Opinion

Pies lentos

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Gabriela Borunda

domingo, 11 octubre 2020 | 05:00

Los rarámuris han sido para mí algo muy lejano, no se malentienda, no es racismo, es asombro. Su cabello, sus dientes perfectos, sus múltiples faldas y su múltiple silencio, tan sonoro como su misterioso lenguaje.

Fue hasta que tuve el honor de acompañar a la escritora e investigadora rarámuri Ana Celi Palma, nieta del filósofo Erasmo Palma, que me vi en la cómica posición de enseñarle literatura a la nieta de un gran filósofo y escritor, así que renuncié a tan precaria tarea y dejé Ana Celi me enseñará la vastedad de la literatura rarámuri. Lo que aprendí con ella es que toda palabra para ser valiosa emerge de la naturaleza; era increíble cómo se enfrentaba a la colosal tarea de enseñarme en términos de un chabochi lo que para ellos era la literatura; así aprendí que los rarámuris sólo tienen dos géneros literarios lo que se cuenta y lo que se canta. Este esfuerzo culminó en un libro escrito por Ana Celi “Mirada Interior” la primera preceptiva indígena del país y fue editada por el entonces Instituto Chihuahuense de Cultura.

Ana Celi me pareció cautivadora desde que la oí por primera vez dando un discurso para los jóvenes estudiantes de educación abierta. Ella estuvo maravillosa y nosotros los chabochis tan patéticos como siempre, después de su emotivo discurso todos los blanquitos corrimos a la mesa de bocadillos y ella se sentó junto a sus hijos a esperar que termináramos de empanzonarnos de canapés para acercarse dignamente con sus hijos a la mesa. Y esa es la historia de los rarámuris, los usamos para los discursos y les dejamos lo que sobra en la mesa. 

Tratándose de una mujer tan sabia y digna me sorprendió una mañana una noticia en el periódico: Peti Guerrero, presidenta de la comisión para los Pueblos Indígenas, anunciaba con bombo y platillo que las mujeres rarámuris, Ana Celi entre ellas, no sólo servían para limpiar casas, también podían manejar el vivebús, el metrobús, el bowí  o el burrobús, como quiera usted decirle ¡pero que movilidad social, de chachas a chafiretas! si el trabajo es tan bueno como dice, porque no lo hace la misma Peti, la misma que no ha dicho esta boca es mía, por la marcha de indígenas que obligados por la hambruna, llegaron de la Sierra a la capital, ¿o ella misma la organizó a manera de golpeteo político, o la situación de los pueblos indígenas es parte del millón de cosas que no le importan?

A Peti la conocí cuando yo era una preparatoriana, nos hablaba de la maternidad como algo que se puede postergar, de la libertad sexual, de la imaginación, de la magnificencia de los rarámuris y su relación con la naturaleza, nada más que al chabochi le gana su naturaleza, política es política y dinero es dinero, ya no reconozco a esa mujer sensible, la última sorpresa que me dio fue alinearse con un gobierno de derecha, no gana uno para sustos. ¿Y la caravana de rarámuris amá?

Cosa bonita también ha sido el señor Pato Ávila, a quien no llamo padre porque él nunca ha tenido nada que ver con la madre mía. Su forzadísima entrada en un gobierno pretendidamente laico dejó muchas dudas y su levísimo paso por la Comisión de atención a Víctimas de la Violencia, fue tan leve que si no hubiera sido por las protestas de Rodolfo Leyva no nos hubiéramos enterado, la única asistencia que las víctimas de la violencia necesitan es justicia, y esa nomás no llega.

El señor Pato Ávila se contenta con la miseria de los rarámuris porque así tiene la posibilidad de verse magnánimo y darle mantenimiento a su ego con conciertos benéficos para la Sierra Tarahumara, esa veleidosa diferencia entre la caridad y la justicia.

Aunque de él no me sorprende nada. Recuerdo un debate que sostuvo para el Colegio de abogados. Que por dogma la religión católica no acepte a los homosexuales y le niegue los derechos, aun en el ámbito laico, no es motivo de sorpresa, lo que sí sorprendió en ese debate es lo presto que estuvo para describir la condición antinatural de la relación sexual entre homosexuales, estaba listo para los detalles. Me queda la duda sobre la ayuda que podrían recibir de su parte los homosexuales cuando son víctimas de la violencia, o acaso entre los pueblos indígenas no existe la homosexualidad, en fin, es el mundo según el señor Ávila.

Pero lo cierto es que los pueblos indígenas en Chihuahua siguen acosados por el hambre, el rostro más visible de su realidad, porque sería el colmo no verlo; pero no se socializan o no existen datos visibles sobre la creciente incidencia de suicidios entre estas comunidades, su realidad es tan brutal que la muerte aparece como una opción viable a un sufrimiento constante; no conocemos las acciones contra el alcoholismo, no sabemos si se han hecho acercamientos a su vida emocional con fines de coordinar esfuerzos mutuos de ayuda, no sabemos cuántas hectáreas han sido deforestadas por el narcotráfico, y estos problemas ocultos sumados al despojo amparado por la ley de los grupos hoteleros y el abominable aeropuerto de Creel.

Antes de encontrar una respuesta a estos agravios espero ver a la Peti Guerrero junto al señor Ávila manejando un autobús, ya que tan beneficioso lo encuentran; ese par ha sido una tragedia para los pueblos indígenas, pero en términos políticos sólo son un fracaso más del quinquenio de los fracasos. Quizá con la muerte del escritor y lingüista Enrique Servín, autor de la primera gramática rarámuri, murió el único amigo sincero que los pueblos indígenas pudieron tener en esta amarga administración.

Un detalle curioso y elegante de los rarámuris, que aprendí de la poeta rarámuri Dolores Batista, es que cuando no te quieren decir chabochi para no ofenderte, te dicen raraósari, somos los de pies lento, pero muy lentos.