Opinion

Palabras a mi madre

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Luis Villegas Montes

lunes, 04 octubre 2021 | 05:00

Ayer, apenas, pudimos celebrar una misa por el descanso de mi mamá. Helas aquí:

Buenas tardes:

Creo que pormenorizar la presencia de quienes nos acompañan en esta fecha sale sobrando. Nos conocemos todos.

Solamente, gracias por estar aquí… hoy.

No sabía yo, hasta hace unas pocas horas, qué o cómo había de transcurrir esta jornada; le pedí a Paty que me dijera de qué iba la cosa y se limitó a pedirme una semblanza de nuestra mamá y unas flores.

Por “semblanza” entiendo una biografía mínima que comienza por señalar dónde nació, y cuándo, el biografiado. Sucintamente podría decir que Lola nació en el seno de una familia de clase media, en Coyame, en 1932, y que vino a la ciudad de Chihuahua a cursar sus estudios con la esperanza de vivir una vida, si no mejor, por lo menos distinta. Luego se casó, tuvo una hija (fantástica, por lo demás), enviudó, luego me tuvo a mí y murió de COVID. Así podría concluir.

Lo cierto es que mi mamá fue eso, pero también fue algo más.

No puedo, ni quiero, hablar de Lola —ni recordarla—, mediante una especie de resumen estadístico que se ciña a datos, cifras o fechas.

Tampoco sería justo que me limitara a hablar de mis vivencias porque, entonces, secuestraría el recuerdo de quien, en alguna ocasión, llamé la persona más importante de mi vida. En ese supuesto no hablaría de nuestra madre, ni de nuestra cuñada, ni de nuestra tía, ni de nuestra amiga, hablaría solo de mí, de su presencia fundamental y de su ausencia absoluta. Y tampoco voy a hacerlo.

¿De qué voy a hablar entonces?

Voy a hablar del amor incondicional, de la amistad sin fisuras, del valor a toda prueba, del trabajo sin descanso, de la solidaridad total, de la caridad sin mancha, de la luenga generosidad y del donaire de vencer con gracia —y una sonrisa en los labios— los retos de la adversidad.

Porque eso, señoras y señores, fue mi mamá.

Si fuera dado que muchos de ustedes pudieran subir aquí, hoy, darían testimonio de que nadie que se acercó a Lola a pedir socorro, un favor o una ayuda no salió recompensado.

Año tras año, su vida toda, Lola la vivió por y para lo demás. Primero fueron sus padres, Lola no se casó hasta que no estuvo segura de que su ausencia no sería ocasión para dejarlos desvalidos; luego fuimos sus hijos, sus hermanos, su parentela, sus amigos, siempre alguien más.

Recuerdo que allá en la 39, donde vivíamos, había una pareja de vecinos quienes, cada mes o así, se deban tremendos agarrones que terminaban a golpes. En algún punto mi mamá no lo toleró más, salió en defensa de la mujer y fue y se enfrentó con el varón. Aquello parecía comedia de enredos, alguna vez terminaron echándose un par de tequilas, con el fulano agradecido porque fuera la única persona capaz de salir en defensa de la maltratada esposa.

Recuerdo a Hilario, un hijo impostado de mis abuelos, rarámuri de pura cepa, que llegaba a visitar y a saludar a su “marina”; y que jamás llegó, ni se fue, con las manos vacías.

Recuerdo a Laura, a Héctor Santillán, a Beto (a) “El Ciego Cervantes” y a un montón de gente que estuvo entrando y saliendo de nuestras vidas, pero que siempre regresaban, porque había hospitalidad y calidez en nuestro humilde hogar.

Fuimos una familia disfuncional, mi abuela, mi tío Jesús, Patricia y yo —que no nos caracterizamos por el carácter apacible precisamente—, pero que de algún modo salimos adelante porque ahí estaba, siempre estuvo, confiable, solidaria, sólida como una roca, la hija, la hermana, la madre.

Alguna ocasión la vi llorar, es verdad; y alguna otra enfurecer, a lo que no fui tan ajeno, pero fueron más, muchas más, las veces que la vi reír. Tuve el placer inmenso, repetido muchas veces también, de oírla cantar.

Ahora, a mis años, me doy cuenta de lo complicado que es llevar una familia; de la responsabilidad inmensa que pesa sobre nuestros hombros cuando de cuidarlos, vestirlos, alimentarlos, educarlos y darles cobijo se trata. Es más, no importan sus edades, tarea de vida como es. Ahora sé lo difícil que es, lo solitario que resulta a veces… pues a Lola no se le notaba. Ni rastro de amargura le ensuciaba el semblante ni le empañaba la mirada.

Entera, Lola siempre estuvo ahí, con la mano tendida, para quien necesitara de su auxilio o su presencia apenas.

Gracias por todo, mamá. Gracias en nombre mío y en el de todos en quienes dejaste huella. Gracias por ser, por estar, por no faltar jamás al compromiso y a las exigencias, que el amar demanda. Gracias, gracias, gracias.