Opinion

Sólo somos peregrinos

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Gabriela Borunda

domingo, 26 diciembre 2021 | 05:00

Peregrinos, sí, como esos que con tanto cuidado las abuelas envolvían en papel de seda y liego colocaba el 12 de diciembre haciendo alarde de una creatividad que tenían bien escondida, escondida en algún lugar de su ser siguiendo las estrictas reglas de aquel México que por fortuna se nos fue. El 25 por la mañana todo era gruñidos por los tíos todavía ebrios en el sillón y las envolturas de regalos convertidas en basura y su disgusto cargaba los trabajos y desvelos del día anterior, cuando toda familia chihuahuense llevaba su grano de maíz remojado en cal al molino, que empezaba a recibir los costales a las 5 de la mañana, luego a remojar las hojas del  maíz y untar los tamales con la masa de una olla que no tenía fin, matar guajolote, desplumarlo e inyectarlo de jerez y esperar que llegaran un montón de presuntos parientes que yo jamás había visto, y escuchar los mitos navideños y el regañadón que te llevabas si te atrevías a decir que no existía Santa Clos, la abuela sentenciaba con voz grave: Si Dios existe… Santa Clos también. Nunca fue grata la navidad, demasiado esfuerzo, demasiadas reglas, demasiado alcohol y muy poca fe,

Pero la navidad se ha vuelto más ingrata desde que mis amigos van desapareciendo, como aquellos cuentos peregrinos que escribió Gabriel García Márquez, ya estaban listos para ir al editor y simplemente se perdieron, y antes de escribirlos de nuevo y desde el principio, un rayo de lucidez lo atravesó: la muerte es despedirse para siempre.

Quizá porque tengo un carácter de muralla o simplemente porque van pasando los años, me he ido quedando sin amigos, de pronto simplemente ya no estaba Carlos Monsiváis, con quien bailé mi primer danzón, se murió Alí Chumacero a quien yo quería tanto y que siempre se ponía al teléfono para contarle mis cuitas de amor y me decía a carcajadas “Las bonitas no lloran por amor”; murió a causa de la influenza mi querido amigo de largas caminatas y conversaciones, Luis K Fong; murió  Alejandro Aura y el queridísimo Raíú Renan, murió Enrique Servín, murió Arcelia Paz, yo era una niña la primera vez que la vi cantar en el antiguo cine Colonial y me pareció la mujer más hermosa del mundo abrazando su guitarra y una luz suave iluminándola, a la mañana siguiente le pedí a mi mamá que me cortara el cabello igual al de Archi Paz “somos tamo que arrebata el viento.” Recuerdo las palabras del escritor Ricardo Anzaldúa, queridísimo amigo, solía decir con humor “…por eso la gente se suicida en navidad” y esta pandemia nos ha obligado a despedirnos de los amigos sin ver siquiera su rostro.

Durante esta temporada, las familias suelen reunirse y convivir. Por lo regular, las muestras de cariño crecen y se demuestran con mayor facilidad, pero las fiestas, sus preparativos, los regalos, las exigencias y la presencia de personas ajenas a la familia, generan un entorno que puede aumentar la sintomatología en los pacientes con depresión y ansiedad, llegando, en muchos casos a la ideación suicida.

Especialmente este año, cuando la Pandemia por Coronavirus ha sumado cientos de miles de fallecimientos en nuestro país y el mundo, un foco de atención es el sufrimiento crónico, provocado especialmente por un proceso de duelo que será más difícil superar en esta época navideña. Según registros periodísticos Chihuahua tiene el mayor índice de suicidios en el país y el problema se ha agravado con la pandemia.

Durante el año de pandemia ocurrieron 7 mil 896 suicidios, es decir, una tasa de 10.5 casos por 100 mil habitantes, lo que representa el incremento de un punto porcentual con respecto al año anterior, de acuerdo con cifras del Inegi, y en Chihuahua 62% de los jóvenes padece algún tipo de ansiedad y 70% padece síntomas de depresión.

El pintor Mario Arnal siempre fue un amigo y una referencia para mí, tenía dieciséis años cuando me acerqué al mundo de la creatividad y Mario siempre fue el amigo de los buenos consejos, me maravilla su obra plástica construida con detalle casi obsesivo que abría puertas en los muros, ahí encontrabas un mundo donde la utopía era una realidad.

Mi pequeña hija, hoy lectora insaciable y siempre admiradora del Che Guevara se quedaba absorta viendo los cuadros de Mario Arnal, en su visión infantil, su héroe preferido cobraba vida.

Pero todos somos peregrinos en este mundo y una mano nos envuelve en papel de seda, y es hora de decir adiós en algún lugar del espíritu, porque la pandemia no nos permite ni siquiera llorar sobre el rostro de aquellos que hemos amado.

Mario Arnal nació en 1947 en Ciudad Juárez, Chihuahua, se le considera un artista “intuitivista” debido a que su formación fue autodidacta, siendo sobre todo sus anhelos, su entusiasmo y sentimiento lo desarrollado en cada de sus cuadros. Mario Arnal propuso en su obra plástica no sólo una forma estética, propuso también una trinchera social, quizá por eso no recibió el reconocimiento que merecía. No he de negar que me entristece que Chihuahua sea cuna y vea crecer a tantos genios, y que los olvidemos como si no hubiéramos presenciado el paso de esas estrellas fugaces.

Hace una semana que Mario Arnal murió, en silencio y sin enterarnos, la espera de una semana para honrar sus cenizas se debe a que la pandemia satura las funerarias, al igual que la violencia imperante.

Olvídese de los rituales y ceremonias, abrace a quienes ama, porque las funerarias prosperan más que los teatros y los museos, y la mejor manera de apaciguar la desgracia es el amor… que al fin y al cabo sólo somos peregrinos.