Opinion
Jaque Mate

Plaza o torre

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Sergio Sarmiento

martes, 27 abril 2021 | 05:00

“Sabemos que el origen de muchos de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración del poder”

Luis Donaldo Colosio

    

En su libro La plaza y la torre: el papel oculto de las redes en la historia (2018) el historiador escocés Niall Ferguson señala que ha habido en la historia dos formas de organización política: una es la estructura jerárquica, “la torre”, con un gobernante que concentra el poder; la otra, una estructura de red, “la plaza”, que distribuye la toma de decisiones entre un número relativamente amplio de personas. 

Las “jerarquías preceden a las redes en la historia”, según Ferguson. “Incluso los grupos de homínidos más tempranos tenían una división de trabajo y una jerarquía de fuerza física y capacidad intelectual impuesta por la naturaleza”. La estratificación de la sociedad en “maestros y esclavos, guerreros y trabajadores, sacerdotes y suplicantes” fue producto de la necesidad de pelear guerras. “Muchos autócratas ambiciosos se identificaban a sí mismos con los dioses”. 

Las jerarquías eran eficaces para la defensa de la comunidad y las guerras de conquista, pero no para construir prosperidad ni para generar innovación. Ante la falta de un estado de derecho que permitiera resolver conflictos de manera pacífica, prevalecía la ley del más fuerte, y la comunidad más fuerte tenía usualmente un gobernante autoritario. 

Las sociedades autoritarias, sin embargo, empezaron a perder vigor con el tiempo. Las exploraciones marítimas portuguesas y españolas ampliaron la extensión de los pequeños reinos del pasado, mientras que el comercio de las ciudades renacentistas hizo necesario establecer redes de contactos en lugares muy distantes del mundo. El protestantismo rechazó la gran estructura jerárquica de la Iglesia Católica y promovió el surgimiento de pequeñas comunidades que se reunían en torno a un pastor. La invención de la imprenta permitió una difusión más amplia de las ideas y la ampliación de las redes humanas. Si antes solo las cartas permitían la comunicación entre personas de ideas, los libros crearon redes de pensadores y científicos que se comunicaban a la distancia. 

Los gobiernos jerárquicos, sin embargo, no desaparecieron. “El cenit del poder organizado jerárquico se registró, en efecto, a mediados del siglo XX, la era de los regímenes totalitarios y la guerra total”, escribe Ferguson. Benito Mussolini, Adolf Hitler, Stalin y Mao Zedung lograron concentraciones de poder que rivalizaban con las de los monarcas más autoritarios del pasado. 

Hoy la tecnología hace insensato tratar de centralizar el poder. “Ningún individuo, sin importar cuán talentoso sea, tiene la capacidad de enfrentar todos los retos de la gobernanza imperial, y casi ninguno puede resistir las tentaciones corruptoras del poder absolute”, argumenta Ferguson. Lo vemos en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y sus esfuerzos por concentrar todo el poder. 

Hasta ahora esta concentración se ha traducido en malas decisiones de políticas públicas lanzadas desde las mañaneras sin mayor reflexión o consulta. No ha habido una persecución generalizada de sus críticos, a los cuales cuestiona, sin embargo, todos los días en las mañaneras, pero sí ha dado tratos legales diferenciados a sus enemigos, como Rosario Robles, y a sus nuevos aliados, como Emilio Lozoya. La ley no es igual para todos. Ante esto, no podemos olvidar la advertencia del escritor indio Salman Rushdie: “En cualquier sociedad autoritaria, el poseedor del poder dicta, y si tratas de salirte del redil, te perseguirá”. 

Cómplices

Si los ministros no avalan ampliar el mandato del presidente de la Corte se convertirían en cómplices de la corrupción “por el coraje que les produce la transformación que se está llevando a cabo en el país”, dijo ayer AMLO. Preocupa que el presidente piense que solo él y sus incondicionales pueden combatir la corrupción. 

Twitter: @SergioSarmiento