trata. Esa solidaridad no se discute, porque es manifiesta. El problema no es la empatía, sino que el problema de fondo no se resuelve.

Hay migrantes que han declarado haber vendido todas sus pertenencias, sus precarias propiedades inmuebles para poder viajar hacia Estados Unidos y se lanzaron a una travesía muchas veces mortal, como lo hemos descrito en un artículo pasado. ¿Cuándo -pregunto- vamos a ver una estrategia real de combate a los traficantes de personas por parte de las autoridades federales correspondientes?

Esta es una bomba de tiempo, un campo minado que no puede resolverse con alabanzas a quienes, en sus propios países, han generado la huida de sus compatriotas, hacia la muerte misma en muchos casos.