Opinion

¿Puedes decir Chihuahua sin ladrar?

Para Enrique Servín In memoriam

Alfredo Espinosa

domingo, 11 octubre 2020 | 05:00

¿Qué diablos quiere decir Chihuahua? 

Los turistas no saben si Chihuahua es una majadería, un autobús, un perrito que anuncia tacos gringos, una canción de moda, un sabroso queso de una franquicia germano—menonita, o un país singular y bárbaro. Pero nadie escapa de la fascinación que provoca su nombre al pronunciarse.

Chihuahua es una palabra que gruñe y ladra. Su primera sílaba, sílaba ruda que enseña los dientes y chasquea un poco su propia rabia, la delata como una palabra de raza de fieras. Luego, con sus otras dos sílabas, ladra y espanta. El eco de sus sílabas bravas perdura en quienes la escuchan por primera vez. “Tiene un sonido excitante. Sus sílabas vibran con un ritmo dramático y atrevido”, según lo escucharon Florence y Robert Lister. 

Chihuahua es una palabra dura, ronca, agresiva, eléctrica, quizá por eso se le emparenta con la familia de las malas razones. Chihuahua posee la primera sílaba decisiva de esa palabra terrible y mexicana que al proferirla te manda mucho a la Chi...ngada. 

Pero, en contraste, la onomatopeya de sus sílabas puede escucharse como el inicio de una cascada de agua. La segunda y tercera sílaba son acuosas y su repetición, además de eco, sugiere tránsito y caída. La palabra posee una recóndita ternura.

¿Quién sabe, en realidad, el significado de la palabra Chihuahua? Francisco R. Almada, en su Diccionario de Historia, Geografía y Biografía de Chihuahua consigna que la etimología de la palabra Chihuahua posee cinco acepciones: 1.-Lugar de Fábricas. 2.-Junto a dos aguas. 3.-Lugar de piedra agujerada. 4.-Costalera o saquería. 5.-Así seco y arenoso.

Las etimologías 1 y 3 se han desestimado porque el sostén lingüístico, geográfico e histórico es endeble. La 2, 3 y la 5 aún se mantienen vigentes aunque existan dudas razonables. El mismo Almada parece inclinarse por la quinta etimología, “así seco y arenoso”, y expresa sus razones apoyado en otros historiadores: “Probablemente  es una palabra de origen nahua que se descompone de Xi, así, y de cuauhua, síncope de   cuahuacqui, seco o cosa seca o arenosa.” O bien, siguiendo esta misma pista, apunta que “podría ser una corrupción de Xicuacua, que significaría lugar árido o arenoso”.

Almada agrega que es en Aquiles Serdán (Santa Eulalia) en donde debe buscarse el accidente geográfico que dio origen a la palabra Chihuahua, tomando en cuenta la regla o costumbre de los naturales a nombrar los lugares en los que habitaban, trabajaban o transitaban.

No obstante, nuestros historiadores han hallado otras posibles etimologías de esta enigmática palabra. Existe un vocablo tarahumar o rarámuri que se acerca estrechamente al nombre del estado: chiwawara, que tiene que ver con costales y costaleras. Sin embargo, no solamente la voz chiwawara implica costal sino también talego, bolsa en donde se guardan monedas o pinole. Los tarahumares solían vivir en las barrancas mientras que los nahuas, que llegaron a estas tierras como sirvientes de los españoles, vivían en los reales de mina. Los rarámuris utilizaban pequeños costalitos o talegas en donde cargaban el pinole que utilizaban de alimento para soportar largas las travesías serranas. Es posible que a los nahuas les haya llamado la atención esas talegas y nombraran a los rarámuris con el vocablo chiwawara, y éste se extendiera para nombrar a los de estas tierras, independientemente de que utilizaran o no los pequeños costalitos pinoleros.

Sin embargo, la dificultad para precisar el origen lingüístico de la palabra Chihuahua persiste porque puede provenir de los indios Concho que habitaban las orillas de los ríos Chuvíscar y Sacramento. Antes de la llegada de los primeros españoles y criollos, los concho se dedicaban a la pesca, a la caza y recolección y a una incipiente agricultura; al llegar los conquistadores españoles, los combatieron durante las guerras indias, los explotaron en el trabajo de minas, los exterminaron con las epidemias y quienes se lograron salvar de tanta calamidad, se integraron y se aculturalizaron convirtiéndose en mestizos, de tal manera que los Concho y su lengua se terminaron. A los chonchos, antes de la llegada de sus verdugos, se les pudo ocurrir la palabra componiéndola con chi, lugar, y hua, agua, cuya repetición denotaba el cruce de los dos ríos mencionados. 

2.- La Fundación de Chihuahua

En 1709, Antonio Deza y Ulloa decidió que la cabecera municipal se asentara entre los ríos Chuvíscar y Sacramento, quizá por la reminiscencia de que el paraíso, dicen, se ubicó entre los ríos Tigris y Éufrates. Antes de ser llamado Chihuahua se le designó de acuerdo a la pomposa y sacra manera española: Real de Minas de San Francisco de Cuéllar. El crecimiento de esta población fue vigoroso y ya en 1718 se convirtió en Villa de San Felipe El Real de Chihuahua. Malabarismos verbales que al fin de cuentas le otorgaban mayor importancia debido a que el núcleo de pobladores se multiplicaba y extendía con un ritmo constante. En 1763 se levantó un censo y la población llegó a los casi cinco mil habitantes. El 19 de junio de 1823, se decreta la creación de la provincia de Chihuahua, separándola así de la Nueva Vizcaya y en esos años la creciente Villa de San Felipe se convirtió en la pujante ciudad de Chihuahua. Un año más tarde, Chihuahua se sacudió el lastre de ser llamada “provincia” convirtiéndose en un estado de la Federación Mexicana. Y en ese momento alcanza también su calidad de capital del estado.

3.- Diálogo entre el Ángel y el Fundador

Me gusta la estatua del fundador Antonio Deza y Ulloa que se encuentra frente a la Catedral de la ciudad de Chihuahua. 

Ahí está Antonio Deza y Ulloa, petrificado en la plaza de la Catedral, vestido a la usanza española del siglo XVIII, en una actitud resuelta y con un ademán vigoroso estirando el brazo derecho hacia el frente y dirigiendo el índice hacia la tierra. La mirada hacia lo alto, firme, con el libro de la fundación de la ciudad de Chihuahua en la mano izquierda replegada al pecho, cercano al corazón. 

¿A quién mira Deza y Ulloa? A un hermoso ángel libre y alado que apoya su pie desnudo sobre una roca. El ángel parece detenerse, de puntitas, a la mitad de la Catedral, entre sus dos torres. El Ángel mira hacia lo alto y hacia allí apunta su índice decidido como señalando el verdadero reino de los hombres. Pero Deza y Ulloa replica: el cielo no, aquí en la tierra. Y con firmeza apunta su índice hacia abajo diciendo: aquí. 

El Ángel y el Fundador de Chihuahua están destinados a establecer una diatriba interminable, como en otro tiempo Aristóteles y Platón, según fueron concebidos por Rafael, caminando por la Escuela de Atenas, defendiendo cada uno su propia concepción del mundo. Mientras que el ángel (como Platón) se empecina a convencernos que el verdadero mundo está en el cielo, el fundador refuta, (como Aristóteles) afirmando que los mundos reales echan raíces en la tierra. Entre el Ángel y el Fundador, ajenas a toda polémica, vuelan las palomas y se detienen en ellos, zurean y defecan.

4.- La Chihuahuenidad

La mexicanidad es un mosaico de identidad: unidad y diversidad. Compartimos un lenguaje, una religión y una constitución. Nos reconocemos en los símbolos patrios, las fechas históricas y los héroes nacionales, pero al mismo tiempo nos diferenciamos por las particularidades de nuestras manifestaciones regionales, locales y étnicas.

Las diferencias de estas culturas o caracteres regionales son resultado de las diversas condiciones históricas, sociales, económicas, políticas, ecológicas y culturales. Entiendo la Chihuahuenidad como un proceso, no como una esencia. Es una creación permanente, una experiencia colectiva y una vivencia íntima. El territorio imaginario en donde todos somos reales.

Chihuahua es único y plural: es frontera, desierto, llanura y sierra. Es campo y ciudad. Tortillas de harina, quesos, manzanas, nueces y sobre todo, carne asada. Es Pancho Villa, Ángel Trías, Luis Terrazas, Teporaca, Victorio, Ju y Gerónimo. Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, José Fuentes Mares y Francisco R. Almada. David Alfaro Siqueiros, Aurora Reyes. Cholos, cheros, countries, rancholos, fresas y juniors. Tin Tan, Lucha Villa y Juan Gabriel. Postales de Tarahumaras, la Catedral y la Puerta de Chihuahua. Maquiladora, narcotráfico y fayuca. Violencia, sicarios, ejecutados, muertas de Juárez, migrantes muertos por la sed o las balas. Los corridos y Jesusita en Chihuahua. Frontera, ciudades, sierra y desierto. Paquimé‚ y Cíbola: espejismo y realidad. 

Ni la capital del mundo que pretenden los parralenses, ni el Cuautitlán con el que menosprecian los defeños. Chihuahua es sus distintas regiones, y el chihuahuense son los diversos chihuahuenses. Chihuahua es usted y yo.

Tierras bárbaras, navegaciones sobre la identidad chihuahuense, se inscribe en la tradición del ensayo que, desde el sujeto, desde el testimonio propio, busca aproximarse, si no a las verdades inaccesibles, sí a una interpretación congruente de esas fuerzas misteriosas (sociales, psicológicas, culturales, míticas) que subyacen en los pueblos y que a la simple observación esbozan una difusa personalidad colectiva y se rodean de ese halo enigmático, ese asunto elusivo y peliagudo llamado identidad que los distingue, casi irrefutablemente, de los otros, de los extraños. Los pueblos crean, por sí mismos, sus propios mitos, imágenes, estereotipos, y en el río de los acontecimientos, suelen reconocerse o desconcertarse con sus reflejos.

Total que la chihuahuenidad, esa ilusión óptica, ese retrato en que nos reconocemos, esa escabrosa materia de la que estamos hechos los chihuahuenses, es un páramo de espejos, un espejismo del desierto.

5.- El chihuahuazo

La identidad es eso misterioso y entrañable que en la nostalgia y en la lejanía, en el exilio, en ciertas circunstancias emocionales, nos hace conmovernos ante un signo, una señal, que nos recuerde la patria chica, sus desiertos natales, sus serranías majestuosas. 

Yo la entendí cuando perdido en la sierra oaxaqueña, entre los indios chatinos, muy pocos de los cuales hablaban castilla, escuché a través de mi pequeño radio de transistores unas notas conocidas de Pedro de Lille: 

Eres mi tierra norteña/ india vestida de sol,/ brava como un león herido/ dulce como una canción./ ¡Qué bonito es Chihuahua!

Con “El corrido de Chihuahua” todo y una alegría nueva, magnífica, desbordante, me conmovió. Sentí esa turbulencia del alma, ese arrebato ciego, ese imperio de instintos que exigían abandonarlo todo y regresarme a Chihuahua. 

Más tarde sabría que ese instante loco en que la nostalgia nos encaja las espuelas en el costillar, se llama chihuahuazo. Ya muchos lo habrán vivido a su manera contarán sus propias anécdotas.

Y desde entonces me vengo preguntando esto: ¿Cuáles son las raíces de la identidad? Aquellas, indudablemente, que se hunden en la historia de nuestros pueblos y en la biografía de nuestras querencias: las raíces de la identidad nacen del corazón de nuestros muertos y antepasados (pueblos o personas), que se han convertido en troncos de portentosos árboles genealógicos de los cuales nosotros somos una delgada rama, una hoja apenas del follaje que en algo ayuda a ese canto general de las vidas cuyas notas se van entretejiendo con las generaciones, y van conformando las tradiciones y las identidades.

alfredo.espinosa.dr@hotmail.com

(Este artículo está realizado, a propósito del cumpleaños años de la ciudad de Chihuahua, con fragmentos de tres de mis libros: Tierras bárbaras, navegaciones sobre la identidad chihuahuense, Amor apache y Obra negra.