Opinion

Sexo tabú

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Daniel García Monroy

domingo, 06 septiembre 2020 | 05:00

Se estableció como inviolable regla durante casi dos milenios, que si alguien pensante  intentase tratar públicamente temas sexuales, siempre se expondría en la línea de fuego del riesgo de ser acusado de padecer una obsesión enfermiza sobre tan vitales cuestiones fisiológicas y psíquicas. Blanco para ataques de furibundos partidarios de guardar casto silencio sobre todo lo que tenía y tiene que ver con nuestra humana sexualidad. Intimidad personalísima sí, pero no por ello condenada  a permanecer siempre enterrada en la santa tumba de la ignorancia infodémica. 

Pasado el tiempo, ya entrados en el siglo XXI, con la pornografía mundial en el bolsillo de todos al alcance de un clic (sobre todo de jóvenes curiosos e inquietos); perdón, pero el tal supuesto peligro de hablar o publicar sobre pecados veniales, debe ser considerado ahora, como una redituable y graciosa broma de tik-tok. 

El oscurantismo religioso que consiguió arrinconar al estudio-análisis-responsable, abiertamente necesario, de una de las temáticas más importante de la vida social y personal de los seres humanos, debe ser transgredido, derrumbado, por lo menos evidenciado. Porque a cada intento de dar un paso hacia adelante en el conocimiento sexual-médico-científico-educativo, se le oponen los resabios medievales del fanatismo intolerante, que denota siempre el irracional razonamiento metafísico. --Como en el caso actual del absurdo pin-parental: ¡Con mis hijos no te metas gobierno depravado! Que se metan los curas y pastores pederastas o los enfermos mentales, familiares abusadores, ni modo, pero jamás la satánica educación sexual, que puede desnudar falsedades sempiternas.  

Y a uno le parece regresar 500 años atrás en la historia, a la época de la santa inquisición, con sus bestiales espectáculos pornográficos en vivo de jovencitas y mujeres brujas, a las que se les desvestía y flagelaba en el centro de catedrales, para buscarles en sus inocentes cuerpos las señales del maligno Belcebú, ante los lascivos y despiadados ojos de inquisidores, obispos e invitados especiales, esos sí,  sádicos y pervertidos, pero autoridades impunes de su santo oficio. Que, cómo no especular, debían regresar excitados a sus aposentos para tener relaciones sexuales con sus consagradas esposas por un orificio santificado de entre sus inamovibles ropajes.   

Reacción retrógrada que lamentablemente pervive en los cerebros anquilosados por la mendaz barbarie religiosa, raíz de la cruel represión sicológica, que provoca la fatal sicosis pandémica, pero oculta. Tal cual lo comprobó el padre de la sicología: el maestro Sigmund Freud, quien estudió a cientos de locas y locos recluidos en manicomios, para indicar científicamente, que detrás de toda insania mental existe un abuso sexual infantil. Y mejor aún, las décadas de noble trabajo de hombres de ciencia, que ha sacado a la luz, la oscura verdad que perpetuamente se pretende esconder: los más rígidos liderazgos defensores del sexo como pecado-tabú, son quienes más adolecen de las perversiones secretas de su ser;  incapacitados para tratar de ver y entender con la mayor limpieza mental, serenidad de espíritu y verdadera moral, el trascendental fenómeno de la humana sexualidad.    

Introduzcámonos pues en  la repelente materia de los terroríficos secretos de nuestro carnal ser, para bien conflictuar y generar, espero, pensamientos inteligentes de los que quieran afrontar y debilitar la trágica estigmatización del sexo como lo prohibido-innombrable: el tabú.

Leer un libro escrito por un supuesto doctor que decretaba hace cuatro décadas, que un varón no puede orinar si su pene esta erecto y que tampoco puede eyacular semen si su  miembro estaba flácido, es algo impresionante por el nivel de ignorancia o falsedad intencionada de un seudo-científico que se atrevió a publicar mentiras sobre el órgano sexual masculino. --De ahí provino mi interés adolescente por buscar verdades sobre mi propia sexualidad--. 

Asumo y sigo. Que la masa sometida a mentiras por fe, no deba o pueda saber que existen seres humanos transexuales, es decir personas que tienen un cuerpo perfectamente femenino, cara-cuello-pechos-caderas-piernas, más que contenga en su entrepierna un órgano sexual masculino completo y funcional, es algo que puede horrorizar a muchos; pero los hay, existen, son seres humanos conviviendo entre  los “normales” en este creado-evolutivo-diverso planeta. Y su contraparte igual: cuerpo viril con órgano sexual femenino también. La pregunta es: ¿Debemos buscarlos para exterminarlos como mutantes abominables? ¿Tienen la culpa de haber nacido así? ¿Es en serio que existan mentes que en lugar de buscar la comprensión biológica del por qué de esa extraña realidad, pretendan su aniquilamiento, aunque esos seres humanos traten de sobrevivir igual que todos los respetables y naturales heterosexuales, de digna-aberrante oposición a los perversos homosexuales y lesbianas monstruos?     

Si se expusiera aquí que algunas mujeres expulsan en sus orgasmos sexuales cantidades increíbles de líquido desde sus vaginas, a los que los correctos hombres de ciencia primero aseguraban que era orina retenida en su vejiga y después no han sabido explicar de dónde proviene eso que la pornografía mundial llama “squirt”. Y más aún, mujeres que eyaculan como hombres una especie de similar blanco semen durante el acto sexual. ¿Hermafroditas? Por qué el miedo a saber y explicar qué demonios es eso. Las mismas mujeres que sucumben ante la repetida experiencia y buscan la “normalidad” femenina, viven con un temor psicológico terrorífico, pero comprensible, por lo inexplicable de su sexualidad ignorada. Una escena de lectura de los originales “Diálogos de la vagina” les representa perfecto en su angustia. Texto muy largo para reproducirlo aquí, pero real sico-biológica-tragedia de muchísimas mujeres. 

Recuperemos al fanático de la sexualidad, al pequeño doctor vienés, que adujo (después de décadas de analizar-estudiar a desequilibradas mentes que llegaban desesperadas a su diván), y aseguró que todo lo que hacemos los seres humanos está directa o indirectamente condicionado por una energía sexual, ubicada, en su aquel innovador concepto, al que denominó: “Líbido”. Regresemos al insuperable creador de la ciencia sicológica humana, y diseñador de la mejor terapia sanadora llamada Psicoanálisis; don Sigmund Freud. Su denostado pansexualismo, poco entendido y terriblemente criticado y estigmatizado se empodera poco a poco cada día más, cuando se  confirman las cifras multimillonarias de los de usuarios de las páginas de pornografía en nuestra mayormente evidenciada miseria humana: el internet actual.

En su tumba, el bien amado y respetado maestro Freud, debe estarse riendo, complacido, en la confirmación incontrastable de su teoría. Profetizó hace más de 100 años, que más temprano que tarde la sociedad capitalista-religiosa iba a perder la ruta de la sana sexualidad humana, para llegar a la gravísima experiencia de la enfermedad mental comunitaria, si no se controlaba la energía sexual desaforada, si no se buscaba sublimarla en trabajo productivo, creativo, artístico, científico. Si no se contrarrestaban las pesadas cadenas religiosas de la brutal represión del sexo como tabú, con conocimiento científico educativo verdadero. Aplausos, o pena y vergüenza humana ante alguien que nos desnudó más allá del cuerpo, más allá del sexo; hasta la verdadera intimidad de nuestra mente.