Opinion

Periódicos de antaño

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Daniel García Monroy

domingo, 17 marzo 2019 | 01:34

Amarillo madera bajo letras negras, papel anciano que se quiebra en cada vuelta de sus enormes páginas.

Periódicos ancestrales como pergaminos que nos duele dañar con las manos. Mi amigo Juan me concedió observar el afortunado tesoro que ha conservado por décadas. Diarios antiguos, maravillosos comprobantes de lo que fue México y de lo que ha sido Chihuahua, hace 30, 50, 70 años.

Idioma español escrito que ya casi ni hablamos ni leemos, pero que fue regla social de su momento. Emocionante lectura que descubre lo que éramos antes de nuestro propio nacimiento. Reporteros que recrearon microhistorias escribiendo a vuelatecla, pinceladas de casi poéticas sin saberlo.

Por ejemplo, la nota policiaca de un Heraldo de 1947: “POR LOS CAMPOS RESBALADIZOS DE LA POLICIA”, decía el subtítulo, y luego la increíble poética nota roja: “Con diversas sanciones fueron castigados ayer por el señor Presidente Municipal los siguientes individuos: Espinoza y Florentino fueron sorprendidos jugando baraja en una cantina. Manuel Montoya cruzaba apuestas con el cubilete en la feria de las flores. Fueron detenidos Lucio Vega, Pedro Álvarez y Luis Merino por haber lanzado soeces insultos a las señoritas toreras. Juan Lugo por escandaloso y haber insultado a una señora en plena vía pública. Por haber derribado una puerta de una casa que no era la suya, fue castigado Pancho Sáenz. Por último una señora que se llama Cristina, fue castigada rígidamente debido a que en estado de ebriedad dirigió epítetos impublicables a la policía municipal”.

Podemos, 70 años después, defender de la ignominia periodística a todos los desprestigiados por aquel afamado Heraldo. De izquierda a derecha comenzaría con la señora Cristina. Que esa valiente mujer le lanzó epítetos impublicables a la Policía Municipal; ¡Jesús de Veracruz!, quién hoy no podría creer que esa dama, aún con unas copitas encima, defendía, ante energúmenos analfabetas, sus derechos humanos. En reversa pronostiquemos, que la buena Cristina era una honesta sexo servidora, que cansada del maltrato de los chotas de su tiempo, les dejó ir el buen epíteto: “hijos de la chingada dejen de quitarme el dinero que me gano con el sudor de mis pecados”.

Sigamos con la defensa de oficio de don Pancho Sáenz. ¿Quién en sus últimos tres sentidos no se ha equivocado tratando de entrar en una casa que no es la propia?  Por favor. ¿Quién (no nos hagamos), en diversas ocasiones no ha intentado abrir otros coches que no eran el propio, sólo por el error natural de no acordarnos dónde diablos estacionamos el nuestro?

--claro está, después de una fiesta con cerveza gratis—. Se nos dice que el problema es que don Pancho derribó la puerta. Por supuesto, cualquiera puede entender el coraje del señor Sáenz de no poder abrir la que en su cerebro era la entrada de su casa, y las urgencias que pudo tener para desalojar, descansar o destensar su inflamada vejiga. Lógico, humano, natural, eso siempre pasa cuando ante semejante equivocación, nadie le corrige a uno a las tres de la madrugada.

¿Por qué detuvieron a Juan Lugo, nomás por insultar a una señora en la vía pública? ¿Qué le dijo la tal señora? ¿Acaso no pudo ser una histérica desahuciada, que ante un genuino piropo arremetió contra el gentil enamorado?

Luego tenemos al trío de supuestos mal hablados que arremetieron contra las señoritas toreras. Primero la duda cabe: ¿si eran toreras podrían haber sido verdaderas señoritas?

Y después quedaron convictos Manuel Montoya, Espinoza y Florentino. ¡¿De qué terrible delito os acusáis?! Pues nada, que nada más que por divertirse en juegos de azar; por una simple partida de cartas y una más de cubilete, en decentes cantina y feria de las flores de nuestra pequeña Chihuahua de mediados del siglo pasado.

Que haría hoy ese estricto Alcalde amargado ¿detener en redada a cientos de jugadores y jugadoras de casinos, que pierden miles de pesos cada noche y que en su mayoría son ancianos jubilados apostando sus pensiones como fin último de sus días?

Es improbable que alguno de aquellos imputados, por tan inocentes delitos, esté vivo. Pero la página amarillenta de su vergüenza permanece quebradiza, reflejando sólo sus nombres,

(a Dios gracias), que no su imagen fotográfica, protegida en aquellos ayeres, no por derechos humanos, sino por la incipiente tecnología periodística.

Queda la historia registrada en los viejos periódicos de Chihuahua. Buena lectura para conocer y revisar las costumbres de nuestros ancestros. Para sopesar los cambios sociales y valorar los avances y retrocesos de nuestro desarrollo comunitario.

¿Qué dirían ellos de nuestras noticias actuales? Masacres, asaltos, violaciones. Ni para que espantarlos en sus tranquilos sepulcros.