Opinion

Ni idea

Cuando era niño, jamás imaginé que iba a vivir ni la mitad de la vida que he vivido.

Luis Villegas Montes

lunes, 16 noviembre 2020 | 05:00

Tenía aspiraciones, como todos, me imagino. Con el detallazo (gracias Dios mío) de que, en mi caso, muchas se han cumplido, para bien. De la Presidencia Municipal —pintado bancas en plazas y parques— (a los trece años) y la maquiladora a los (diecitantos), a donde estoy en este momento (pasado el medio siglo), media un buen trecho.

En algún otro lado he escrito que no tengo cuentas pendientes por saldar, en todo caso no muchas, y que los débitos son más bien de tipo económico. Los de índole política los dejo de ladito porque ahí sí ni cómo, ni dónde, ni cuándo, ni de parte de quién va a venir el siguiente coscorrón (ya ven ustedes que quienes parecían los amigos naturales, resultaron los peores —los más bajos, viles y abyectos— adversarios). Vale, pero no es momento de perderse en los oscuros meandros de la especulación política: “Pelillos a la mar. ¡Que no decaigan las esperanzas en un promisorio porvenir!”, diría don Susanito Peñafiel y Somellera, interpretado por el siempre magnífico Joaquín Pardavé. 

En esas estaba, sin ufanarme pero muy tranquilo, cuando de súbito falleció mi mamá y me dieron la noticia de que mi examen de COVID había salido positivo. En un santiamén, mi mundo se resquebrajó en forma irreparable. Después de este noviembre de 2020, si el año todavía no había hecho mella en mí, me pasó la factura de golpe y me dejó en el alma una cicatriz imborrable.

Por razones obvias (los recuerdos son machanones y traidores), estas semanas he vuelto, de manera pertinaz, a los días de mi infancia; y un montón de nombres, de imágenes, de situaciones, se agolpan en la memoria y me obligan a hacer un repaso de dónde estoy o a dónde voy y ahora, con más fuerza que nunca, sin dudas ni titubeos, estoy convencido que no tengo ni la menor idea.

Pensar que uno es capaz de pergeñar certezas respecto de su propia existencia es un desplante de soberbia imperdonable.

Hacer planes está bien; fijarse metas y trabajar los medios para obtenerlas es un signo de inteligencia; la improvisación, los arranques y arrebatos, son para locos o idiotas. Pero de ahí a creer que uno puede influir en su futuro para orientarlo hacia tal o cual dirección es una falacia. La realidad tiene muchos modos de ponernos en nuestro lugar a la menor provocación.

Si a mí me hubieran dicho a los quince años, por ejemplo, que iba a terminar mis días sin poder fumar en público, empleando sí o sí el cinturón de seguridad o portando una mascarilla y una careta transparente me habría reído. Sin embargo, así es. Recuerdo aquellos días en que uno podía fumar incluso en un avión en pleno vuelo, en que conducir era un asunto más cercano a la aventura que al traslado y la salud, bueno, ¡la salud! Bebíamos agua del grifo, jugábamos futbol a media calle, nos poníamos de tierra hasta las pestañas y uno no se moría de un resfrío.

Ahora, mis pulmones hechos cisco no me permiten el placer del cigarrillo; manejar es un asunto de cuidado y de tomárselo muy en serio; y yo, como soy bobo, me siento enfundado en un traje de astronauta y me embadurno la careta de Gansito un día sí y otro también.

Como sea, este mes de noviembre trajo también, junto a sus sinsabores, su torta bajo el brazo: ahora vivo sin expectativas extravagantes y sin esperar nada del día de mañana; doy gracias a la Providencia porque puedo respirar un día más, resulta que siempre no, no tenía COVID; y hago acopio de la felicidad posible de reunir en el corto (o largo, según cómo se mire) lapso de veinticuatro horas que cada día nos depara.

Contácteme a través de mi correo electrónico o sígame en los medios que gentilmente me publican, en Facebook o también en mi blog: http://unareflexionpersonal.wordpress.com/

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com