Opinion
Álter Ego

Vacúnense

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Rafael Soto Baylón

miércoles, 07 abril 2021 | 05:00

Como yo no soy un expresidente que en unos cuantos días se alivió completamente del Covid ni primer magistrado que en dos semanas salió otra vez sin tapabocas y más sano y lozano que nunca, tampoco artista de radio y televisión que afirma que en las dosis van revueltos micro chips para controlarnos por siempre y para siempre, decidí vacunarme en cuanto me tocara. Tampoco creo eso de que el coronavirus lo activamos por miedo o que dosis de cítricos inmunizan y menos aún de que consumiendo tales o cuales alimentos logras transformar el virus en bacterias y acabar con él. Ni tantas tonterías que se les ocurren a las personas de este sufrido mundo.

Pero no esperé mucho, la semana pasada, mayo, uno de mis amigos más antiguos –es decir que lo somos desde hace mucho tiempo y no por la edad de adulto mayor- me llamó para decirme que en el Campus II de la Universidad estaban vacunando a partir de los sesenta años, salí cual rauda y veloz gacela de mi humilde morada, pasé por él y decidimos, por la cercanía, probar suerte en el Estadio de Beis Bol frente a la Central Camionera. Nos estacionamos –no a nosotros, sino al coche- y caminamos rumbo a los centros de vacunación. Pasamos el primero y el segundo filtro sin problemas. En el tercero una amable estudiante de enfermería nos preguntó que quién venía acompañando a quién. Le contestamos que nos veníamos cuidando uno al otro. Nos formaron en una fila de veinte personas y caminamos detrás de otra alumna universitaria que portaba el número 7. Nos llevó a unas sillas con un poco más de treinta lugares –tanto para quienes recibiríamos la inoculación como para sus acompañantes-. Llenamos unas formas y las entregamos. El ambiente era de una real fiesta. Pláticas por aquí y pláticas por allá. Bromas por acullá. Yo le pregunté a uno de los médicos que si me vacunarían aunque solo tuviera 45 años. Me dio una palmada, me regaló una sonrisa y me dijo que sí, como una excepción.

Llegó nuestro turno. Nos inyectaron. A mí realmente no me dolió nada aunque quienes me conocen saben perfectamente que soy insensible al sufrimiento físico, de amores y de decepciones políticas. Había suspendido toda actividad vespertina por aquello de posibles reacciones adversas. Pero nada. Pasaron veinte minutos y después de escuchar las posibles complicaciones (jaqueca, dolor en el hombro, temperatura alta) y recomendarnos que tomáramos Paracetamol y que en solo en situaciones extremas acudiéramos a un hospital, nos desearon lo mejor, aplaudimos, nos levantamos, caminamos hasta el carro y nos retiramos porque la hora de la comida ya estaba cerca.

Salí bastante satisfecho. Muchachos y muchachas muy jóvenes (estudiantes de Medicina y de Enfermería) nos atendieron con profesionalismo, entusiasmo y sobremanera dignidad. Cuando me dirigía a estos ángeles bajados del cielo por sus méritos sí les hablaba de tú –por la diferencia de edad, no porque sea llevado- y les decía “Oye, doctor, disculpa, pero…” o “señorita enfermera, podrías hacerme el favor de…”. Un reconocimiento por su trabajo, realmente un aplauso Clap Clap Clap Clap y muchísimos Clap.

No entiendo a las personas que son rehacías de vacunarse. ¿Seguidores de algún político o estrella de cine en particular? No lo sé. Mario Bunge afirmó que “la ciencia es un estilo de pensamiento y de acción: precisamente el más reciente, el más universal y el más provechoso de todos los estilos”. Y lo que el gobierno hace no es una dádiva es su obligación. Tampoco un partido político paga su costo lo hacemos con nuestros impuestos.

Ojalá sirva lo anterior para que quienes aún no deciden vacunarse lo hagan. Más vale prevenir que lamentar.

Mi álter ego reflexiona dime en cuántas pseudociencias, dogmas, ideas preconcebidas, brujerías, lecturas del porvenir  crees y te diré el valor de tu conocimiento.