Opinion
Periscopio

Vacunas y pronósticos de muertes por Covid-19

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Armando Sepúlveda Sáenz

miércoles, 24 marzo 2021 | 05:00

A riesgo de ser reiterativo, cabe recordar que a la pandemia se le reconoce oficialmente por Covid-19 y al virus causante de la enfermedad se le ha registrado como SARS-CoV-2. En la actualidad este se presenta con mutaciones que han resultado más peligrosas. Sin embargo, la obligación de los gobiernos es atajar por todos los medios al alcance, la Pandemia. 

Con cierto rezago, las autoridades federales iniciaron la medición del impacto de la pandemia valiéndose de los registros de aplicación en nosocomios de las pruebas de la presencia del virus. Esta disposición dejó fuera de la medición los casos de las personas que no recurrieron a las clínicas y centros hospitalarios, por consiguiente, ha dado lugar a una subenumeración de casos, tanto de infectados como de decesos. En consecuencia, las autoridades enfrentan un problema sanitario recortado en sus mediciones.

La presunción del devenir de la epidemia como un proceso biosocial que se asimila a los valores de las variables del modelo estadístico archisimplificado de la pandemia, suscrito por el subsecretario de Salud, está tras la parsimonia mostrada en la política sanitaria, esto es, tarde y sin bríos. La mortandad real pareciera ser fenómeno ajeno a la percibida por el Dr. López y el presidente AMLO. 

Basta recordar los pronósticos del primero: el 4 de junio de 2020, el subsecretario informó que el escenario más catastrófico para el país podría llegar hasta las 60,000 muertes, cifra que se rebaso el 22 de agosto de 2020. Siempre con base en su modelo. Aunque puntualizó que esperaban no se cumpliera este pronóstico, empero también expuso que la cifra tan elevada se debe a la “altísima prevalencia de enfermedades crónicas como la hipertensión, la obesidad, la diabetes y el tabaquismo, entre otras” Afirmación que denotaba una insuficiencia del modelo.

El 22 de marzo del año en curso, se acumularon 198 mil 239 muertes por la pandemia, en tanto que el registro de infectados sumó 2 millones 197 mil 160 casos confirmados. Ambas cifras son aterradoras, porque primero, los dolientes se pueden contar por millones, si incluimos a las personas cercanas, además los parientes consanguíneos, y segundo, porque sabemos que otros 200 mil perecerán dada la relación de mortandad, si no se les aplican vacunas y se les presta la atención médica debida, aun cuando no sufran enfermedades que les debilitan ante el coronavirus.

La pésima calidad de la información del Presidente AMLO y las autoridades de la Secretaría de Salud sobre las características de la Pandemia y sus efectos, determinaron que las medidas de política sanitaria acordes al problema arrancaran tarde y mal. Aún hoy siguen el Presidente y el subsecretario siendo evidencia y modelo de irresponsabilidad ante las medidas de prevención obligadas en todo el mundo, pese a haber sufrido la infección. Un ejemplo de esta actitud irresponsable e imprudente fue aquella memorable declaración del presidente sobre la pandemia el 28 de febrero de 2020: “No es, según la información que se tiene, algo terrible, fatal. Ni siquiera es equivalente a la influenza”. Conforme a esto, se entienden los recortes en el financiamiento a la investigación científica, el hostigamiento a la industria farmacéutica, la muy lenta gestión de contratación y el consiguiente pago de suministros de vacunas. En otro artículo que publiqué en este espacio en marzo de 2020 ofrecía información sobre la constitución y funciones del virus que ya eran de conocimiento universal. El punto es que recursos humanos capacitados y tecnología de investigación y desarrollo de vacunas existen, pero sin asignaciones presupuestarias, esas capacidades disponibles no pueden llegar a los resultados deseables. 

En los tiempos que corren el Presidente ha instado a acelerar el paso en la aplicación de programas de vacunación. Para ello ha pedido favores a los laboratorios líderes en producción de vacuna como al gobierno estadounidense, exigido al programa COVAX de las Naciones Unidas, financiado por los países ricos, suministro de vacunas, como si México debiera ser de los principales beneficiarios --la fila de países pobres es de más de 150--, además ha criticado la monopolización de las vacunas por parte de los países desarrollados. La investigación y desarrollo de las vacunas en todo el mundo ha sido financiada por los gobiernos casi en su totalidad. La producción la efectúan empresas privadas, salvo en Rusia y China.

En México hay cinco proyectos de vacunas que están en experimentación en animales, y que han recurrido a fondos oficiales y principalmente a donaciones privadas. La más avanzada es la denominada QUIVAX 17.4 de la Universidad de Querétaro.

Independientemente de los motivos de la ansiedad presidencial por aplicar la vacunación a la mayor población posible antes de julio, el acceso a la vacunación es un elemento del derecho y de la garantía de protección a la salud todos los mexicanos: La Constitución mexicana garantiza para todos los habitantes del país la protección de la salud en su artículo 4º, párrafo cuarto, que a la letra establece: “Toda persona tiene derecho a la protección de la salud”. No es un generoso gesto político, sino la satisfacción de una obligación gubernamental, normada en la Constitución y en los Tratados Internacionales.