Opinion

Pueblo Nuevo

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Daniel García Monroy

domingo, 26 julio 2020 | 05:00

Llore joven, llore. Ande --le dije a ese muchacho como de 20 años--, si supiera cuantos rancheros, hombrones, machotes, chillan como niños ante mí cuando les estoy arreglando un hueso. Aquel fue un sábado soleado de verano cerca de Irapuato, Guanajuato,  hace como 400  meses. (¿O no? Que tal que es un repujado recuerdo de dolor queriendo desdibujarse en una memoria).

Mujer vieja soy, anciana, la huesera de Pueblo Nuevo, mi querido lugar  de menos de mil gentes habitantes; aunque me acuerdo que éramos cuatro veces más hace 50 años. Con más hombres que mujeres habíamos muchas muchachas contentas aquí. Fuimos tantos antes que todos se fueran pal norte. Pero eso ya pasó y ni quién se acuerde. Infierno Nuevo se burlan ora, los que ni idea tienen de las angustias de nuestra pobreza y soledad. 

Hay historias que se me apretujan en la desmemoria. Me da pena porque todo se me va cayendo de mis manos arrugadas. Poquito a poco como los males que nos entran por los dedos engarrotados. Ya ni sobar puedo, y además a quién. Ya no tengo fuerzas ni pa echar tortillas en el comal. Sola me quedé, porque así me lo gané. Ni mi Rubén me quiso cuando me hice vieja y fea, pa qué me hago pendeja, por eso se me fue. Y cuando llorar quiero, pos nomás me acuerdo de Gabriel, de María y de Jesús. Pa qué les puse esos nombres Dios mío, pa qué Señor, si nunca creyeron ni en tí, ni en mí, ni en nadie… más que en el maldito dinero.

Me morí en su recuerdo hace tanto tiempo. La envidia de las cartas a otras mujeres del pueblo me jodió el alma. Se me empezó a aflojar la fe, hasta a la iglesia deje de ir, porque mis lágrimas se me hicieron surcos de vergüenza en la cara, cuando veía a otras madres felices con sus remesas cobradas de méndigos dólares; mientras sobre mí, la lástima que me quemaba las entrañas.     

Unos se condolieron, otros nomás se rieron. Pero trabajé, sola trabajé, y aprendí sobre huesos, dolores y remedios. Y es mi orgullo, aunque nomás me quede este cuchitril con piso de tierra, mi altar a la virgencita de Guadalupe, y la imagen de susto en la cara de los niños que me creen bruja, porque a sus mayores les arreglo con rezos y veladoras las coyunturas y los músculos desgraciados. Ya crecerán y caerán un día con un dolor o un mal golpe, pa dejar de tenerme miedo y agradecerme arrepentidos.

Pero no, no soy tan mala, ni tan inútil, ni tan infeliz como me creen, por eso voy a terminar de contar la historia de aquel mediodía de un sábado azul claro en mi querido y florido caserío, cuando un joven a punto de desvanecerse, llegó de la mano de la dueña de “El marrano de oro”, la única carnicería de Pueblo Nuevo. 

Bien me acuerdo que era un casi adolescente moreno, flaco, con incipiente bigote y canas prematuras. Su mano izquierda parecía un globo inflado color sangre seca. Me pedía agua. 

–Cállese, no, no, jamás. No puedes tomar agua muchacho. Siéntate, le ordené, y traje pedazos de hielo para ponérselos rozando sus labios amoratados. No quería que se me desmayara. Una concha de pan de dulce era lo mejor pa quitarle el espanto, pero ni la probó. Doña Catarina, que encargado me lo dejó, me contó que era un electricista que se había caído en su negocio, que ella pagaría el costo de toda mi labor. Lo acepté. 

Tranquilizado el dolorido muchacho, comencé con mis procedimientos de años. Ponerle manteca y acariciar, apretar y jalar la extremidad lastimada. Cuando llegué al  jalón definitivo de su pulgar hinchado, aquel joven lanzó un grito memorable. Hasta ese momento no había llorado, cosa que no podía creer. Por eso lo aconsejé: “llore joven, llore”. Las lágrimas cayeron en cascada. Le tuve que decir la verdad. --Oiga joven no está zafado, tiene el dedo fracturado--. Sabrá Dios por qué, pero el angustiado chaval ya lloró con más tranquilidá. 

Yo entendía su situación y asegurado el pago de mí trabajo, lo llevé por la vida de una vieja huesera de pueblo que se respetara de serlo. Lo metí a mi único cuarto interior. Cubo oscuro de piso de tierra, paredes de adobe y techo de tablas y láminas negras, donde la imagen de la virgen de Guadalupe lo vigilaba todo. Prendí cirios y veladoras para la religiosa iluminación de la sanación física y espiritual que debía hacer. Le pedí que se quitara la camisa. Sus húmedos ojos reaccionaron con sorpresa. Mí órdenes tuvieron que ser más firmes. --¡Acuéstese boca abajo joven, con los brazos extendidos en santa cruz! Sus manos se salieron del petate de palma. Los dedos de la derecha se enterraron en la tierra, la otra inflamada nomás temblaba. Yo lo veía como un animalito atemorizado, aceptando, después de bajado el dolor, mis palabras de vieja venerable.    

Comencé mis oraciones a la virgen y con mis conocidas herramientas: la llama encendida de una vela y los vasos de vidrio; que haciendo pegado vacío, fueron  marcando en su espalda una docena de circulares ventosas chupando la piel restirada. Todo era pa sacarle el miedo y la dolencia. Mi di cuenta que quería hablarme, entender, voltear a verme. Interrumpiendo el Ave María, lo controlé, ni fuerzas tenía. Como todos mis resignados atendidos-tendidos, poco a poco se me durmió. Una media hora después despertó. 

Ya yo había hablado con doña Catarina. Era necesario llevar al muchacho con don Salvador, el médico del pueblo, que tenía en su consultorio una máquina de rayos X, con no menos de medio siglo de uso, pero que milagrosamente funcionaba todavía, mas sus cosas de yeso pa inmovilizar el brazo.  

-- ¿Y quién le va pagar? --me preguntó. 

-- Allá usté y su cristiana conciencia doña Cata, pero no hay de otra—le dije. 

Después me platicaron que el doctorcito confirmó mi diagnóstico: triple factura en  metacarpio y falange del pulgar izquierdo. Ya lo sabía yo. Lo que se me hizo mentira, fue ese cuento de que el joven electricista, después de cuatro horas de fracturado, ese mismo sábado, con su brazo izquierdo en cabestrillo, con una sola mano útil y en la misma escalera en la que azotó, pudo terminar, cerca de la media noche, con su trabajo contratado de cambiarle toda la instalación eléctrica a la carnicería “El marrano de oro” de Pueblo Nuevo. Al tiempo lo entendí. –Ah, que cabrona doña Cata, como siempre tan justa empresaria pa cobrarse, a la buena o la mala, todos sus gastos.