Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

Triste anécdota de año nuevo

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/ ¡Vamos a la aventura!
/ “Caí del tren”
/ “Toda mi vida quedé confinado a una silla de ruedas”

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 02 enero 2022 | 05:00

Esta es una historia verídica recogida de las calles de la ciudad de Chihuahua, donde don Carlos que así solamente me dijo que le llamara, nos cuenta una triste anécdota de año nuevo en medio de la pobreza que siempre lo ha rodeado: “Yo, un pobre que camina por el centro de la ciudad de Chihuahua en busca de una moneda para vivir, bueno, que camina es un decir, púes hace ya varios años perdí mis piernas en un terrible accidente durante mi época de juventud, cuando me escapé de mi casa para ir a la aventura en busca de nuevos horizontes. De esos tiempos cuando todo se hace muy fácil y la verdad no fue así. Hui prácticamente del hogar y nunca dije nada a mi madre y hermanos, sólo me dejé influenciar por los consejos de mi amigo José para emprender el vuelo como palomita aventurera.

“Buscamos la manera de “pelarnos” a la Ciudad de México en el tren “pollero” sin boletos, ósea, de trampa, pues no contábamos con recursos para viajar en asiento de primera, segunda o tercera. Era la tarde de diciembre de 1950 cuando José y yo salimos de nuestras casas para emprender el viaje. Nadie sabía del plan que habíamos trazado. Mi pobre madre siempre estuvo pendiente de mí, pero las ganas de salir y conocer otros “aires” me motivaron para desahogar los ánimos de juventud. Contaba con tan solo 16 años y la verdad quería ser como los superhéroes de las tiras cómicas, sin embargo, era un chavito inmaduro, pero con deseos de hacer cosas importantes. Pepe con frecuencia me visitaba para salir a divertirnos y un mes antes de emprender la huida, habíamos planeado de cómo sería nuestro viaje. Ambos nos preguntábamos si teníamos dinero o no, pero la verdad, contábamos con algunas monedas que eran insuficientes para cumplir con nuestro propósito.

“Para resolver el problema, creímos conveniente abordar el ferrocarril, ese que lleva de todo y que se descompone en cada plaza, la verdad no había de otra si queríamos cumplir con nuestro objetivo tendríamos que asumir el reto, fue así que quedamos de acuerdo como si hubiéramos hecho un pacto de sangre, no había vuelta de hoja y el día señalado sería el 31 de diciembre por la tarde, y nada ni nadie lo debería impedir, bueno, sólo la muerte sería buen motivo para no cumplir con el cometido, eso si, nada de robar ni cometer actos inmorales para conseguir dinero, ¡eso nunca! Las horas y los días pasaron, el nerviosismo invadía cada una de las entrañas de mi “larguirucho” cuerpo. Había noches que no podía reconciliar el sueño, pues solo era pensar y pensar durante largas horas en la obscuridad de la noche, era para mí un verdadero infierno, pues me cansaba de contar borreguitos en las tinieblas de mi soledad.

Cuando llegó la mañana y el sol se empezaba asomar, daba gracias a Dios que la obscuridad se disipara para dar paso a la luz. Era un nuevo día, tal vez lleno de esperanza y de mejores augurios. Por fin, faltaba solo un día para que se cumpliera con la fecha señalada. El equipaje solo eran las ganas por emprender la huida y lo más importante la bendición de Dios, lo suficiente para recorrer cada kilómetro de la República. El objetivo, llegar a la Ciudad de México por lo menos a trabajar en algo y ganar algunos centavitos y financiar el viaje de regreso. El día llegó y estaba muy nervioso porque faltaban minutos para salir a la aventura, mi madre me había visto en varias ocasiones extraño y muy nervioso, pues tampoco había comido nada.

“Me puse a escribirle un recado sobre mi partida y que pronto regresaría con dinero en la bolsa para atender las necesidades primordiales del hogar, sé que ella me comprendería, pero también le sería de mucho sufrimiento el haber tomando una decisión como esta. El reloj marcaba las 17:00 horas, ambos vivíamos en el barrio del Santo Niño muy cerca de donde vive mi buen amigo Macario, el matachín, el cual siempre nos regalaba dulces y naranjas. La meta, llegar hasta las vías del “Puente Negro” donde abordaríamos el “pollero” como polizontes rumbo a la Ciudad de México. Tomé la chaqueta y dos que tres cosas más, encaminándome presuroso hacía las vías del tren, sorteando los arroyos que confluyen al río Chuvíscar pude llegar a la hora fijada. Ahí estaba mi buen amigo Pepe, esperándome con mucho nerviosismo: “¿Cómo te fue?, ¿qué les dijiste?  –Me preguntaba José- ¿estás seguro que nadie te vio venir para acá? Le respondía muy seguro al afirmarle que todo estaba bajo control. A lo lejos se escuchaba el silbido del tren saliendo de la nueva estación de ferrocarriles allá por la Deportiva. Era una fuerte emoción el llegar a acabo esta travesía y ante la proximidad nos pusimos bien atentos para no cometer ningún error y que el viaje no se nos hiciera de “agua”.

“La adrenalina estaba al límite cuando faltaban tan solo unos cuantos metros para que el tren pasara frente a nosotros. Empezamos a correr y a agarrar vuelo para colgarnos de los vagones de la parte posterior. Así fue al momento de pasar, brincamos a un furgón lográndome sujetar fuertemente hasta llegar a la parte alta del tren donde nos fuimos los dos gritándole al mundo de nuestra gran hazaña: “¡México allá vamos!”. Recorrimos plaza tras plaza y las sombras de la noche cubrían el paisaje, en el cielo se divisaban algunos nubarrones amenazantes como con ganas de desencadenar una tormenta. Eran las 20:00 horas y el sueño me vencía, tal vez porque tenía días sin poder conciliarlo. Mi amigo Pepe me decía: “No te duermas, mira que ahorita llegamos a la próxima estación y nos meternos en uno de los vagones de carga”. La mala suerte es que el tren no se detuvo en Meoqui y Delicias. La lluvia empezaba arreciar, los relámpagos y truenos “golpeteaban” nuestros oídos, el viento y el aguacero estaban a todo lo que daba y soportando juntos la fuerte velocidad del tren y el cansancio; tratamos de sujetarnos a una varilla que salía de uno de los vagones para no caernos, pero el zangoloteo nos hacía perder el equilibrio. La situación era crítica. En eso ya no pude sostener y resbale por las láminas del pesado vagón, cayendo en medio de donde se sujeta un carro respecto al otro.  Mis piernas golpeaban los durmientes mientras el tren seguía su marcha. Ya no podía sujetarme y José trató de ayudarme cayendo juntos, la mala fortuna, es que José cayó en las vías, siendo triturado por el tren. Ya no pude más con mi alma, cayendo en los durmientes con el pesado vehículo en marcha, sentí una pesada rueda que me agarraba la pierna, lo cual tuvo que gritar del dolor en medio de la nada, la fuerte lluvia y la obscuridad que se percibía ante el momento tormentoso. Ya no supe nada de mí y todo se nubló, cayendo en un profundo sueño.

“Desperté en un hospital, estaba muy débil, parecía que había dormido mucho tiempo. Una enfermera me confirmaba que había estado varios meses en coma y apenas había despertado. Me sentía tan desgraciado e impotente al no recordar nada. Las semanas pasaron y me dieron de alta, no se quien pagó la cuenta del hospital y la silla de ruedas donde estaba destinado a recorrer mi nueva vida ya sin la pierna izquierda. Cuando me dieron de alta, cosa curiosa eran vísperas de año nuevo, como aquel día en que caí del tren. Pasaron los años y apenas me acordé de mi nombre pero de todo lo de atrás nunca llegó a mi memoria sobre sí tuve padres o hermanos, amigos o compañeros. No, como quien dice comencé una nueva vida en medio de la nada y sumergido en una profunda miseria. Al igual que un fin de año, momento en que volví a nacer, me dediqué a recorrer las calles y rincones de la ciudad de Chihuahua moviendo las ruedas de mi silla, pidiendo ayuda para comer. Sí, pasó el tiempo y precisamente en un año nuevo llegó a mi mente todos esos recuerdos de los que ahora les doy cuenta, por eso supe posteriormente a detalle cada momento, pero de mis hermanos y mi madre la verdad ya no supe nada, pues me creyeron muerto y algunas personas me habían dicho que ellos se habían mudado de la ciudad para olvidar mi ausencia. Esa fue mi anécdota triste de año nuevo”.

El contenido de esta crónica es con fines de investigación, sin ánimo de lucro, por lo que no viola derechos de propiedad intelectual ni derechos conexos. “Triste anécdota de año nuevo” forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) y Bodega de Libros. Si usted está interesado en los libros, mande un whatsaap al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.