Opinion

Visión retrospectiva de la elección presidencial en los USA

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Isaías Orozco Gómez

lunes, 09 noviembre 2020 | 05:00

En las redes sociales aparece un mensaje, afirmando que no pocos mexicanos se muestran muy interesados en los resultados del proceso electoral que se lleva a cabo en los USA para elegir y/o reelegir al presidente de esa potencia mundial: Joe Biden y Donald Trump, respectivamente, cuando ni siquiera saben el nombre del diputado local o federal de sus distritos correspondientes. 

Desde luego, considerando las circunstancias geopolíticas, las consecuencias del “destino manifiesto” y teniendo como “vecinos distantes” a los “gringos” de allende la frontera norte de la República mexicana, resulta comprensible ese referido interés. Obviamente, sin dejar de reconocer que los ancestrales y graves problemas de México, de todos quienes habitamos los EUM, requieren de nuestra permanente atención, preocupación y ocupación para encontrar las óptimas soluciones de los mismos, que beneficien a todos los mexicanos.

Por lo pronto, retrotraigamos en unas cuantas líneas, algo de la práctica electoral ejercida por los angloamericanos.

“He dicho en qué circunstancias favorables se encontraban los Estados Unidos para la adopción del sistema electivo, y di a conocer las precauciones que tomaron los legisladores, a fin de disminuir sus peligros. Los norteamericanos están habituados a proceder a toda clase de elecciones. La experiencia les ha enseñado hasta qué grado de agitación pueden llegar y dónde deben detenerse. La vasta extensión de su territorio y la diseminación de sus habitantes hace allí menos probable y menos peligrosa una colisión entre los diferentes partidos que en otro lugar cualquiera. Las circunstancias políticas en medio de las cuales se ha encontrado la nación a raíz de las elecciones no han presentado hasta aquí ningún peligro real.

Sin embargo, se puede considerar todavía el momento de la elección del presidente de los Estados Unidos como una época de crisis nacional.

La elección del presidente importa sólo moderadamente a cada ciudadano, pero importa a todos los ciudadanos. Ahora bien, un interés, por pequeño que sea, alcanza carácter de gran importancia, desde el momento en que se convierte en interés general.

El presidente tiene sin duda pocos medios para crearse partidarios; sin embargo, los puestos de que dispone son numerosos para que varios miles de electores estén directa o indirectamente interesados en su causa.

Además, los partidos, en los Estados Unidos como en otras partes, sienten la necesidad de agruparse en torno a un hombre, a fin de llegar a conquistar más fácilmente la voluntad de las multitudes. Se sirven, pues, en general, del nombre del candidato a la presidencia como de un  símbolo y personifican en él sus teorías. Así, los partidos tienen un gran interés en decidir la elección en su favor no tanto para hacer triunfar sus doctrinas con ayuda del presidente electo, sino para demostrar, por medio de su elección, que esas doctrinas han adquirido la mayoría. 

Largo tiempo antes de que llegue el momento fijado, la elección se convierte en el más grande y por decirlo así el único asunto que preocupa a todos los espíritus. Las facciones redoblan entonces su ardor y todas las pasiones artificiales que la imaginación puede crear, en un país feliz y tranquilo, se agitan en ese momento a plena luz.

Por su parte, el presidente está absorbido por el deseo de defenderse. No gobierna ya por interés del Estado, sino por su REELECCIÓN. Se rinde ante la mayoría y, a menudo, en lugar de hacer resistencia a sus pasiones, como su deber le obliga, corre delante de sus caprichos. 

A medida que la elección se aproxima, las intrigas se vuelven más activas y la agitación más viva y difundida. Los ciudadanos se dividen en varios campamentos, cada uno de los cuales toma el nombre de su candidato. La NACIÓN ENTERA CAE EN UN ESTADO FEBRIL. La elección es entonces el tema cotidiano de los periódicos y el de las conversaciones particulares, el objetivo de todas las gestiones, la meta de todos los pensamientos y el único interés del presente. 

En el mismo momento, es cierto, en que la fortuna ha decidido, ese ardor se disipa, todo se calma y el río, un momento desbordado, vuelve apaciblemente a su cauce. Pero, ¿no es sorprendente que la tormenta haya podido desencadenarse?

Los LEGISLADORES de los Estados Unidos, ¿han tenido razón o no al permitir la reelección del presidente?  

Impedir que el jefe del poder ejecutivo pueda ser reelecto, parece, a primera vista, contrario a la razón. Se sabe la influencia que ejercen el talento o el carácter de un solo hombre sobre el destino de un pueblo, sobre todo en las circunstancias difíciles y en tiempo de crisis.

La intriga y la corrupción son vicios naturales de los gobiernos electivos. Pero, cuando el jefe del Estado puede ser reelegido, esos vicios se extienden indefinidamente y comprometen la existencia misma del país”. 

En mayo de 1831 llegaban a los Estados Unidos,  Aléxis de Tocqueville y su amigo Gustave de Beaumont para realizar una investigación sobre el sistema penitenciario y la realidad política en general de tal nación. Su estancia en los USA fue de nueve meses. 

El resultado de la investigación y experiencia vivida por Alexis de Tocqueville, fue la elaboración de su magna obra: LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA. 

De la séptima reimpresión (1994) del Fondo de Cultura Económica, Primera Parte, Capítulo VIII, La Constitución federal: Crisis de la elección y la Reelección del Presidente, páginas 135 y 136, se hizo la transcripción de lo entrecomillado en la presente colaboración.