Opinion

Vergüenza de ser UACH

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Daniel García Monroy

domingo, 14 noviembre 2021 | 05:00

Hemos sido testigos de una vergonzosa revocación de proyecto académico en la más encumbrada institución de educación superior del Estado. Y no es porque el malogrado intento de modificar los planes de estudio de la UACH, sea equivocado en sí mismo. El modelo americano universitario (al que se pretendía copiar), tiene muchas ventajas sobre el anquilosado esquema nacional; por algo en Estados Unidos son líderes mundiales en desarrollo científico y tecnológico.  

El desprestigio para la otrora máxima casa de estudios se palpa en la forma en que fue obligada a recular. Sin el menor decoro en las formas, la fementida autonomía de UACH ha sido ultrajada por el poder estatal de forma denigrante. Si la malograda renovación se llevo a cabo de manera desaseada en su consenso interno, su desmantelamiento ha sido por de más humillante para el rector y lo que queda de su equipo. ¿Dónde está la más mínima explicación del por qué se dio marcha atrás al proceso “más relevante de la historia” después de casi dos años de ensayarse y afectar a miles de estudiantes? ¿Qué hay de los excepcionales logros de las Unidades de Aprendizaje y su truncado tronco común? ¿Pérdida irreparable de tiempo? ¿Dónde están los herederos de los aguerridos estudiantes que dieron batallas históricas contra la corrupción universitaria en otros tiempos? Una universidad que no genera indignados, indigna universidad.

A decir verdad la educación en nuestro país --desde la inferior hasta le superior-- adolece de males estructurales que la han hecho perder su potencial formativo y de aprendizaje. El niño-el joven, es el elemento que menos importa dentro de todo el sistema educativo nacional. Lo que se enseña en las escuelas y la forma de transmitirlo son fórmulas que tienen más 200 años de existencia sin que esto asombre, vaya, ni siquiera sea reconocido como arcaico o criticable por mentores y directivos (ir)responsables. El demencial absurdo  de la memorización de datos como piedra de toque del martirio diario al educando. Los profesores como grabadoras-robots repitiendo anualmente hasta el hartazgo las mismas oraciones, operaciones y reglas anacrónicas sin sentido. El alumno atiborrando de datos inútiles que olvidará al año siguiente. Todo ello aderezado con majestuosas muestras de la imbecilidad humana: existen “catedráticos” en la UACH que niegan en clase la existencia de los dinosaurios, por contravenir sus creencias religiosas. Alabado sea el señor. 

Maestros que no leen ni sus guías de estudio y que castigan a los niños con  lecturas, generan el analfabetismo funcional, rémora perenne de nuestro permanente subdesarrollo. 

Mi paso por la universidad fue todo un descubrimiento de una mecánica antipedagógica existente en la UACH, que impide el aprendizaje de los estudiantes. Acoto: es un sistema que me tocó experimentar y sufrir, pero sería irracional generalizarlo como la forma de trabajo de todas sus academias. Es evidente que existen facultades de reconocido prestigio, tales como Zootecnia o Medicina, que no deben adolecer de los mismos lastres. Incluso en la inventada carrera de periodismo que cursé, debo reconocer la labor de algunos buenos maestros de los que pude aprender conocimiento teórico y práctico provechoso.       

Pero observar a improvisados y neófitos maestros mal pagados que sabían menos que los alumnos a los que dictaban la materia fue sorprendentemente triste. Acudir a clases sólo para escuchar a mis compañeros mal exponer los temas, mientras el profesor dormitaba aburrido al igual que todos los presentes, lamentable. Las facultades como refugio de profesionistas desempleados que ni jota saben de pedagogía, pero que de algo tienen que vivir, sobre todo si son amigos de los directivos que conceden las horas clase.

No estaba mal diagnosticado uno de los principales problemas que el anulado cambio pretendía atacar; la creciente deserción de los estudiantes. Miles de sujetos frustrados con carreras truncadas, que hacen que el presupuesto gastado en su abandonada preparación profesional para el trabajo termine en el basurero del desperdicio educacional. Pero al sistema global le importa muy poco ese dinero y tiempo inutilizado. Al contrario, parecería que al sistema universitario le conviene la no producción de profesionistas realmente capacitados y competentes. Perecería que el mercado laboral, de las carreras más solicitadas ha caído en el control de mafias de vetustos titulados, que ven amenazados sus ingresos si la competencia aumenta. Ejemplo paradigmático es el de los especialistas médicos. La llana pero inhumana ley de la oferta y la demanda incrementando cada día el precio de las consultas, mientras las facultades de medicina generan menos especialistas. Estará oculto en el egoísmo intrínseco del ser humano el desastre de la educación en México. La desandada renovación en la UACH ha puesto al descubierto la fuerza de los poderes fácticos universitarios --incrustados en las estructuras académicas y sindicales--, estancadas a perpetuidad. No son fenómenos únicos ni extraños, claro está. 

Nadie puede soslayar los nefastos ejemplos de la Universidad de Guadalajara o la de Hidalgo, donde un solo par de sujetos han creado mafias inamovibles que por décadas han controlado todo lo que en esas casas de estudio ocurre con el poder presupuestal en sus insaciables manos, más la dichosa autonomía enarbolada como arma de impunidad. Y cómo olvidar al autóctono pato de las Casas. Una verdadera renovación en  la UACH debería pasar por enseñar a todos sus alumnos como exigir transparencia y rendición de cuentas a sus autoridades académicas. Que un ilustre rector estableciera la materia de transparencia en la información pública al interior de la institución y obligara como tarea anual a todos los universitarios a preguntar y preguntar a través del Ichitaip o el INAI. Preguntar qué se hace todos los días desde rectoría en verdadero beneficio de la educación de todos sus alumnos. Utopía-Uachtopía, tal vez, pero con lo poco que queda de dignidad.