Opinion

Palabras lacerantes del Papa Francisco

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Benito Abraham Orozco Andrade

lunes, 15 noviembre 2021 | 05:00

Seguramente han sido un sinfín de personas y de ocasiones en las que, con sus palabras, como dardos certeros, se han —nos hemos— sentido heridas en su existencia. Algunas otras ni por aludidas se han dado, ya que la ausencia de humildad define sus vidas (aunque quieran aparentar todo lo contrario).

Podremos dentro de nosotros, en nuestras pretensiones más íntimas, en ese suponer que estamos platicando con Dios y que Él está avalando la forma como actuamos, tener la idea y el convencimiento de que lo que hacemos es lo correcto, aún y cuando predomine el interés personal y no el interés por satisfacer las necesidades afectivas, materiales y espirituales de los demás. En ese sentido, la “buena voluntad” es mera apariencia, y las obras “caritativas” carecen del sentimiento de amor que pueda trascendernos a la eternidad.

Efectivamente, como lo ha mencionado el Papa Francisco, nadie puede retirarse íntimamente en la certeza de su propia salvación, desinteresándose de los demás. 

Hace unos días, en su mensaje emitido con motivo de la V Jornada Mundial de los Pobres, con la franqueza y sencillez que lo caracterizan, así como con su gran facilidad para evidenciar egoísmos y conductas alejadas de la voluntad de Dios, nuevamente el Sumo Pontífice vuelve a pronunciar palabras que nos calan —o que nos deberían de calar—, y que nos invitan a reflexionar y a reconsiderar la manera en cómo estamos llevando a cabo nuestras vidas. Esperando que como a mí, también a usted, amable lector, le provoquen inquietud y un interés por cambiar para bien, a continuación me permitiré transcribir algunas partes del citado mensaje:

“Jesús no sólo está de parte de los pobres, sino que comparte con ellos la misma suerte. Esta es una importante lección también para sus discípulos de todos los tiempos. Sus palabras «a los pobres los tienen siempre con ustedes» también indican que su presencia en medio de nosotros es constante, pero que no debe conducirnos a un acostumbramiento que se convierta en indiferencia, sino a involucrarnos en un compartir la vida que no admite delegaciones. 

“Por otra parte, se sabe que una obra de beneficencia presupone un benefactor y un beneficiado, mientras que el compartir genera fraternidad. La limosna es ocasional, mientras que el compartir es duradero. La primera corre el riesgo de gratificar a quien la realiza y humillar a quien la recibe; el segundo refuerza la solidaridad y sienta las bases necesarias para alcanzar la justicia. En definitiva, los creyentes, cuando quieren ver y palpar a Jesús en persona, saben a dónde dirigirse, los pobres son sacramento de Cristo, representan su persona y remiten a él.

“A menudo los pobres son considerados como personas separadas, como una categoría que requiere un particular servicio caritativo. Seguir a Jesús implica, en este sentido, un cambio de mentalidad, es decir, acoger el reto de compartir y participar. Convertirnos en sus discípulos implica la opción de no acumular tesoros en la tierra, que dan la ilusión de una seguridad en realidad frágil y efímera. Por el contrario, requiere la disponibilidad para liberarse de todo vínculo que impida alcanzar la verdadera felicidad y bienaventuranza, para reconocer lo que es duradero y que no puede ser destruido por nada ni por nadie (cf. Mt 6,19-20)

 “Parece que se está imponiendo la idea de que los pobres no sólo son responsables de su condición, sino que constituyen una carga intolerable para un sistema económico que pone en el centro los intereses de algunas categorías privilegiadas. Un mercado que ignora o selecciona los principios éticos crea condiciones inhumanas que se abaten sobre las personas que ya viven en condiciones precarias. Se asiste así a la creación de trampas siempre nuevas de indigencia y exclusión, producidas por actores económicos y financieros sin escrúpulos, carentes de sentido humanitario y de responsabilidad social.

“Los pobres nos enseñan a menudo la solidaridad y el compartir. Es cierto, son personas a las que les falta algo, frecuentemente les falta mucho e incluso lo necesario, pero no les falta todo, porque conservan la dignidad de hijos de Dios que nada ni nadie les puede quitar.

“Por eso se requiere un enfoque diferente de la pobreza. Es un reto que los gobiernos y las instituciones mundiales deben afrontar con un modelo social previsor, capaz de responder a las nuevas formas de pobreza que afectan al mundo y que marcarán las próximas décadas de forma decisiva. Si se margina a los pobres, como si fueran los culpables de su condición, entonces el concepto mismo de democracia se pone en crisis y toda política social se vuelve un fracaso. 

“Hagamos nuestras las apremiantes palabras de don Primo Mazzolari: «Quisiera pedirles que no me pregunten si hay pobres, quiénes son y cuántos son, porque temo que tales preguntas representen una distracción o el pretexto para apartarse de una indicación precisa de la conciencia y del corazón. [...] Nunca he contado a los pobres, porque no se pueden contar: a los pobres se les abraza, no se les cuenta» (´Adesso´ n. 7 – 15 abril 1949). Los pobres están entre nosotros. Qué evangélico sería si pudiéramos decir con toda verdad: también nosotros somos pobres, porque sólo así lograremos reconocerlos realmente y hacerlos parte de nuestra vida e instrumentos de salvación”. (https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/poveri/documents/20210613-messaggio-v-giornatamondiale-poveri-2021.html).

Indudablemente el tener poder económico o político nos puede ofrecer muchas satisfacciones y posibilidades de estar por encima de los demás, pero no dejan de ser cuestiones mundanas que en nada agradan a Dios. Podemos ir por la vida pisoteando a los demás, o viéndolos como seres que dan lastima dada su condición de desventaja en determinados aspectos, ofreciéndoles a los necesitados lo que nos queda en un propósito de sentirnos bien con nosotros mismos, pero si no compartimos con los demás las bendiciones que hemos recibido en la vida, si no nos acercamos a quienes nos necesitan para compartir lo mejor de nosotros y  para asumir sus problemas y sus desventajas en general como propias, de ninguna manera estaremos agradando a Dios.

Demos una mirada a nuestro entorno y analicemos de qué manera nos estamos relacionando con los demás. En el hogar, en el trabajo, en la escuela, en la política, en la iglesia, en el vecindario donde vivimos, etc., revisemos cómo es nuestra relación con todos y cada uno de los que nos rodean (sí, con todos y cada uno), y preguntémonos: ¿Estoy tratando a los demás como quisiera que me trataran a mí? ¿Hasta qué punto he humillado o pisoteado la dignidad de otras personas? ¿He sido cómplice por acción o por omisión de malos tratos a alguien más, en un afán de ser aceptado o de no ser rechazado? ¿Qué tipo de pobrezas internas y externas estoy ofreciendo a mis semejantes?

Palabras como las que frecuentemente pronuncian personalidades como el Papa Francisco, por mucho que evidencien nuestras miserias y lastimen nuestras vanidades, deberían estar en las lecturas diarias de todos para no perder el rumbo de lo que en realidad vale la pena vivir.