Opinion
Crónicas de mis recuerdos

Una triste historia de Navidad

.

/ Un momento para reír y soñar.
/ Viven en medio de la injusticia.
/ “No necesitamos lujos, sólo cariño y comprensión”

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 26 diciembre 2021 | 05:00

Eran las 22 horas del día 24 de diciembre del año de 1965 cuando me disponía a dormir. Contaba con tan solo 6 años, una edad donde los niños se llenan de sueños e inmensas ilusiones, estaba cansado de mí travesía del día, pues el frío y el mar de gente que había por todas las tiendas del la ciudad me habían causado un poco de enfado. Sabía que pronto llegaría la navidad y los regalos que traería el Niño Dios estarían en el arbolito de mí casa. Ya no podía con mí alma, mis ojos pesaban como si tuviera pegados unos “yunques” en los parpados, para eso me dispuse a taparme del intenso frío, pues una nevada había cubierto la fisonomía urbana de la ciudad de Chihuahua. No pasaron ni cinco minutos cuando ya no supe nada de mí. Me desperté, no se sí en un sueño o en la realidad, de repente mí madre estaba frente a mi mirándome con una tierna sonrisa, me incorporó, me dio un beso y me dijo: “Levántese mi niño que pronto llegará Navidad” Por lo que exclamé ¡Hoy es día 24 de diciembre y para la madrugada vendrá el hombre de rojo para traerme todos los regalos que le perdí! Estaba feliz, muy feliz al tener a mamá a mi lado y el cariño de mucha gente que sabía que me amaba. Me incorporé, me fui a bañar, pues mi madre me quería limpio y bien vestido para la noche buena. 

Después me senté a la mesa que estaba adornada muy bonita con motivos navideños, lo que hacía más placentero el menú de la mañana. Disfruté de un riquísimo desayuno, pues gracias a Dios no me faltaba nada en casa debido a que mis padres eran trabajadores y ganaban bien. Al terminar, salí como “bólido” de la mesa para jugar con mis amigos pues habíamos quedado en vernos para preparar la llegada del año nuevo. Eran algunos niños quienes nos juntábamos para convivir. Cada quien se traía los juguetes que había recibido de la navidad anterior, desde carritos de lámina, bicicletas hasta algunos superhéroes de plástico y la verdad no me quedaba atrás, ya que el Niño Dios me traería un par de camionetas con todo y vidrios, muy bonitas y elegantes, además de algunos personajes de la lucha libre. El tiempo transcurría y el frío se hacía más intenso, por lo que decidimos entrar a casa para seguir la jugada en mí recamara que estaba adornada con muchos motivos infantiles. 

Poco a poco estaban llegando mis tíos y primos con algunas cajitas envueltas de regalos que colocarían en el inmenso árbol de Navidad, lo que me causó emoción porque sabía que algunos me tocarían a mí. Sabía que la noche del día último sería excepcional, no cabía duda que todo iba a ser un verdadero festín. La estufa estaba a toda su capacidad con los alimentos preparándose para la tan importante fecha. Tamales, romeritos, mole, sopalpillas, chile colorado y tortillas de maíz hechas a mano, sí, todo estaba como para chuparse los dedos. El reloj marcaba las 8 de la noche, los vidrios de casa estaban llenos de vapor y algunos estaban tomando el delicioso ponche a base de frutas con guayabas, tejocotes, caña y otras cosas como canela, nuez y pasas, aunque algunos le agregaban un “piquete” dizque para el frío. Me fui a cambiar, me puse mis pantalones nuevos, camisa blanca y zapatos negros bien boleados, me disponía a aprovechar los últimos momentos antes de que llegara la Navidad de 1965. La verdad, en la corta vida de mi existencia nunca había sentido necesidad de nada, todo lo tenía, pues mis padres eran muy complacientes con migo. 

De la cocina empezaban a desfilar diferentes platillos que hacían gala de la cena de Navidad. Estábamos contentos, los adultos contaban sus asuntos de trabajo y vanidades: “¡Qué aburrido!”, mientras que nosotros platicábamos de los juguetes que nos traerían en navidad. Sí, era un gran festín, todos teníamos en la mano y en la mente cuales iban a ser los deseos para tan importante fiesta. Faltaban minutos para que se llegara el momento de ir a la cama y esperar la llegada de “Santa”. Mis padres, tíos y amigos levantaban la copa de vino y nosotros con un vaso de refresco estábamos más que preparados.  Pasaban los segundos y todos los invitados se empezaban a despedir, era tarde deseándonos todos una feliz Navidad. A lo lejos, escuchaba cohetes y balazos al aire festejando la Navidad, de repente me pasó algo extraño, me sentí mareado y me precipité al piso boca arriba y solo veía la mirada de mi madre que me gritaba: “¡Hijo que te sucede!”, de repente todo se me nubló y finalmente todo se apagó. Seguí escuchando las campanadas de la iglesia y desperté de nuevo, tenía frío, estaba temblando y un gran estruendo se produjo en mis oídos. Poco a poco se aclaraba el panorama.  Observé a muchos niños cerca de mí con sus caritas manchadas y sus ropas mugrientas, desechas por lo viejo.

¡Pepin, Pepin qué tienes, despierta! Abrí los ojos y me di cuenta que me había transportado a otra dimensión y que regresaba a la realidad. Era otro niño más que vivía no en una mansión sino en una mazmorra en el Chuvíscar, ahí donde se resguardan los niños, jóvenes y adultos rechazados por la sociedad. Las enormes y calientes cobijas de mí dulce sueño se convirtieron en pedazos de cartón y mantas viejas que me permitían librarme de las inclemencias del tiempo; los ricos aromas que pude disfrutar en ese mundo de fantasía, se transformaron en pestilentes olores provenientes de las cloacas de la ciudad. Empecé a llorar intensamente porque me había transportado a otro mundo donde tal vez no estaría sufriendo el hambre y la enfermedad. Traté de encontrar con la mirada a mí madre, pero la memoria me hacía recordar que ella ya no estaba con migo, había muerto sumida en la desesperación, pues ante la falta de recursos para mantenernos enfermaría muriendo de una fuerte anemia. A mí padre nunca lo conocí, pues dicen que había caído en las garras del vicio y de mis hermanos, solo sabía que vivían en la misma ingrata miseria como yo. 

Me incorporé para desentumirme del frío, tomé una cobija agujereada la única que tenía para acercarme con mis hermanos de la calle. Me invitaban para disfrutar juntos la cena de Navidad. Cada quien sacó de entre sus ropas lo que iba a compartir. Desde mendrugos de pan, hasta pedazos de pollo a medio comer, de esos que se encuentran en los botes de basura y donde los gatos y las alimañas nos hacen competencia por conseguirlos. Eran casi las doce de la noche y el ambiente estaba triste, bajamos la mirada y empezamos a orar agradeciéndole a Dios por la ingrata vida, por el hambre de todo el año, las enfermedades de algunos de nuestros amigos en la calles, por los difuntos, por los que estaban en las garras del alcohol y drogas, por quienes se inyectan heroína en las casas derruidas, por aquellos que ante la desesperación se habían quitado la vida para deshacerse de este mundo cruel, por todos los niños que viven en la calle, por los que han tomando el camino de la delincuencia, no por su propio gusto, sino por las injustas circunstancias.

Con nuestras manos frías y el viento que entraba por las coladeras nos dimos el abrazo de Navidad. No necesitábamos lujos ni grandes cosas, lo importante era que estábamos juntos como una verdadera familia compartiendo en las frías, pestilentes y obscuras cloacas de los túneles del Chuviscar la llegada de tan importante fecha. Finalmente deseo de parte de los que vivimos en las calles, de quienes sufrimos hambre, frío, enfermedad, abusos, de los cientos de huérfanos que hemos sido rechazados de nuestros tutores y fuimos arrojados a las calles de esta contrastante ciudad de Chihuahua. A todos desde los rincones y túneles del Chuvíscar les deseamos ¡Feliz Navidad!, Amén.

El contenido de esta crónica es con fines de investigación, sin ánimo de lucro, por lo que no viola derechos de propiedad intelectual ni derechos conexos. “Una Triste Historia de Navidad” forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) y Bodega de Libros. Si usted está interesado en los libros, mande un whatsaap al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.