Opinion

Postneoliberalismo

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Sergio Alberto Campos Chacón
sábado, 23 marzo 2019 | 21:14

Andrés Manuel López Obrador, presidente de la República, en el Foro Nacional del 17 de marzo, denominado “Planeando Juntos la Transformación de México”, para diseñar el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, que contendrá la planeación para el desarrollo, expresó: 

“Declaramos, formalmente, desde Palacio Nacional, el fin de la política neoliberal. Aparejada esa política o modelo neoliberal, con su política económica del pillaje, antipopular y entreguista. Quedan abolidas las dos cosas.  Tenemos la responsabilidad de construir una propuesta postneoliberal y convertirla en un modelo viable de desarrollo económico, de ordenamiento de la vida política y convivencia entre los sectores sociales”.

Agregó que desde el extranjero se emitían las recetas y políticas públicas a los gobiernos pasados, los que garantizaban el bienestar de las minorías, no del pueblo.

Analistas se preguntaron si una declaración puede cambiar un sistema, y manifestaron su confusión al respecto de cuál será ese postneoliberalismo, como en paralelo, dudas de que lo logre.

Para aproximarnos a entender el sentido de la declaración y sus efectos, dilucidemos algunos conceptos para apreciar si la decisión tiene sustento y será realizable, en términos de las pretensiones presidenciales: la justicia social.

La palabra “post”, también usada como “pos”, es un prefijo que significa “después de, detrás”; es decir: después del neoliberalismo. Se edificará pues, un modelo no neoliberal, según entiendo. Repasemos dos conceptos: liberalismo y neoliberalismo.

El liberalismo nace en Europa en el siglo XVIII. Sus principios fueron, algunos subsistentes, libertad civil del individuo, libertades constitucionales y económicas, gobierno representativo y parlamentarismo, derechos de las minorías raciales, religiosas, nacionales, permisividad moral.

Inglaterra, Holanda, Bélgica y países escandinavos lo asumieron paulatinamente. En Francia, Portugal, Italia, Alemania, Austria y España, lo alcanzaron por la vía revolucionaria.

Terminada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las masas populares se apersonan en la vida pública y generan cambios importantes, más por la Revolución Rusa, de la que emerge la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS).

Ante el nuevo panorama, de crecimiento e intervencionismo económico del Estado, hacia la justicia social distributiva, atemorizó al liberalismo por el avance del autoritarismo y del comunismo, y adoptó actitudes defensivas, de reacción y conservadoras.

Economistas como John Maynard Keynes y John Dewey enarbolaron criterios de justicia social y de bienestar como responsabilidad del Estado, “al servicio de los fines éticos de la comunidad”.

A fines del siglo XX, para detener ese crecimiento del Estado, las premisas liberales se modifican e inclinan para reducir y descentralizar al Estado, si bien con una sociedad abierta, participativa y democratizada, en el respeto a los derechos de las personas, de las minorías y el pluralismo, pero, bajo sus directrices.


Para contener el liberalismo nace el neoliberalismo, que no renueva el pensamiento liberal, sino comprometido con la economía política diseñada por lo que se llama la Escuela de Chicago, o el Foro de Davos, implantó el pensamiento único, “el fin de las historias”, quiere “el Estado mínimo”, impone un nuevo determinismo económico y, la globalización “sin reglas ni instituciones”, salvo las políticas del “Consenso de Washington”: la economía pura de mercado.

El neoliberalismo no acepta que el Estado lo regule, privilegia la privatización y es necesario desmantelarlo en sus objetivos de bienestar; eso le permite dictar sus políticas económicas unilaterales, estrictas. Sólo en esa ruta, dicen, habrá crecimiento económico. El neoliberalismo, que no admite límites, destruye las estructuras colectivas que lo niegan o rechazan.

La planeación, desarrollo y crecimiento económico está en manos de los dueños privados del capital globalizado; las conexiones financieras internacionales son infinitas, la banca mundial otorga créditos a países, empresarios regionales o multinacionales para crear empresas que mejor se acomoden a sus intereses, influyen en las elecciones, la filosofía de la educación, la investigación científica utilitaria y, desde luego, en el orden jurídico nacional para obtener seguridad jurídica a sus patrimonios.

El liberalismo sostiene el régimen de economía mixta, esto es, inversión particular y del Estado, para el bienestar de la población. El neoliberalismo se aparta de ese interés social, no obstante que argumente que la gran producción mundial beneficiará a los más amplios sectores populares, que no operó en México porque produjo 53 millones de pobres.


El presidente asumió la responsabilidad de “construir una propuesta postneoliberal y convertirla en un modelo viable de desarrollo económico”, de ordenamiento político y convivencia entre los sectores sociales”.  

Literalmente niega la eficacia del neoliberalismo y lo declara finalizado. México, si lo fue, según el presidente, ya no es neoliberal, queda fuera del mundo económico globalizado.

El régimen será otro, quizá socialista piensan algunos, mínimo, de bienestar, de economía mixta, inversión pública y privada, como sostenían los prohombres del liberalismo económico del siglo XIX. 

El propósito es plausible, la cuestión es si es posible desligar México del poder colosal del neoliberalismo mundial que emite criterios ideológicos, jurídicos, financieros, de aprovechamiento de recursos y de producción interconectada, incluida China cuyo neoliberalismo lo regula y vigila el Estado Comunista.

Otra cuestión es si México, parte del Tratado del Libre Comercio (T-MEC) con Estados Unidos y Canadá, y empresariado nacional, disponen de la capacidad y especialidad productiva de bienes que sustituya la que realizan empresas extranjeras.

Pemex y sus problemas financieros no es garantía de autosuficiencia en la producción y abasto de gasolinas. La minería más importante está a cargo de compañías trasnacionales. La nacional de transformación es raquítica, la banca es mayoritariamente extranjera, el turismo, los ferrocarriles, etc.

Si ven riesgos, las empresas extranjeras desmantelan sus naves industriales, se van del país, y miles de trabajadores mexicanos quedan sin trabajo, sin pasar por alto que bien se pueden adaptar, por convenir a sus intereses.


Los expertos en economía señalan la proximidad de una desaceleración en la economía como efecto de la desaceleración internacional, especialmente en China, que el gobierno federal no debe desestimar.

El neoliberalismo, voraz, injusto social y depredador del ecosistema, es el rostro maquillado del imperialismo, bien explicado por Carlos Marx.

La interrogante es si el presidente neutralizará, controlará y transformará al monstruo. 

    

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