Opinion

Navidad ayer, Navidad mañana

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Arturo Limón D.a

sábado, 25 diciembre 2021 | 22:34

En memoria de nuestro apreciado y talentoso Mario Arnal, y nuestra siempre activa compañera maestra Alma Soria, quienes han dejado la nave de la vida,  pero quedan en la cápsula de nuestra agradecida memoria que los tendrá presentes con el cariño y aprecio que les concedimos en vida, descansen en paz y va desde aquí, un abrazo y nuestra fraterna solidaridad a sus apreciadas familias.

G.A.L.D.

En el cruce del tiempo

Al tiempo lo imagino apenas como una banda que se mueve de manera continua, similar a como lo hacen las bandas peatonales que nos transportan en un  aeropuerto de un lugar a otro, cierto, para usar de ellas, llegamos, las vemos, las bordamos montándonos y al término de nuestro trayecto salimos de ellas una vez llegados a nuestro destino, observando cómo la banda se queda ahí y sigue girando en un sin fin continuo, así imagino es el tiempo sin  límite de inicio y término, al menos lo identifico ahora,  por eso reitero ahora que comenzamos la semana de cierre del año  que no creo en el llamado fin del mundo, los que por causas climáticas como el cambio climático acelerado por la actividad humana, la deforestación y desertización por, hecatombes nucleares, pandemias reales o provocadas, seremos nosotros como especie los que eventualmente abandonaremos el planeta, y éste habrá de continuar en y con su tiempo como fue antes de los relojes, y otras especies enseñorearán en él.

No es una mirada trágica, lo señalo es apenas  una  apreciación puntual, tiempo y  espacio así como lo humano hemos coincidido aquí y ahora en este cruce de caminos, dependerá de nuestros aciertos o desacierto el rumbo que tomara nuestro llamado destino como especie humana.

Antes de que por equívocos o circunstancias adversas dejemos de ser y estar aquí como habitantes con privilegios otorgados por la creación, evolución o determinación egoísta y avariciosa en el mal uso de los recursos planetarios y lo peor de nuestra inteligencia hasta salir de escena yéndonos del mundo y dejando que este continúe en el tiempo, y reciba o vea el desarrollo en su espacio de nuevos huéspedes.

REGALO POST NAVIDEÑO

Escribo estas líneas en la Navidad del 2021 y releo y comparto con usted amable lector, casi como un regalo post navideño, este bello cuento de Ray D. Bradbury espero lo disfrute y sea un atisbo de esperanza del uso inteligente de nuestros saberes y quehaceres, para tener memoria y hacer mejor NUESTRA HISTORIA.

“Cuento de Navidad

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. 

Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta.

El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

—¿Qué haremos?

—Nada, ¿qué podemos hacer?

—¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

—Ya se me ocurrirá algo—dijo el padre.

—¿Qué…?—preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

—Quiero mirar por el ojo de buey.

—Todavía no —dijo el padre—. Más tarde.

—Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

—Espera un poco—dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

—Hijo mío —dijo—, dentro de media hora será Navidad.

La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

—Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

—Sí, sí. todo eso y mucho más—dijo el padre.

—Pero…—empezó a decir la madre.

—Sí—dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

—Ya es casi la hora.

—¿Puedo tener un reloj?—preguntó el niño.

Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.

—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

—Ven, vamos a verlo—dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

—No entiendo.

—Ya lo entenderás—dijo el padre—. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

—Entra, hijo.

—Está oscuro.

—No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

—Feliz Navidad, hijo—dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas”.

FELIZ NAVIDAD Y CIERRE DE AÑO DIFÍCIL 2021, MEJOR 2022 ES MI DESEO A TODOS.