Opinion

Patear la lata

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Daniel García Monroy

domingo, 03 octubre 2021 | 05:00

Una constante se observa en los escenarios políticos durante la actual renovación de actores gobernantes. Y no es otra cosa que el sentido reclamo por parte de los recién llegados sobre  el desastre administrativo dejado por sus antecesores. Entre miembros de partidos distintos, opositores, el acto parecería no solo legítimo sino hasta necesario, pero hoy el fenómeno ha llegado a verificarse entre cófrades, que antes se abrazaban en el mismo grupo, bajo los mismos colores, banderas y creencias.    

La denuncia de quienes asumen el poder, no es del todo nueva, pero en la época del PRI monopólico hablar en contra de quien terminaba exhausto la inclemente responsabilidad de un cargo público, era algo inaudito,  ni siquiera prohibido, sino inconcebible. (El canon establecía: Perro no come perro). Durante la transición democrática y su alternancia en el poder, arremeter contra el predecesor se convirtió en una descortesía, algo políticamente incorrecto. Si el poder hegemónico había concedido reconocer a un opositor su victoria, era infamia de desagradecidos revisar las cuentas del pasado.    

Ahora la situación ha cambiado. El descontento por lo encontrado en la Hacienda Pública, recorre el país en cada Municipio y cada estado. Los reemplazantes se apresuran a hacer patente, con dramáticas lamentaciones, los desfalcos, los adeudos, los latrocinios. Quienes desempacan en los Palacios de Gobierno se percatan azorados de la penitente bienvenida que les acoge. Como broma macabra descubren que en las esperadas rebosantes cuentas bancarias del erario público, no hay efectivo ni para higiénicos de sanitario. Sólo deudas y más deudas, filas de acreedores, y cientos de cuentas por pagar. Los angustiados nobeles  empoderados se percatan de su cruel realidad. Y su fantasía del servicio público  como el  reino de los presupuestos y los dineros por montañas se esfuma momentáneamente.

La reacción ahora normalizada por la mayoría de los nuevos gobernantes tiene su causas y sus para ques. Innegable es que muchos de los anteriores funcionarios públicos dejaron estropicios en sus administraciones; unos por ignorantes y otros por delincuentes. Pero sin duda el repetido grito en el cielo también tiene que ver con el inicio de construcción de la futura excusa para un probable fracaso. La salida recurrente para la inacción o la ineficacia gubernamental. La ficticia justificación del incumplimiento de las promesas de campaña y los planes de gobierno. La filosófica cura en salud del: nadie está obligado a lo imposible. Porque cómo demandar desde la sociedad el irrestricto cumplimiento de lo ofrecido como candidatos,  si evidente es que accedieron al puesto sin conocer la devastación de que fueron objeto las finanzas públicas antes, mucho antes, que tuvieran responsabilidad alguna. 

Así, el reiterado reclamo otorga dos beneficios ineluctables. Primero: el aplaudido repudio a la corrupción y la ineficiencia; en tanto en contraposición se augura el cambio, la rectificación, el ansiado orden de la honestidad y la pulcritud. Toda una idea estructural que permee a la ciudadanía en favor de la nueva autoridad. Segundo: las lamentaciones de la penuria descubierta y enfrentada, deja abierta la posibilidad de una coartada para un futuro incierto y amenazador. –Todo aderezado con la venganza como placer imperdible del poder--. 

Si el fenómeno no se estuviera normalizando de forma tan evidente y por todos los políticos en escena, podríamos congratularnos por el valor y el rigor de los sustitutos en los organismos públicos. Pero cuando todos, después de su toma de protesta, corean al unísono ¡¡¡Nos han dejado en banca rota, con una mano atrás y otra adelante!!! El hecho parece ser solo un acto de una obra más amplia. 

Los gobiernos en funciones han tomado como su verdadero programa de acción lo que la ahora famosa frase “patear la lata” significa: Patear los problemas hacia adelante, en lugar de atenderlos y darles solución. Hacer como que no los ven, cuando no esconderlos impunemente y dejarlos intactos durante toda su gestión. (Caso ejemplar la ignominiosa  “laguna verde” del centro de Chihuahua). Los gobiernos patean, avientan los problemas hacía delante, temerosos de que les vayan a estallar en sus manos. En lugar de enfrentarlos los meten debajo de su alfombra mental en espera del milagro de que se resuelvan por si solos. 

La gran mayoría de los gobernantes no son dueños de una inteligencia sobresaliente, ni mucho menos son genios que hayan llegado el poder por meritos propios, en el sentido de aptitud mental, caudal de conocimiento valioso o excelso razonamiento. Exigirles la solución de todos los problemas sociales es un absurdo del tamaño de la historia humana, una ilusión digna de Cándido el antiguo personaje de Voltaire. No obstante lo que si podemos y debemos demandarles es que por lo menos enfrenten e intenten solucionar los males comunitarios que todos afligen. Que tomen con responsabilidad los retos ineludibles de su posición de poder. Que tengan el valor para que ningún asunto de los ciudadanos les valga un reverendo pepino y demuestren su interés en la búsqueda de salidas al sufrimiento y la irritación social. Lo que si es necesario es requerirles que dejen de patear la lata lejos de su alcance sexenal, para que el próximo personaje que los sustituya grite asombradísimo: ¡¡¡Cómo es posible que la lata siga ahí!!!    

Nadie puede negar, que sólo Dios puede ser autoridad sin dinero. Que un funcionario público sin presupuesto es un fantasma en pena. El poder se hace inútil  en toda cartera vencida. La soberanía de todo ente gubernamental se soporta en el caudal de impuestos recaudables y su potencial crediticio. Y que la principal operación de los gobiernos no es otra cosa que gastar dinero, mientras exista algo que gastar, claro está.

Pero ante la renuencia a aumentar impuestos a los más ricos o incrementar-ampliar los más justos y democráticos como el IVA, el presupuesto deberá seguir proviniendo del crédito bancario, sin remedio. La lata del endeudamiento estatal y municipal se seguirá pateando a perpetuidad, escuchando una y otra vez a los aprendices de gobernantes interpretar entre sollozos. “¡Ya nos saquearon de nuevo, pero no nos volverán a saquear! Los otros siempre los otros.