Opinion
De política y cosas peores

Una historia prohibida

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Catón

domingo, 11 julio 2021 | 05:00

Ciudad de México– La historia que narraré en seguida es real. A pesar de eso es muy interesante. Incluso podría ponerle un título dramático, o al menos melodramático. Algo así como "Una historia prohibida". Hela aquí. Sucede que cierto señor se hartó de vivir con su mujer. Ese hartazgo no tenía justificación: la señora no sólo era de buen ver: además era inteligente y culta, simpática, agradable. Pero 20 años, que en el tango no es nada, para algunos individuos desconsiderados es mucho, y el hombre de mi relato se puso a pensar en algún modo de terminar con esa unión que lo cansaba ya. No tenía ningún pretexto para pedirle el divorcio a su mujer. A más de las cualidades antedichas la señora era buena ama de casa, excelente cocinera, magnífica administradora. Cumplía a cabalidad las obligaciones de toda buena esposa, especialmente aquélla que el Código Civil llamaba "débito conyugal", el cual llevaba a cabo con maestría. ¿Qué motivo podía alegar él para demandar la disolución del vínculo matrimonial? Confió su caso a un amigo, hombre mundano y sin escrúpulos, y éste le mostró una salida para su callejón. Le dijo que había oído hablar de un individuo que se dedicaba a provocar divorcios. ¿Qué hacía el tal sujeto? Era apuesto y tenía labia. Cortejaba hábilmente a la señora cuyo esposo se quería divorciar; la seguía y perseguía con asiduidad. Algunas que sufrían el abandono e indiferencia del marido acababan cediendo a aquel asedio y caían en los brazos del seductor. Ya ganada la plaza el vil fulano informaba al esposo que tal día, a tal hora, estaría con su mujer en determinado sitio: un motel, su departamento, y aun a veces el propio domicilio del matrimonio. En el momento acordado llegaba ahí el marido con testigos, o acompañado de gendarmes, y tenía en el adulterio de la esposa motivo bien fundado para exigirle el divorcio. Acción canallesca  e infame era aquélla, pero eficaz para lograr el fin buscado. Con pago por adelantado, y la promesa de otra cantidad mayor cuando el propósito estuviera conseguido, el ruin esposo obtuvo los servicios del engañador. Éste garantizaba su trabajo: jamás había fallado en su labor de seducción, aseguraba con orgullo profesional. Puso inmediatamente manos a la obra. Aguardó a que la señora saliera de su casa, la siguió, y en el súper se llegó a ella y le habló con insinuante voz: "Señora: permítame decirle con el mayor respeto que es usted muy hermosa, más que cualquier mujer que en mi vida he conocido. Me gustaría ser su amigo". Ella le lanzó una mirada de indignación, le dio la espalda y abandonó el lugar sin siquiera terminar sus compras. Cinco o seis intentos más hizo el galán en los siguientes días, todos fallidos. En el último la señora le dijo con voz firme que si no la dejaba en paz iba a denunciarlo a la policía por acoso sexual. El frustrado tenorio dio cuenta al esposo de aquel insólito fracaso. La señora, le dijo, era una fortaleza de virtud. El marido reaccionó con enojo. Incluso le pasó por la cabeza la idea de denunciar al tipo ante la Procuraduría del Consumidor. "Usted me dijo que su trabajo estaba garantizado, y ya le adelanté dinero". "Así es -reconoció, imperturbable, el individuo-. La garantía sigue en pie. En mi tarea de seducción nunca he fallado Si en este caso no pude lograr el objetivo cambiaré de táctica. Al final las cosas sucederán igual y habrá motivo para el divorcio". Intrigado preguntó el marido: "¿Qué hará usted?". El tipo, entonces, le habló con sugestivo acento: "Caballero: permítame decirle con el mayor respeto que es usted muy guapo, más que cualquier hombre que en mi vida he conocido". Me gustaría ser su amigo". FIN.