Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

¡Vamos al Panteón!

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Oscar A. Viramontes Olivas
domingo, 03 noviembre 2019 | 05:00

El Día de Muertos representa para todos los mexicanos un espacio de celebración para poder honrar a nuestros seres queridos que se nos han adelantado en el camino y cuya tradición, se remonta desde la era prehispánica y con la llegada de los invasores españoles, esta festividad se convirtió en una amalgama entre lo pagano y cristiano, cuando el catolicismo se extendió por todo el continente americano, fue así que desde entonces esta fiesta se lleva a cabo los días 1 y 2 de noviembre y en este sentido, recorreremos algunos pasajes del como Chihuahua desde sus inicios como San Francisco de Cuéllar en 1709, tuvo la necesidad de crear espacios para darle sepultura a sus difuntos.

Pero aún antes de la fundación de San Francisco de Cuéllar las familias involucradas en actividades mineras y comerciales de la zona, sin duda tuvieron la necesidad de contar con un espacio para que sus difuntitos lograran descansar eternamente; sin embargo, cuando se inicia oficialmente la población el 12 de octubre de 1709, se elige un solar alrededor de la capilla de Nuestra Señora de La Regla, (hoy Catedral), donde se llevarían a los muertitos a enterrar alrededor de su atrio, bueno, aquí la discriminación era evidente pues los pobres estaban más alejados del atrio y los ricos ocupaban los mejores espacios, ya que hasta en la fe se dan preferencias. Este improvisado camposanto empezó a causar estragos, cuando la población comenzaba a crecer, pues las escenas angustiantes en cada funeral impactaban a la gente que acudían a la plaza de Armas o al ayuntamiento a realizar alguna actividad. Además de los llantos, gritos de dolor y los escándalos recurrentes que se hacían con las bebidas alcohólicas que consumían los deudos se salían de los límites de la autoridad y no se diga de los malos olores que eran el común denominador en tiempos de lluvia y mucho calor, pues brotaban de ultratumba nauseabundos olores, producto del trabajo de las bacterias que trabajaban en la descomposición de los cuerpos.

Esta situación llegó a ser insoportable, por lo que la autoridad de la ya Villa de San Felipe el Real se vio obligada a buscar un lugar para solucionar la calamidad de los entierros en los atrios de las iglesias, por lo que a medianos de 1756 se iniciaría con el primer panteón formal que sería llamado San Felipe (ubicado donde hoy es la Bolívar e Independencia), lo anterior, resolvería una problemática añeja de dónde sepultar a tantos nuevos inquilinos. Pasaron los años y ya cuando la Villa de San Felipe el Real se convertiría en Chihuahua el 19 de julio de 1823 y con ello, la población crecía también de manera vertiginosa, fue así que a partir de los embates de las terribles epidemias en el primer tercio del siglo XIX, los pobladores hacían alusión a cosas de castigos divinos, pues el panorama en esta situación se volvía sombrío y terrible porque las “fiebres” como le llamaban a los primeros síntomas de enfermedades desconocidas como la viruela, que llegarían a ser difícilmente identificables que a veces la confundían con otra que era la varicela. Sin embargo, los pocos médicos que existían en el estado de Chihuahua y en la capital, ignoraban el origen de las mismas y la forma de cómo enfrentarlas completamente. 

Existe un antecedente en los archivos coloniales donde se hablaba que a fines del primer tercio del siglo XIX, se presentarían tres epidemias seguidas de viruela (1798, 1799 y 1800) que traerían un aumento de los muertos. Es necesario recordarlas porque las personas que fueron afectadas y que sanaron pasaron a ser inmunes y otros desgraciadamente, enfrentaron la muerte irremediablemente, aumentando la exigencia por espacios para enterrarlos eran insuficientes para tanto difunto y además de clasificarlos por su estatus económico, ya que no todos podían estar cerca de los atrios, ¿usted sabe por qué? Simplemente porque los pobres no tenían alternativa de estar “cerca de Dios”. No sólo la viruela había causado estragos, también el sarampión, escarlatina, la diarrea, la tos y el “dolor de costado”, que eran otros de los males epidémicos recurrentes que según lo indican los antecedentes históricos registrados en la época. Ante esto ya se pensaba en la apertura de nuevos camposantos para poderle dar a todo mundo una sepultura como lo exigía la creencia religiosa.

Pero bueno, ¿por qué sale esto a colación?, por la sencilla razón que las epidemias que diezmaron a Chihuahua generaban muchos, pero muchos muertos, por lo que los ayuntamientos en diferentes épocas, tenían que hacer algo para enfrentar la problemática de cómo darles sepultura a tanto difunto y evitar que se expandiera una epidemia mayor; la forma de hacerlo sería, abriendo forzosamente nuevos espacios para enterrarlos. 

Pero eso no paraba ahí, ya que junto a la calamidad de la guerra con los apaches que también diezmaban a las pequeñas y grandes poblaciones en el primer tercio del siglo XIX, aparecería en Chihuahua la epidemia del cólera-morbus, más agresiva que las anteriores causando una mortalidad tan grande en la población que la ciudad se vio diezmada en la mitad de sus vecinos en 1833, después siguió otra con la misma intensidad en 1849 y finalmente dentro de este siglo la última en 1885, enfermedad que sería tal letal que el miedo se propagaría como pólvora a todos los rincones de la región donde el llanto y los gritos de desesperación, eran el común denominador en estos tiempos de desgracia.

Fue así que el cabildo dispondría de un terreno cercano al centro de la ciudad para construir un “camposanto”, hecho que disgustó a los médicos ya que al estar cerca de ese sector, mencionaban que era un riesgo para la salud del resto de la población, aunado según ellos, al suelo duro que impedía que a los muertitos se les pudiera enterrar con profundidad ya que en ese entonces, se recomendaba un mínimo de dos varas (casi 1.67 m). 

Este nuevo panteón sería muy estrecho por lo que tenía 40 varas (33.4 metros de ancho por 50 varas 41.80 metros de largo) y estaría limitado por las actuales calles Nicolás Bravo, Tercera, Jiménez y Séptima. Fue entonces que ese panteón se abriría con el nombre de “Nuestra Señora de La Regla” y lo más angustiante es que inicialmente este cementerio no contaba con una barda perimetral que lo resguardara de algún tipo de pillaje o simplemente de la seguridad del mismo, ya que era común que mucha gente que tenía cerdos en sus casas durante el día, los dejaban en libertad para “pastorear” y pepenaran cualquier cosa y así engordarlos. Pero lo más terrible de esto es que en varias ocasiones llegarían a generar escenas macabras debido a que estos animalitos con el gran olfato que tenían, desenterraban a los difuntos e incluso se comían parte del cadáver debido a la poca profundidad a la que estaban enterrados. Era un verdadero problema que se tenía que resolver pronto, ya que de no hacerlo, traería consecuencias insospechadas.

Bueno, para que se abrieran los panteones y se hiciera todo el movimiento, primero se tendría que pasar por la autoridad eclesiástica y en este caso, el panteón La Regla estaría en la jurisdicción del cura párroco de la ciudad de Chihuahua, don José María Carballo, molestándose mucho porque de principio no había sido tomado en cuenta, debido a que la autoridad civil había intervenido en los asuntos del cementerio, por lo que el “curita” alegaría la invasión en la “jurisdicción canónica” por parte de la autoridad municipal debido a que en esa época, los cementerios se encontraban a cargo de la iglesia y además, porque los familiares de los sepultados no pagaban los “derechos de fábrica”, algo equivalente a los derechos que hoy se cobran por fosas temporales y derecho perpetuo. La disputa fue planteada ante el obispo de Durango el doctor José Antonio Zubiría y Escalante, quien resolvería en una forma humana y conciliadora este asunto, mandando la cantidad de $500 para que bardearan el panteón, para ello se comisionaría a don Pedro Horcasitas una persona de mucho respeto en la ciudad y además de conducta imparcial para que personalmente vigilara la inversión. Finalmente este panteón como otros más de los que hablaremos después fueron fundamentales para darle respuesta al creciente número de muertitos que se registraban en Chihuahua.

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Fuentes de Investigación: 

Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas Chihuahua (APCUCh).

Fotos: Mi México de Ayer y Fototeca INAH-Chihuahua.


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