Opinion
Propedéutica para Neto

Virtud de la ciencia o hábitos del pensamiento (primera parte)

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Jesús Guerrero

sábado, 19 noviembre 2022 | 05:00

Parafraseando a Eduardo Brie, hablar del pensar riguroso, como hábito o de la ciencia de la virtud, es hablar de una forma permanente que el individuo va generando; forma permanente, firme, pronta, deleitable, de encarar los problemas o interrogantes que se le presentan al entendimiento (inteligencia) del ser humano cuyo fin es el esclarecimiento o solución de dichas interrogantes, de acuerdo a los principios lógicos del pensar recto.

En esta colaboración comentaremos acerca de los conceptos que comprende la virtud de la ciencia o hábitos del pensamiento riguroso, como medios para perfeccionar nuestra inteligencia en orden a conocer la verdad (Metafísica, Lógica o Moral); para ello explicaremos los conceptos: ciencia objetiva, ciencia subjetiva, hábito y virtud.  

Sobre el concepto ciencia, la tradición filosófica occidental, propiamente la griega, ha distinguido siempre dos significados, el primero: la ciencia objetivamente considerada como un conocimiento cierto de las cosas por sus causas inmediatas; así un ingeniero agrónomo conoce por la ciencia y de forma objetiva la causa inmediata de porqué una planta se secó, esto es porque las sales que nutren la planta no han podido pasar a ésta por osmosis, debido a que no ha habido agua que las disuelva. 

La segunda, la ciencia subjetivamente considerada, es una disposición y perfeccionamiento de nuestra inteligencia en relación a un objeto, es decir la aptitud, tendencia o inclinación de la persona para ampliar los conocimientos adquiridos a través de la virtud de la ciencia.  En el ámbito estudiantil, en la secundaria, bachillerato y universidad es común que se hable de la primera, no así de la segunda, aún y con la notable correspondencia entre ambas; cabe destacar que los sabios antiguos al hablar de ciencia se referían a la segunda.

El hábito sobre el cual hablamos hoy, es aquel que perfecciona la inteligencia en su operar, es decir la actividad que con ésta realizamos: aprehender, pensar, razonar, Aristóteles lo definió como una disposición de acuerdo con la cual algo se halla bien o mal dispuesto ya sea así mismo o hacia otro[1]; el hábito es adquirido, por éste nos hacemos hábiles o inhábiles para aquello que podemos hacer bien o mal; ejemplo: un hábito bueno es levantarse por las mañanas temprano, hacer la tarea todos los días a determinada hora; malo no cepillarse los dientes después de tomar alimentos, pasar horas viendo la televisión.

Todos en algún momento de nuestra vida hemos escuchado acerca de lo que un hábito es, desde la antigüedad se ha atribuido a los hábitos, a la creación o afirmación de los mismos en las personas, un peso esencial en la educación tanto prescolar, primaria, secundaria, etc.  

El término virtud equivale a capacidad y a aptitud, significa la disposición para llevar a cabo determinadas acciones adecuadas al hombre; no es innata, es decir, no nacemos con ella, sino que se adquiere con el ejercicio serio y duradero; para que sea virtud debe ser permanente, ejemplo: quien cada año en diciembre ayuda al necesitado no se tiene por virtuoso, será otro acto pero no virtud; en cambio, el estudiante que se aplica al menos una o dos horas diarias en aprehender aquel conocimiento que perfecciona su inteligencia, puede decirse que tiene la virtud de la estudiosidad, no así aquel que con una jarra de café un día antes del examen quiere aprender lo que debió en un mes.  Por la inactividad se pierde la virtud, su opuesto es el vicio, es decir, la disposición para actuar de forma inadecuada.

Platón[2] llama a la educación virtud que surge en los niños por primera vez, es decir, refiere la educación como el hábito virtuoso, de hecho en sus obras es reiterativo en el uso del hábito como una cualidad del hombre virtuoso.  Las virtudes del entendimiento o dianoéticas perfeccionan al hombre con relación al conocimiento de la verdad, éstas son: inteligencia, o habilidad para juzgar; ciencia, o aptitud para razonar; sabiduría, o capacidad para avanzar hasta los últimos y supremos fundamentos de la verdad[3].

¡Híjole! Estoy obligado a formar mi inteligencia ¿qué hago? Es un principio de la vida práctica que quien está obligado a un fin, está obligado a poner los medios necesarios para cumplirlo ¿cómo encauzar mi inteligencia hacia ese camino que le permita alcanzar ese conocimiento y hacia ésta se ordene?  Estimamos que la respuesta se encuentra en la formación de hábitos del pensamiento riguroso y el ejercicio de éste, sobre lo cual hablaremos en la próxima colaboración.

[1] Aristóteles.  Met., V, 20, 1022, 10.

[2] Platón. De Legibus, 653 3b.

[3] BRUGGER, W. DICCIONARIO DE FILOSOFÍA.  (1962).  Editorial Herder. Barcelona. Pág. 491.