Opinion

Presidentes sin sucesores

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Jorge Fernández Menéndez

jueves, 30 septiembre 2021 | 05:00

Ciudad de México.- Si al presidente López Obrador le gustan, y lo reitera, los ejemplos y modelos políticos de los años 70 y 80, no veo porqué tendría que obrar diferente en el ámbito de la sucesión presidencial. La figura del tapado, de la mujer o del hombre que lo sucederá en poder es una de las más emblemáticas de la política nacional, una que permite conjeturas, que impulsa juegos políticos, aniquila o aquilata lealtades y hasta permite apuestas. Nadie como Luis Spota reflejó en sus novelas esas “palabras mayores” que definían futuros políticos y nacionales.

La paradoja es que hace ya muchos años que ningún presidente puede asegurar su sucesor. Carlos Salinas tenía en Luis Donaldo Colosio a su claro sucesor designado, pese al encontronazo que vivió con Manuel Camacho. Dicen que Manuel olvidó aquello de que el trono se hereda a los hijos, no a los hermanos. Lo cierto es que el disparo en Lomas Taurinas mató a Luis Donaldo y también acabó con cualquier esperanza sucesoria de Manuel. Llegó a la candidatura a Ernesto Zedillo, que asumía que estaba allí por una situación coyuntural, no por un deseo presidencial. Zedillo nunca sintió que le debía la sucesión a Salinas y éste nunca lo vio como su legítimo sucesor. La ruptura entre ambos tuvo repercusiones literalmente históricas.

En el 2000, Zedillo tampoco dejó sucesor. Sus prospectos de inicio de gobierno no prosperaron, y finalmente se decantó por Francisco Labastida que tuvo un rival interno durísimo en Roberto Madrazo. El beneficiario fue Vicente Fox que inicialmente tampoco era el candidato preferido de la dirigencia panista.

Seis años después, Calderón desafío a Fox y le ganó la candidatura a Santiago Creel, que era sin duda el candidato del presidente. En el camino había quedado la exploración que había hecho Marta Sahagún en busca de una hipotética candidatura. Lo cierto es que Calderón arrasó en la interna partidaria, fue candidato y presidente.

Pero Felipe tampoco tuvo candidato propio. Primero, porque la prematura muerte de Juan Camilo Mouriño, lo dejó sin su operador de confianza y sin su potencial candidato. Luego enfermó y a la postre también falleció, Alonso Lujambio. En el proceso interno panista, el candidato de Felipe fue su funcionario más cercano, Ernesto Cordero, que terminó derrotado por Josefina Vázquez Mota. Como había ocurrido seis años atrás, pero en el PRI, la lucha interna fue tan dura que terminó desgastando al partido y a sus precandidatos. Ganó Peña Nieto. Estoy convencido de que José Antonio Meade tampoco era el candidato preferido de Peña Nieto. Era un aspirante intachable, pero el corazón presidencial estaba dividido entre Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong. El resultado ya lo conocemos.

Ahora parece estar repitiéndose la historia. El presidente López Obrador es evidente que tiene en Claudia Sheinbaum a su candidata preferida para el 2024. Pero ahí están el líder del Senado, Ricardo Monreal y el canciller Marcelo Ebrard, demandando también, y legítimamente, ser considerados. Morena corre el mismo riesgo que sufrió el PRI en 1994, el 2000 y el 2018, y que vivió el PAN en 2006 y 2012: que el presidente en funciones no pueda designar e impulsar sucesor, o que sea alguien de su partido pero que no esté alineado con su corriente. En este caso es más grave, porque el propio presidente López Obrador alentó el proceso sucesorio desde mucho antes de llegar siquiera a la mitad de su sexenio. Y ese proceso parece estar ahora desbocado y con mucha anticipación se debe hacer reparación de daños.

La reunión que mantuvieron esta semana Sheinbaum y Monreal, dos políticos morenistas, ubicados casi en las antípodas de ese movimiento, debe explicarse desde esta lógica. El secretario de Gobernación, Adán Augusto López, los juntó para tratar de acabar la guerra entre ellos, la paradoja es que el propio secretario de Gobernación para muchos también se está convirtiendo en precandidato. Y en ese cuadro falta todavía Marcelo, otro aspirante con mucho peso propio como para competir en el 2024, como Monreal, dentro o fuera de Morena.

Nadie puede asegurar al día de hoy que Morena llegará unido a los comicios del 2024. La propia inexistencia de candidatos fuertes de la oposición alimenta las ansias divisionistas dentro del oficialismo, si no hay acuerdos de fondo entre sus tres o cuatro aspirantes reales. Esos acuerdos deberán pasar, obvio, por López Obrador, pero todos ellos saben registrar que en los últimos cinco sexenios, nada menos que en los últimos 30 años, ningún presidente pudo dejar en el poder a su candidato, fuera o no de su mismo partido.