Opinion

¡No al aborto!

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Rafael Soto Baylón

miércoles, 08 septiembre 2021 | 05:00

Abortar es la interrupción prematura de un embarazo. Es de dos clases: el espontáneo (llamado  incorrectamente “natural”) y el provocado. El primero es cuando un embrión o feto muere antes de la semana 20. Entre el diez y el veinte por ciento de los embarazos terminan así y la mujer –ni nadie- no tiene la capacidad de decisión. No es posible evitarlo. Hay enfermedades, situaciones o estados de salud que aumentan el riesgo de sufrir un aborto espontáneo: diabetes grave, infecciones serias, lesiones mayores o anomalías en el útero. Después de un aborto espontáneo es psicológicamente “normal” que la dama tenga sentimientos de duelo.

Los segundos se dividen en dos: el terapéutico es el recomendado por médicos para proteger la vida de la mujer porque de continuar el embarazo, las complicaciones causan que las probabilidades de sobrevivencia sean pocas. Entonces se recomienda la suspensión del estado de gestación. La responsabilidad recae en el médico quien tiene la obligación legal y moral de practicarlo. Objetivamente un feto todavía no es un bebé, ni niño ni persona. Cuando a la mujer se le explica su situación médica es para tomarla en cuenta pero en la realidad un aborto terapéutico o médico se realiza casi inmediatamente después de que los galenos han diagnosticado y medido los pros y los contras de una interrupción o no del embarazo.  Aquí no importa el número de semanas de gestación y los médicos harán lo imposible por salvar ambas vidas. 

El otro son los legales. En la Ciudad de México los requisitos son identificación oficial, comprobante de domicilio, CURP,  acta de nacimiento, la identificación de un acompañante. En el caso de las menores de edad acudir acompañadas de su padre o madre o su representante legal. Debe tener menos de siete semanas de gestación. La fémina no tiene que presentar motivos o justificación de su decisión.

Para muchas mujeres no es una decisión sencilla. Es un tema de carácter ético-moral. Previamente a la mujer se le realizan los exámenes para valorar el estado de gestación, comprobar que no sufra de alguna patología que haga incompatible el procedimiento (ecografía, pruebas de sangre). Y es importante recalcarlo: el acudir a cualquiera de las instituciones médicas autorizadas para solicitar la interrupción del embarazo, llenar las formas oficiales, entregar los documentos mencionados no la obliga a abortar y puede arrepentirse. Aunque esto raramente ocurre. 

Ninguna mujer se embaraza para abortar y ojalá ningún embarazo fuera no deseado. La posibilidad de la interrupción ocurre cuando la fémina no desea tener un hijo por los motivos que sean. No le interesa darlo en adopción. Ni tirarlo a la calle. No lo quiere tener. Por eso sí debería legislarse en todo el país los abortos voluntarios. Que ningún grupúsculo moralista, religioso, tendencioso, político o ideológico le ordene a una mujer qué hacer con su embarazo. Nadie es lo suficientemente ni sabio ni bueno para imponerle su voluntad a  otros qué hacer y qué no hacer. Y defensores de la vida “aborto” no es sinónimo, ni lingüística, ni moral, ni ética ni legalmente de “asesinato”, “crimen”, “homicidio”, “infanticidio”. No jueguen con la semántica. No hagan trampa. No empleen frases lastimeras. Sean concretos. Y nada de que dios y su iglesia lo prohíbe porque no todos somos creyentes. Ni descalifiquen a quienes estamos a favor de que las mujer decidan el sí o el no con toda libertad. 

Mi álter ego fue al INE a inscribirse como candidato a Presidente de la República. Le preguntaron “¿Está usted demente?” “¡Ah, caray! No sabía que era requisito”.