Opinion

Padres y Maestros

Porque todo lo que llamamos educación es la magna obra de repetirnos en el Hombre”.- Vasili Sujomlinski

Isaías Orozco Gómez

lunes, 13 enero 2020 | 05:00

En mi colaboración del lunes 6 del mes en curso, titulada Vacancia, en la segunda cuestión planteaba: ¿Evitó regalarle a sus hijos, nietos y bisnietos “juguetes bélicos” (pistolas, rifles, tanques y aviones de guerra…) y en su lugar les entregó juguetes técnico-instructivos, didácticos, pacíficos, ecológicos, cuidado del medio ambiente…? Y en la sexta cuestión pregunté: Padres e hijos, hijos y padres, y demás familiares cercanos se dieron su tiempo para platicar, conversar, dialogar, convivir; debido a que por su trabajo y ocupaciones cotidianas durante el resto del año, pocas veces se tiene la oportunidad, el tiempo suficiente para verse y escucharse “personalmente en persona” no nada más por el celular –y prescindiendo del mismo–; que, desde luego, también puede ser personalmente, pero no en persona. Es decir, cara a cara, frente a frente. 

Muy lamentablemente, como para confirmar los buenos deseos e intenciones de la predicha colaboración, después de las diez de la mañana del miércoles 8 de la misma semana, se informa de la impactante, trágica noticia de que un menor de once años, alumno de sexto grado de primaria del colegio Cervantes de la ciudad de Torreón, Coahuila, en posesión de dos armas de fuego cortas, había disparado contra maestros y compañeros del salón de clases, matando a su maestra, hiriendo a otras seis personas, para suicidarse en el acto.

Tan penoso y doloroso evento, fuera de toda morbilidad, de negativo amarillismo. Y pensando en la complejidad de la tarea, de la función constitucional  educativo-instruccional; de la puesta en práctica, día tras día, del proceso de enseñanza-aprendizaje, preeminentemente en el nivel básico del Sistema Educativo nacional; y considerando además, que esa dualidad natural entre padres de familia y docentes, regrese a aquellos tiempos de voluntaria e indispensable cercanía plena de comprensión y entendimiento mutuo para el bienestar de los alumnos, de los hijos e hijas, retomamos un tanto, el tema tratado en Vacancia. 

De entrada, no compartimos la afirmación del maestro especialista en Psicología Social de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de México (UNAM), Erik Salazar Flores, en el sentido de que los VIDEOJUEGOS no son la causa del TIROTEO en referencia… calificando tal señalamiento como una “salida fácil” por parte de las autoridades [gobernador del Estado y presidente municipal de Coahuila y Torreón, respectivamente]. Aun cuando aislado éste y otros fatales casos, no debe olvidarse que ya desde los años 50 del S. XX, en que se exhibían aquellas emocionantes películas de Tarzán, Superman, del luchador Santo el enmascarado de plata, de policías y ladrones… a cual más de los niños y adolescentes trataban de imitar sus hazañas, y por tal motivo algunas criaturas resultaron lastimados. ¡Vamos! Ahora, se sabe de los suicidios inducidos por medio de los celulares, tabletas, computadoras, etcétera.

Entrando en materia pedagógico-educativa, en el todavía muy noble ejercicio de la docencia, se impone recordar que la relación emocional de los primeros años de vida de los vástagos con los adultos, con los maestros es indispensable, tanto como el alimento, como el vestido, como la salud, como la vivienda, como la recreación, como el juego, que necesita su organismo para desarrollarse. 

El niño-púber, el adolescente que asiste a la escuela, que históricamente se reconoce como ´prolongación del hogar’, encuentra en sus educadores el afecto y cariño que le brinda la madre y el padre; por lo que la relación que la escuela le ofrece deberá “parecerse” o ser similar a los del hogar para facilitar y consolidar la formación adecuada de las premisas de su personalidad.

Negativo sería para el escolapio y para la sociedad toda, no tener presente que la relación positiva de afecto, cariño, respeto, comprensión, con padres y educadores es determinante en el desarrollo biopsicosocial del niño, del adolescente y del joven. Experimentados docentes han comprobado que la actividad social de los infantes que son constantemente acosados por críticas, regaños o trato irrespetuoso del adulto se empobrece; y, tristemente, esos niños se repliegan en sí mismos.

Los mentores que siguen cercanos a los hogares de sus alumnos, observan y saben que existen claras diferencias en las casas de niños con problemas de conducta y desviaciones sociales, de la agresividad del ambiente, de las relaciones entre adultos hostiles. Que los niños al ser partícipes de tal vida familiar, crecen inseguros, acomplejados presentando dificultades en su incorporación al grupo escolar.

Todo lo contrario se encontró en los hogares de niños normales, ya que las relaciones familiares se basaban en un mayor e igual trato respetuoso, comprensión y cooperación entre sus miembros, no habiendo serios conflictos y sí relaciones adecuadas de comunicación, que permiten a la criaturita, al menor sentirse seguro, crecer sin temores, cuasi feliz.

Claro está que las relaciones de afecto, de comprensión hacia los menores, de ninguna manera deben ser sinónimo de “chiplerías”, de consentimiento o mimo exagerado, de falta de exigencia o disciplina. De tal manera, cuando hablamos de afecto, comprensión y respeto en el trato cotidiano, ni por un momento debe pensarse que ello signifique propiciar que el niño, que el alumno viva a su antojo, a sus caprichos, que no le se le pueda exigir, ordenar o reprender por lo que ha hecho mal o por su comportante incorrecto. Esto, por supuesto, va para los padres y los educadores.

Por su extraordinaria importancia, el tema da para mucho más, son obstante, terminamos la presente colaboración, transcribiendo tres interesantes párrafos de un escrito –relativo al estrujante caso, en referencia–  que me envío mi respetable condiscípula Irene Santiago (Zamora, Michoacán) de la especialidad de Pedagogía, que cursamos en la inolvidable e ínclita Normal Superior de México: [niño de 11 años] “¿Alguien te dijo que te amaba hoy por la mañana? ¿Alguien te dijo que eras importante? ¿Alguien te hizo sentir especial?... Tengo dos hijos más o menos de tu edad, y con lo que hoy pasó me dejas una gran tarea, para con ellos y para con los demás.

“No eras un niño malo, no fue tu culpa y debes descansar en paz. Yo voy a pedir por ti, por tu descanso, porque Dios sabe de tu inocencia y tiene bien claro en dónde están los responsables y los culpables, que en realidad somos todos aquellos que lo pudimos evitar, pero estuvimos muy ocupados en cosas sin importancia”.

“Descansen en paz tú y tu maestra, mi solidaridad con las familias de tu escuela, Dios les dé salud a tus compañeros y a nosotros inteligencia para entender que el amor que te negamos fue campo fértil para que creciera el odio y en eso, nada bueno florece. Duerme pequeño, yo nunca dudaré de tu inocencia.”