Opinion

¿Para qué sirve un padre de familia?

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Benito Abraham Orozco Andrade

martes, 23 junio 2020 | 05:00

Mi amor, respeto y admiración para mi padre, el maestro Isaías Orozco Gómez, quien ha dedicado esfuerzo, preocupación, disciplina, ejemplo y corazón, pretendiendo hacer de sus hijos personas de bien. Espero no haberle defraudado.

Ese papel de proveedor que se le había venido dando a los padres de familia, además del de una estricta figura que debía imponer la disciplina en el hogar, ha ido transformándose para bien y para mal, pero todo ello dependiendo de la actitud con la que cada hombre lo asuma con su descendencia.

Hace unos días, entre tantos mensajes y videos que recibimos en las redes sociales, me llamó la atención uno que, palabras más, palabras menos, hacía referencia a cómo ahora mamá y papá buscamos el cariño de los hijos, independientemente de lo que tengamos que hacer para lograrlo, así sea malcriándolos. Finalmente, en el mensaje se concluye que esa actitud sumisa es incorrecta y que, lo que deberíamos buscar no es que nos quieran, sino que nos respeten por el bien no sólo de nosotros, sino también de ellos.

Muy trillado, pero cierto, es el mencionar que no existe manual alguno para ser padre o madre familia, y en ese tener que ir “sobre la marcha” tomando y corrigiendo determinaciones para un adecuado desarrollo de los hijos, se van cometiendo errores que pudieran considerarse hasta graves, ya sea por su laxitud o por su severidad, pero que en muchos casos seguramente no se realizan con un ánimo negativo. No obstante, habrá a quienes definitivamente no les interese para nada el bienestar y/o una relación con sus vástagos, y ahí sí que debemos hasta cuestionarnos nuestra condición de seres humanos.

Cada persona tiene una historia personal y familiar (además de los genes) que definitivamente no podemos ignorar. Repetiremos patrones de conducta, buenos y malos, que inevitablemente repercutirán en la forma de convivir con los demás, principalmente con los círculos más cercanos, pero lo importante es la voluntad de ir preservando los primeros y eliminando los segundos. El averiguar en qué ambientes se formaron nuestros padres, nos servirá para entender muchas cuestiones sobre su proceder.       

Cuando niño, recuerdo bien las largas jornadas laborales de mi padre quien, como profesor, único proveedor económico en casa y con cinco hijos, tenía que trabajar el turno matutino, vespertino y hasta nocturno, para poder ofrecernos lo necesario. Algunos años tuvo que trasladarse diariamente a ciudad Delicias para dar clases en una escuela agropecuaria, y en dos o tres vacaciones de verano acudió para el mismo propósito a otra escuela agropecuaria en la comunidad de Roque, cercana a Celaya, Guanajuato. Aunque los ingresos eran limitados, con la contribución de una buena administración por parte de mi madre, había para salir adelante.

No se tenía acceso a la llamada ropa “de marca” y había que acudir, en no pocos casos, directamente a las fábricas que existían en la localidad para obtener un mejor precio. Las expectativas en un cumpleaños o en una navidad, definitivamente no eran altas, pues no había la posibilidad de que se nos regalara alguna bicicleta o juguete de moda, o que disfrutáramos de suculentos platillos. Se hacía un esfuerzo muy grande para que pudiéramos viajar por distintas partes del país, aún y cuando fuera con limitaciones.

Pero ante tanta carencia, como hijos, teníamos consciencia del esfuerzo que hacían tanto papá como mamá para poder obtener los mínimos satisfactores, por muy modestos que estos fueran. Además, existía una alta consideración a sus opiniones e indicaciones, independientemente del temor por lo severas que pudieran ser las reprimendas ante el desacato. En pocas palabras, había respeto hacia ellos.

Actualmente, en términos generales, ese respeto se ha perdido y ahora quienes mandan son los hijos. Los chantajes y las conductas retadoras atemorizan a los padres y, efectivamente, hay que tratarlos “con pincitas” para no tener desacuerdos con ellos. Ya no son conscientes del esfuerzo que hacemos para poder ofrecerles alimento, vestido y educación y, por el contrario, exigen que se les proporcione lo que está de moda o que sea de su gusto.

Sería deshonesto no mencionar que, entre las cosas que han cambiado, es el que mamá también ha tenido que recurrir al trabajo fuera de casa para contribuir al ingreso familiar y, a la vez, compartir con papá la ingratitud de los hijos.

Sin embargo, hay que aclarar que se está hablando de una generalidad en esa insana convivencia padres e hijos, pues de la misma forma existen muchos hogares o relaciones de esa naturaleza en los que todavía el padre de familia cuenta con el respeto y admiración de su descendencia, y en lo que obviamente ha sido fundamental el papel que él desempeña.

Si como padres únicamente nos ocupamos de ser proveedores materiales de los hijos (cuando se tiene la posibilidad de serlo), de consentir los horarios, actividades y amistades que ellos quieran, y todavía defenderlos ciegamente cuando, por la falta de educación y de disciplina en casa, van cometiendo tropelías a diestra y siniestra por doquier, entonces lo que menos deseamos es el bienestar de la progenie.

Un padre de familia sirve -o al menos eso es lo deseable- para que con amor, valores, disciplina, paciencia y ejemplo, junto con la figura imprescindible de mamá (cuando haya la fortuna de ese binomio), forme a los hijos como personas de bien, comprometidos con la sociedad, con el medio ambiente y con su futura familia. Una satisfacción todavía mayor será que, en la vejez y hasta los últimos días de nuestra vida, contemos con el acompañamiento de hijos y nietos.

Nunca será tarde para padres e hijos, reconsiderar el rumbo de nuestra mutua relación.