Opinion

Mujeres con un cuarto propio

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Alfredo Espinosa

domingo, 28 marzo 2021 | 05:00

 “La historia del amor es inseparable de la historia de la libertad de la mujer”. 

Octavio Paz

Las nuevas mujeres, en los últimos cincuenta años, han luchado porque la equidad de género no sea otra asignatura pendiente. Las mujeres de esta época, con su propio modo de vivir (pensar, sentir, amar, trabajar, combatir, etc.) imponen un código social más parejo en todos los terrenos. Por suerte, el más parejo de todos, sigue siendo la cama.

Somos la generación de la transición; tuvimos un viraje vertiginoso hacia la perplejidad: los cambios en la jerarquía social de las mujeres han sido extraordinarios y sólo comparables al del desarrollo tecnológico. El comportamiento amoroso y sexual de nuestras abuelas e incluso madres es totalmente distinto al que vivió nuestra generación, y más distinto aún es el que viven o vivirán nuestros hijos. La situación es compleja: y no sabemos cómo comportarnos. ¿Modernos o a la antigüita? ¿Cómo seremos mejor pareja, cómo nos sentiremos mejor con nosotros mismos?  Esas son las interrogantes que nos planteamos ante una nueva relación amorosa.

Un porcentaje importante de las mujeres tienen ya un cuarto propio, como lo deseaba Virginia Woolf, lo que significa, entre otras cosas, alcanzar un alto grado de autonomía; y lo tienen porque trabajan, estudian, ganan su propio dinero. Y están más libres, menos sometidas a los yugos sociales y biológicos: usan anticonceptivos, son dueñas únicas de su cuerpo y deciden con libertad sobre su sexualidad y sobre su destino. Intervienen ya en cualquier esfera, incluso han ido resquebrajando aquellas instituciones que han mantenido un blindaje  de machismo extremo como la política, el ejército y la Iglesia. 

De tal modo que el macho que las quiera tendrá que darse cuenta de que las mujeres ya no son apéndices de ellos, sino personas que ya no toleran el hierro de la pertenencia a toda costa,  las relaciones inequitativas o el maltrato; ya no aceptarán la posición a la que las relegó San Pablo al exigir  que “así como la Iglesia está sometida a Cristo, así sean sumisas en toda cosa las mujeres a sus maridos”; tampoco a ser definidas como animales de ideas cortas y cabellos largos como vociferaba Schopenhauer. Las mujeres actuales son mujeres independientes, capaces de enfrentar las adversidades de la vida, incluyendo a esa dificultad extrema que, según les gusta decir, son los hombres.

La libertad que ha adquirido la mujer en los territorios económicos y laborales la ha acercado a un plano de equidad social. Y con esa nueva jerarquía ya no está dispuesta a tolerar situaciones insufribles en sus relaciones con los hombres. Algunas de las causas más frecuentes para desvincularse de sus relaciones con ellos son éstas: inmadurez, defectos de carácter, machismo, incapacidad de proveer el sustento, infidelidad, desconfianza o celotipia, agresión o maltrato. 

Los hombres tendrán que redescubrir a las mujeres, porque aquello que afirmaba Lacan: “Las mujeres no existen; son la fantasía del deseo de los hombres”, ha perdido vigencia de manera vertiginosa, y ahora, las mujeres existen independientemente de cómo las conciba el hombre. Las mujeres poseen las mismas necesidades que los hombres y tienden a satisfacerlas del mismo modo que ellos. 

La decisión del amor es, casi, una decisión individual. Aunque ya no está condicionada por las luchas de la supervivencia, ni por la clase social o las tradiciones, las culturas o las religiones, las personas continúan uniéndose por ciertas afinidades, cálculos, y búsquedas inconscientes. Ya no se trata, por supuesto, de andar cazando bisontes en las estepas, salvando a la amada de los castillos donde se mantenían aprisionadas, mostrándose los títulos nobiliarios, ni ofreciendo dotes, ni siquiera las cuentas bancarias, pero, pese al inopinado modo de actuar de Cupido, no se descuida ese asuntillo de que la familia es una empresa donde existe el cálculo, el interés, y la imagen. Aunque también es cierto que el amor ha trascendido aquellas leyes que han intentado someterlo: ya sea leyes económicas, eclesiásticas, del Estado, etc. y ha logrado construirse como el nido donde se pueden expresar con libertad y confianza los mundos internos más afectivos. 

Pese a que en las sociedades tecnologizadas y extraordinariamente competitivas resulta más complicada la conquista de espacios íntimos (suele haber más intimidad en los lugares de trabajo que en las alcobas), el amor es quizá el más importante de los abastecedores de sentido en la vida de las personas. 

Es indudable que la conquista de los nuevos derechos de las mujeres y el paulatino arribo a la equidad de género, han traído consigo un ejercicio más pleno de las libertades amorosas y sexuales.  Pero, ¿existen diferencias sustanciales en la experiencia amorosa, independientemente de las épocas y culturas, si se les describiera desde los corazones de los amantes? Sí, por supuesto. Antes, los conflictos del amor tenían que ver con el honor, la virtud, el pudor, valores que intentaban mantener mientras que sus ímpetus humanos los obligaban a transgredirlos. Ya no hay matrimonios arreglados por los padres o por el Estado; tampoco son definitivas las diferencias sociales, religiosas, étnicas. Las decisiones ahora pertenecen al ámbito personal. 

De hecho, en el amor, y más precisamente en el enamoramiento, en el que uno sólo existe en la fantasía del deseo del otro, ha sido un componente de todos los tiempos y en todos los corazones. Estos revestimientos jamás podrán evitarse aun conociendo por muchos años a una persona, porque en el otro siempre estarán presentes los fantasmas recurrentes del uno. Aunque siempre se ama a un desconocido, los que aman afirman que se conocen más que a sí mismos.

Comentarios: alfredo.espinosa.dr@hotmail.com