Opinion

Sergio Alberto Campos Chacón

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Cada pieza en su lugar
domingo, 12 mayo 2019 | 05:00

Los criterios económicos, sociales y políticos emitidos por el Presidente de la República para desarticular el andamiaje de corrupción, inseguridad e impunidad, para transformar el país, en algunos confirmaron confianza y, para otros, por inconexos, turbación, como preludios de debacle nacional.

Aún no define, dado que afirmó que ha terminado el neoliberalismo, cuáles son los elementos económicos e ideológicos que lo sustituyen, pero, de inicio, admitido que se llame Cuarta Transformación, no dilucida los trazos ideológicos nuevos en función de nuestros antecedentes históricos y el equilibrio con la gama de contactos de México con el mercado internacional y sus multifacéticas esferas de interés.

Personas, grupos, colectivos y franjas sociales heterogéneas que decidieron sufragar por López Obrador, cimentaron pilares de respaldo popular no visto en la historia política de México. Sin embargo, a seis meses de la toma de posesión, los vientos ya no se sienten tan parejos; germina escozor y distancia del bosquejo que el presidente viene moldeando y, en mucho, obliga a esos grupos y franjas sociales a definirse a favor o en contra de su forma de gobernar.

La suma de opiniones cotidianas percibe motivos de tensión, de ofensa a la libertad de creer y pensar diferente; de preocupación por la carencia de enlace entre la imagen proyectada, esperada, y las decisiones de gobierno.

Este panorama sugiere repasar cómo se conjuntan circunstancias que dan por resultado transformaciones sociales significativas en los países, circunstancias que, de no precederlas, la evolución no tendría lugar, mismas que la columna popular, con simplismo, da por hecho, pero tienen su explicación.

Para algunos estudiosos de la historia política mundial, sobresalen hechos que la marcaron, y luego comienza otra forma de organización político-social de la especie humana.

Por ejemplo, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) es “fecundada” en las profundidades ancestrales de la autocracia zarista: servidumbre, miseria e ignorancia que, junto a la nobleza terrateniente dominaba a campesinos y obreros. 

En diciembre de 1825 se sublevan los campesinos rusos, es una intentona de revuelta liberal que nada logra, pero consigue la extinción de la servidumbre en 1861, la que de pronto tiene frente a sí la emergencia de la industrialización que, por resabios culturales y capacitación, restringen el desarrollo de Rusia y es, hasta la última porción del siglo XIX que surgen la industria pesada y los ferrocarriles.

En esos lustros, las ideas socialistas tenían raíces muy extendidas en la consciencia colectiva, efecto de las terribles desigualdades, no sólo en Rusia, sino en toda Europa.

No extrañan los movimientos contra el estado de explotación y su correlativa acumulación de riqueza en poder de los dueños del capital que los trabajadores producen.  1905 es el año de una revolución que obtiene concesiones del zar quien, a pesar de su dicho, sofoca las sublevaciones, que se agudizan al abolirse sus derechos democráticos.

Para entonces, el movimiento obrero se organiza en el Partido Social Demócrata, fracturado en dos grupos, el moderado y el radical, éste, tiene por líder a Vladimir Ilich Lenin, y se denomina Partido Bolchevique.

Para no perdernos en los detalles, la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en rigor una pugna por redistribuir territorios europeos por las monarquías es el motor que tensa las contradicciones al interior de Rusia, bien interpretadas, bien entendidas por Lenin y su grupo. 1917 es el momento de la insubordinación de los soldados rusos a punto de morir de hambre en los frentes de guerra, por la inanición de obreros y campesinos, el repudio al zar y los privilegios de los capitalistas rusos.

De marzo a noviembre de 1917 Rusia entra en severos conflictos internos por la Revolución, el pueblo exigía la paz, salir de la guerra, reclamo que toma Lenin con fina habilidad hasta que, aparte de los diferendos con la otra fracción moderada, los mencheviques, los soviets toman el poder, apresan al zar y su familia y transforman Rusia en la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS).

La comprensión de los elementos que paren movimientos sociales requiere racionalidad, análisis objetivo, no subjetividades ni entelequias; análisis razonable, con ponderación y buen juicio.  Ambos niveles de estudio, bien sistematizados, salvo imponderables, conducen al éxito, así sea relativo.

En otra ocasión escribí que la más grande enseñanza para Fidel Castro Ruz fue el fracaso del ataque al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Entendió que ese camino no era el correcto porque las “condiciones objetivas y subjetivas”, como enseña el marxismo, no estaban a punto para derrocar a Fulgencio Batista, así que bien y largamente meditada e interpretada la problemática, diseñó otra estrategia hasta que logró el triunfo de la Revolución Cubana.

En sus dimensiones, Miguel Hidalgo y Costilla, agrupado por personajes que entendieron bien el asunto, organizaron el movimiento de Independencia de México y entre sinuosas brechas de altos y bajos, se consuma en 1821.

Benito Juárez, cabeza de liberales capaces, homogéneos en el pensar y el hacer; organizó a gente y pueblo comprometidos para liberar al país de los colonialistas que aún trascendían y, primordial meta, separar la Iglesia del Estado. Ese grupo juarista luchó y expulsó al imperio francés, y su representante, Maximiliano de Habsburgo, fue fusilado el 19 de junio de 1867 en la falda del Cerro de las Campanas en la ciudad de Querétaro.

Hidalgo, Juárez, Lenin, Castro, formaron equipos sólidos, congruentes, a diferencia de Francisco I. Madero, víctima de su idealismo; lo asesinaron los enemigos que dejó en el gobierno; no entendió que se trataba de una revolución y sería víctima de las ambiciones e intereses porfiristas que combatía. La revolución, contenida por el mismo Madero, vino después contra Victoriano Huerta, con Villa, Ángeles, Zapata, Obregón, Carranza y otros.

La identidad sustancial, ideológica, política y social, determina la consistencia de la fuerza del grupo para alcanzar objetivos comunes.

Es lo que está por ver en el gobierno de López Obrador. Si existe cabal comprensión de la realidad para armonizar los factores necesarios y edificar una sociedad mexicana nueva, si no del todo, los cimientos razonables, posibles.

Si la observación de la realidad es subjetiva, será obstáculo para la marcha inicial transformadora que, presupone un acuerdo social y político con las fuerzas económicas privadas, con el fin de, por suspicacia, evitar desaceleración económica con lamentables consecuencias.

El México de hoy es bien diferente al de los siglos XIX y XX. No tiene opción para evadirse del mercado internacional, pero sí, con buen tino, acomodar las piezas económicas internas, para garantizar la eficacia de los derechos particulares y colectivos.  


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