Opinion
Periscopio

Sexo y género

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Armando Sepúlveda Sáenz

miércoles, 09 junio 2021 | 05:00

En colaboración previa se analizaron las normativas constitucionales, leyes reglamentarias y los tratados internacionales, de donde se desprende que los estados parte, están obligados a desarrollar la legislación pertinente para enfrentar las diversas formas de discriminación contra las mujeres y adoptar –como imperativa--, la perspectiva de género. 

Persisten, sin embargo, grupos sociales, que postulan concepciones contrarias construidas en acepciones contrarias a la vigente en los órdenes internacional y nacional. En esencia, creen que sobre los derechos de la persona priman los de la familia y la igualdad formal entre el hombre y la mujer y presumen que la igualdad sustantiva o de hecho que fuerza el reconocimiento de medidas especiales temporales para arribar a la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres, es discriminatoria sobre los derechos de éstos.

Dichas creencias además de contraponerse a las disposiciones legales están vacías de contenido científico (aunque piensan que lo que perciben es verdad científica). Hay por lo tanto dos columnas que sostienen este paradigma: la percepción sensible del sexo se corresponde con la verdad científica y, dos, la perspectiva de género es un concepto ideológico (en el sentido peyorativo).

La distinción de sexo parece de una obviedad evidente, solo basta ver ¿Y qué es lo que se ve?: las características somáticas. De aquí parte, la clasificación sobre la base de criterios biológicos, así las personas desde el nacimiento son mujeres u hombres. Por lo general, con el simple examen de los genitales externos; pero, aun cuando es socialmente admitido que la apariencia de los genitales es suficiente para clasificar los cuerpos, en realidad el sexo depende de distintas áreas fisiológicas para su determinación. 

Existen cuatro criterios para definir el sexo de una persona: (a) cromosómico, regido por el sistema XX (mujer) y XY (hombre); (b) gonadal, relativo a la presencia de ovarios o testículos; (c) genital, concerniente a los órganos sexuales internos y externos; y (d) hormonal, referente a la mayor concentración de progesterona y estrógenos en el caso de las mujeres, y de andrógenos (testosterona, la androsterona y la androstenediona) en el caso de los hombres.

Estos estudios apuntan que los cuatro procesos biológicos mencionados deben entenderse como un espacio continuo que tiene como extremos lo masculino y lo femenino, pero que también presenta una variedad de puntos intermedios), entre los cuales se encuentran ubicadas, por ejemplo, las personas intersexuadas.

El continuo sexual permite advertir que la idea tradicional de que sólo existen hombres y mujeres resulta sumamente restringida, pues, en realidad, los cuerpos suelen ser diversos. Estas funcionalidades ofrecen una interpretación menos restrictiva sobre el sexo y generan importantes reflexiones en el ámbito social. Una de las más relevantes es evidenciar que la diversidad humana es la norma y no la excepción, por tanto, lo natural es que existan cuerpos cuyas características varíen, y no sólo cuerpos de hombres y mujeres.

"Admitir esta premisa tiene consecuencias relevantes para el derecho. Por un lado, se constituye como un argumento adicional en la lucha contra la discriminación, pues demuestra que los cuerpos son diversos por naturaleza y que, por tanto, no existen razones válidas para excluir y dar un trato desigual a aquellos que difieren de lo que socialmente se define como corporalidad masculina y femenina. 

Por otro lado, evidencia que las mujeres y los hombres no somos tan distintos después de todo, pues, aunque en apariencia nuestros cuerpos sexuados son interpretados como masculinos o femeninos, puede ser que compartamos características biológicas de uno u otro sexo, o que, incluso, estemos en un rango que nos ubique en la intersexualidad” (Protocolo para juzgar con perspectiva de género. p. 4. SCJN).

En los casos judiciales en que se precisa atender la diferenciación sexual los jueces deben establecer los valores de los criterios señalados arriba. En la vida cotidiana puede ser suficiente el criterio dominante de sexualidad aparente.

El otro elemento que se debe considerar es el género, que le da sentido a su perspectiva.

La diferencia sexual no sólo se construye a partir de criterios físicos y fisiológicos, sino que existe un componente cultural adicional que establece qué atributos y cualidades son propias de las mujeres y cuáles de los hombres, es decir, que distingue lo “femenino” de lo “masculino”. A esa interpretación cultural de la diferencia biológica es a lo que se denomina género. 

El género se conforma por el conjunto de atributos asignados socialmente a las personas a partir de su sexo.  Es el que define, de acuerdo con los parámetros que se establecen en cada sociedad, cómo deben ser los hombres y las mujeres, cómo deben verse, cómo deben comportarse, a qué deben dedicarse, cómo deben relacionarse con sus similares o distintos. 

La asignación del género, al igual que el sexo, sucede al momento mismo del nacimiento: la expresión “es niña” o “es niño” prescrita por el médico determina el sexo y, al mismo tiempo, inicia el género. A partir del momento en que el cuerpo recibe un significado sexual, se genera la expectativa de que esa niña o ese niño adquiera y se comporte en lo consecutivo de acuerdo con los parámetros de femineidad o masculinidad que rigen en la sociedad en la que nació. 

Ese ritual se repite el resto de su vida: cada persona le reconocerá a través de la mirada a su cuerpo y de los signos que, a su parecer, denotan el género al que pertenece, como su tono de voz, sus comportamientos, actitudes, formas de relacionarse, lo que puede hacer, decir o pensar, etcétera.

Al ser el género una construcción cultural, éste es asimilado individualmente mediante un complejo proceso individual, familiar y social. Las personas van adquiriendo las conductas características que son consideradas “femeninas” o “masculinas” a lo largo de sus vidas; en la mayoría de los casos, a partir de la forma en las que son criadas y educadas, el tipo de reglas que se les inculcan, las condiciones que se les imponen, el tipo de espacios a los que se les da acceso o se les niega, los deberes que se les indican como propios de su sexo, las dinámicas sociales en que se inscriben u otros roles.

El género como esquemas de conducta culturales son diversos en el tiempo y las sociedades en donde se especifican, incluso como normas de observancia obligatoria. Derruirlos requiere de un esfuerzo sistemático monumental de concienciación y normativo.