Opinion

¿Presos políticos o enfermos mentales?

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Daniel García Monroy
domingo, 12 mayo 2019 | 05:00

Los pocos políticos presos que el sistema mexicano ha podido encarcelar en la historia, normalmente fingen (estrategia abogadil) perder su salud física. Sin embargo, es innegable que la más breve detención de los ex-poderosos recluidos en celdas, los convierte en simples humanos humillados, débiles y enfermizos. Para el corrupto convicto no es la pérdida de la libertad su peor sufrimiento, sino la privación de privilegios y lujos, de adoradas cosas materiales inútiles a su alrededor. 

Es por eso que algunos gobernantes-delincuentes-descubiertos pierden el apetito, se desnutren; menguan sus defensas, y virus y bacterias propias les carcomen. En la austeridad oscura de una cárcel caen en depresión. Sin poder para poder someter y violar, impunemente, leyes y congéneres, se ponen tristes, melancólicos. Solitarios leen la biblia; apenados hablan con familiares y sacerdotes, y a los que aún les queda un pizca de conciencia deben sentir culpa y remordimiento. Quizá entre estos desleales compatriotas caídos en desgracia --por su desaforada conducta mezquina, antisocial de fraudes y peculados--, haya quien se humanice al grado de arrepentirse por sus raterías y complicidades, pero la gran mayoría revelan su verdadera enfermedad mental rebelándose y contra atacando a sus acusadores ante el mínimo castigo al que son condenados.

¿Y cuál es su padecimiento real? La carencia de moral personal, el desconocimiento de la ética como valor humano; la deshonestidad, la mentira y el fraude como forma de su conducta cotidiana. La corrupción consuetudinaria como cáncer en su ser que se niegan a reconocer. Enfermos.


Se burlaron algunos medios nacionales por la reciente declaración del Presidente López Obrador, en la que asentó que: “debe crearse un grupo de terapias que de tratamiento a quienes padecen la enfermedad de la corrupción y no lo reconocen para aceptar que tiene ese problema, una especie de grupo 3R”. 

A los obstinados críticos de la 4T los dejó pensando en eso de la “3R”. Deduzco que esa “3R”, es un acróstico de un concepto que podría ser algo como: Rateros- Reconocidos-Rehabilitables. AMLO debió pensar en un símil irónico de la afamada doble AA de los Alcohólicos Anónimos; tratamiento terapéutico aplaudido mundialmente por exitoso. Creo que habría sido mejor anunciar la doble CC: Corruptos Consuetudinarios. Quizá le falló el discurso al Ejecutivo federal, o se arrepintió del sarcasmo reclamable, entre tantos datos, nombres y conceptos que maneja en sus abundantes declaraciones públicas. Tal vez por eso no terminó revelando qué significa la extraña formula. Nadie le preguntó qué quiso decir con eso de la “3R” (que, válgame dios, un día después la cambió por la “3C”, tampoco explicada). 

Pero a ver, el Presidente no está inventando nada nuevo en su intención de ubicar a la corrupción como una enfermedad mental del ser humano. Hace más de un siglo que el padre del sicoanálisis Sigmund Freud, estableció las bases para el estudio de la avaricia acumulativa de cosas-objetos-billetes-propiedades, como neurosis compulsiva de adultos que no pueden superar la etapa infantil del placer anal, el cual describió como la retención y posterior deposición del excremento. --Suena feo y repelente, pero las pruebas sicológicas están ahí para el que quiera conocerlas y aprender sobre esos serios estudios científicos--.

La reacción contra este nada novedoso mal sicológico remitido desde Palacio Nacional, no se hizo esperar, porque evidentemente nadie que este tiznado por las heces doradas del fango de la corrupción quiere ser identificado como enfermo mental que requiere tratamiento médico profesional.

Y las críticas arrecian en contra del nuevo régimen que está desestabilizando al sistema de paradigmas básicos a favor del consumismo idiota y la corrupción pandémica. 

Decíamos “ayer”, que los vulgares ladrones políticos de todos los colores partidistas denotan una locura mental por la ambición de riqueza desnaturalizada, desmedida. Un vicio compulsivo por la avaricia de tener más y más sin parar. Se han introyectado la idea de la transa y el derroche del dinero ajeno como orgullosa señal de éxito y felicidad. El corrupto en su caos cerebral se cree el ganador de un sistema social donde la solidaridad y el amor al prójimo lo entienden como los  efímeros instantes semanales, en la iglesia o el templo cristiano, donde las personas se dan la mano y dan limosnas. 

El sistema corrupto y corruptor del capitalismo inhumano publicitario des-construye día a día lo humanitario posible. La escala de valores en la mente de los políticos (con honrosas excepciones) ha sido trastocada de forma catastrófica por el trágico y triste  individualismo-egoísta-empoderado. Arribar a cargos públicos lo ven como su salto a la fama --sin ser artistas, ni siquiera personas medianamente cultas--. A los presupuestos públicos los ubican como el botín de un negocio personal, que han obtenido legalmente triunfando en el juego de la democracia, gracias a su “carisma” y verborrea demagógica. En su demencia consideran a las faraónicas obras públicas como la más apetecible industria del peculado, donde los ceros y más ceros puestos en los cheques de todo pago son el mejor escondite del fraude. Alíbaba y sus cuarenta ladrones, incipientes aprendices, comparados con los descomunales planes de (des) gobierno y atraco al erario público chihuahuense y nacional. 


A la pandilla de duartistas imputados, prófugos y capturados, por la Operación Chihuahua, sólo les queda seguir intentando engañar a la sociedad chihuahuense a la que siempre han creído estúpida. –Si les pudimos robar miles de millones de pesos de su dinero, sin que se dieran cuenta ni reclamara casi nadie, cómo no creer que ahora se deban compadecer de sus saqueadores, miren como nos crucificamos públicamente como cínicos presos políticos--.

Escribió desde su celda, donde pasó los últimos 20 años de su corta vida, hace casi un siglo, el más inteligente y digno de los verdaderos presos políticos de la historia moderna, el genio intelectual orgánico italiano: Antonio Gramsci, en una carta a su madre, la más perfecta definición de lo que debe ser un preso político: “Carissima mamma, no quería repetirte lo que ya te he escrito en más de una ocasión para tranquilizarte en cuanto a mis condiciones físicas y morales. Querría, para estar realmente tranquilo, que no te asustes ni te turbes por la condena que me impongan, cualquiera que ésta sea. Que comprendas bien, incluso sentimentalmente, que yo soy un detenido político y seré un  condenado político, que no tengo ni tendré nunca nada de qué avergonzarme por esta situación. Que, en el fondo, la detención y la condena la he querido yo mismo, en cierto modo, porque nunca he querido cambiar mis opiniones, por las cuales estoy dispuesto a dar la vida y no sólo a estar en prisión. Que por eso mismo no puedo sino estar tranquilo y contento conmigo mismo”. 

Si ni una sola de esas impresionantes palabras les duele, les humilla y les hace recapacitar sobre lo que delincuencialmente han defraudado a sus familias y a sus conciudadanos, entonces sí, que todos los políticos corruptos justamente encarcelados terminen su vida como los enfermos mentales que ha perpetuidad prefieren ser.