Opinion

Qué se juega hoy

.

Daniel García Monroy

domingo, 06 junio 2021 | 05:00

En un análisis mínimamente ecuánime de estos comicios en curso final, habría que establecer primero, que esta elección, como todas las habidas y por haber, no es el fin del mundo (mexicano). No son la definición entre la vida y la muerte ciudadana. Son una más entre otras tantas votaciones que han pasado y pasarán en el devenir de nuestra incipiente historia democrática. 

Quienes quieren engañar con la absurda idea de que estas votaciones son las últimas que viviremos los mexicanos en libertad, son burdos abusadores en el intento de manipular a la opinión pública. 

En contraposición tampoco hoy se juega poco. Tampoco son tan anodinas estas elecciones. Son las votaciones clásicas del medio mandato del ejecutivo federal, que van a demostrar qué tanto sigue confiando el electorado en su presidente y su movimiento de regeneración nacional, elegido hace tres años por más de la mitad de quienes acudieron a las urnas, 30 millones de mexicanos. No poca cosa, pues también se juega hoy el poder legislativo federal y 15 gubernaturas. Será este el termómetro que le medirá a Morena lo bien hecho y lo mal realizado, ya con el poder en sus manos.  

La oposición exigió y logró que no se empalmara esta jornada comicial con el proyecto de revocación de mandato de AMLO. ¿Por qué? Hubo un miedo fatal de que una personalidad política del tamaño de un presidente con el 60 por ciento de aprobación popular, estuviera visible en las boletas electorales para enfrentar a   miles de candidatos opositores en las elecciones más grandes de la historia. Buen acierto de logro político para la oposición. Pero para su desgracia en las campañas mediáticas reales, ellos mismos consiguieron lo que no querían. 

Estas votaciones son un referéndum sobre la presidencia de México y su proyecto de cuarta transformación. ¿Grave error táctico? Puede ser. Pues los mejores intelectuales analistas no pueden menos que pasmarse ante la realidad. Dicen y repiten que no es posible que mientras el 70 por ciento la población en las encuestas confirman que ningún ciudadano mexicano esté satisfecho por lo hecho por el régimen lopezobradorista, en materia de seguridad pública y desarrollo económico, esa percepción sobre la incapacidad de la 4T, no se refleje en la aprobación al tabasqueño beisbolista que todo decide desde su departamento en Palacio Nacional. ¿Cómo, por qué? Irresoluble paradoja. 

Un buen análisis del fenómeno expuesto por Mauricio Merino, provocó un debate en “latinus” entre los más acérrimos intelectuales antiamlo, de los que él forma parte. No obstante, comentó que el problema es que el Presidente de México se identifica con la masa. O mejor dicho: que la mayoría del pueblo mexicano se ve reflejada en un tipo que come tlayudas y no quiere utilizar el avión más lujoso del  mundo a su servicio. En la búsqueda de alguna posible explicación, Merino ofreció la teoría de la identificación emocional entre el sujeto con más autoridad en el país y  la inmensa mayoría de pobres que no pueden decidir ni lo que van a comer cada día. Un reflejo que concita a la confianza y respaldo para una figura política a la que califican como cercana, parecida, popular. Interesante propuesta sobre la existencia de una identidad sicológica entre el poderoso presidente y sus impotentes seguidores.   

Agregaría la parte negativa de esta tesis. La de la imposible identidad de las  mayorías con la actual clase política partidista. Hartos de la corrupción de todos los políticos y su ostentación de privilegios y canonjías, la masa de los desposeídos no puede identificarse con ningún partido ni sus repetidos candidatos. 

Esa enorme mayoría siente una animadversión por la irresponsable banalidad con la que nuestros gobernantes toman su trabajo de autoridad. La oposición a López Obrador se ha alejado demasiado de los ciudadanos. Y en el votante ha crecido una enorme desconfianza hacía todos los partidos políticos, pues evidentemente no se siente representado por ninguno.  

Pero en el supermercado del poder no hay más productos que los candidatos de siempre, de los que no se puede esperar mucho, por su incapacidad que ya han demostrado para enfrentar los problemas sociales que aquejan a la sociedad. Y esa animadversión y desconfianza arrasa en contra de las nuevas opciones partidistas a las que se les ve como nuevas camarillas de vividores en busca del botín presupuestal.    

En términos de una supuesta guerra electoral entre “chairos” contra “fifís”, las estadísticas socioeconómicas harían prever el triunfo de Andrés Manuel y su partido, pues en México existen muchos más pobres que ricos. Pero los procesos electorales nunca han reflejado en sus resultados una verdadera lucha de clases. En la determinación del voto intervienen una gran cantidad de factores ajenos a la posición económica de los electores.     

Lo cierto es que nada va cambiar demasiado después de estas elecciones. Pues la historia nos confirma que los más graves problemas de México o de Chihuahua permanecerán de manera muy similar a la actual. La esperanza es que el resultado sea respetado. Que los problemas no aumenten. Que la irritación social no se desborde. Que la vía democrática siga siendo por lo menos de valor negativo. Que si no sirve para mejorar la calidad de vida de los electores, siga siendo la barrera de contención para no agarrarnos a golpes y garrotazos en trifulcas callejeras sin sentido. Vayamos pues en paz a votar.