Opinion

Tener el perdón por anticipado

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Jesús Antonio Camarillo

sábado, 16 febrero 2019 | 00:07

Tardío, muy tardío el comunicado de prensa que emitió el obispo de la Diócesis de Ciudad Juárez, José Guadalupe Torres Campos en torno al caso del sacerdote Aristeo Baca, vinculado a proceso, por los delitos de violación agravada y abuso sexual en contra de una menor de edad. En sucesos que cimbran a toda una comunidad, pareciera que la curva de aprendizaje ha sido demasiado lenta en los líderes religiosos cuando se trata de sostener una postura en torno a estos gravísimos hechos. En las declaraciones de los voceros y en los textos que elaboran todo pareciera ser contradicción, cuando no, notable ambigüedad.

A escasas horas de la detención del párroco y a través de su vocero, la Diócesis sólo se pronunció articulando los lugares comunes que estas cúpulas religiosas suelen dirigir cuando sus miembros se ven inmiscuidos en casos de pederastia. Que el prelado “tiene todo el apoyo moral y jurídico de la comunidad católica”, “que el perdón lo tiene por adelantado”, “que el hijo sigue siendo hijo, haga lo que haga, cometa lo que cometa”. Esas afirmaciones quizá más que ayudar a la causa y defensa del sacerdote lo colocan, de manera apriorística, en la burbuja de la impunidad en la que buena parte del imaginario colectivo ubica ya este tipo de sucesos.

En esas iniciales declaraciones de la Diócesis todo parece centrarse en las supuestas virtudes cívicas del párroco, presentándolo en ocasiones más como un empresario de la fe, por los nexos que ha logrado establecer con ciertos grupos de poder en Ciudad Juárez, que como alguien que decidió dedicar su vida al ejercicio de la caridad y el amor al prójimo; pero sobre todo, en todo ese discurso apologeta de la Diócesis hay una ausente: la víctima.

No fue sino hasta el comunicado de prensa del obispo, emitido el 13 de febrero, donde Torres Campos señala que ofrece su cercanía a la familia de la menor y se pone a disposición para ayudar “en la medida de lo posible”.  Ni siquiera una alusión directa a la niña, sino sólo a su familia. Queda la impresión que el comunicado se emitió más por la presión social que por un auténtico compromiso con la verdad histórica y el socorro de los más vulnerables.

Esto no significa que deba producirse una condena anticipada del sacerdote Aristeo Baca, sino simplemente que la jerarquía eclesiástica tenga a bien desplazar su típico egocentrismo y empiece a mostrar aunque sea una mínima consideración hacia el interés superior de la niña. En el caso concreto y en tanto no se emita una resolución definitiva, Baca no es responsable, pero es indudable que ya hay una víctima. Una víctima, que es una pequeña y que ya ha sido revictimizada hasta el cansancio.

Las facetas de esta revictimización son múltiples, pero una de sus manifestaciones también es el silencio. En casos como este, las jerarquías eclesiásticas suelen tratar a las víctimas casi como figuras inexistentes. Se convierten, de pronto, para ellos, en sombras totalmente prescindibles. Auténticos “extras” de películas de terror. Poco les falta para decir a estos líderes religiosos, frente a las preguntas de los reporteros: “No, no conocemos a la niña… ni nos importa conocerla”.

Pareciera, en suma, que la pequeña se volvió invisible en el discurso de los voceros y jerarcas de la “comunidad católica” e irrumpiera como figura retórica dominante “el perdón anticipado” hacia el sacerdote. Y, por cierto, no discutamos sobre este punto, porque ése ya lo tiene, según se ha dicho.